El dólar atraviesa una etapa de debilidad que comienza a tener consecuencias cada vez más visibles sobre la administración de los portafolios globales. Y uno de los lugares donde este movimiento está adquiriendo mayor relevancia es el conjunto de mercados emergentes del continente americano.
La fotografía es contundente. El peso colombiano acumula una apreciación cercana a 19% frente al dólar en lo que va de 2026, mientras el real brasileño ronda una ganancia de alrededor de 7%, el peso mexicano se ha fortalecido cerca de 6%, el sol peruano registra una apreciación cercana a 0,5% y el peso chileno se encuentra prácticamente estable en términos acumulados, aunque con una importante recuperación desde sus mínimos recientes.
Los datos muestran, sin embargo, que no existe una sola historia cambiaria. Colombia, Brasil y México son los casos más sobresalientes, mientras que Perú y Chile presentan movimientos mucho más moderados. Bloomberg Línea reportaba a mediados de julio que el peso colombiano acumulaba una ganancia de 14,6% en 2026, seguido por el real brasileño con 6,95% y el peso mexicano con 2,64%; desde entonces, el movimiento favorable para varias de estas monedas se intensificó.
En el caso colombiano, la magnitud del movimiento es particularmente significativa: al 19 de agosto el peso acumulaba una apreciación de 19,23% en el año, según datos de Bloomberg Línea.
El peso mexicano, por su parte, cotizaba este 25 de agosto por debajo de 17 unidades por dólar. Reuters calcula que la moneda mexicana se ha apreciado cerca de 20% desde enero de 2025, aunque el avance acumulado en 2026 ronda 6%, de acuerdo con datos recientes citados por la agencia. El movimiento ha sido impulsado por la debilidad del dólar, el diferencial de tasas entre México y Estados Unidos y las operaciones de carry trade.
En Brasil, la magnitud del fenómeno es todavía más reveladora si se observa un periodo más amplio. El FMI señaló en su revisión de la economía brasileña que el real se había apreciado 26% frente al dólar desde diciembre de 2024 hasta mayo de 2026, mientras que el dólar había perdido aproximadamente 8% en términos nominales efectivos. El organismo considera que el movimiento brasileño ha sido mayor que el de otras economías de la región, lo que implica que, además de la debilidad global del dólar, existen factores domésticos detrás del fortalecimiento del real.
El peso chileno ofrece una historia diferente. Bloomberg Línea mostraba al 21 de agosto un tipo de cambio de 915 pesos por dólar, con una variación acumulada de alrededor de 1,6% en el año. En Perú, el sol prácticamente no ha participado de la misma magnitud del rally: el dólar cotizaba alrededor de 3,35 soles y acumulaba una caída de apenas 0,5% en el año.
El efecto que llega directamente a los fondos
Para los administradores de fondos, la apreciación de las monedas locales cambia radicalmente la ecuación de los rendimientos. Un inversionista basado en dólares que compra un bono mexicano, una acción brasileña o deuda colombiana obtiene dos fuentes potenciales de rendimiento: el comportamiento del activo y el movimiento de la moneda.
Si el activo gana 5% y la moneda local se aprecia 10% frente al dólar, el rendimiento para un inversionista estadounidense puede superar ampliamente el 15%, antes de considerar otros efectos y la composición exacta del retorno.
El mecanismo funciona también en sentido contrario. Un fondo denominado en pesos mexicanos que invierte en acciones estadounidenses puede registrar una ganancia en dólares y, al mismo tiempo, obtener un rendimiento menor —o incluso negativo— cuando esos activos se convierten nuevamente a pesos si la moneda mexicana continúa fortaleciéndose.
Por eso, la fortaleza cambiaria está obligando a los administradores a mirar una variable que durante años podía parecer secundaria: la cobertura de divisas.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS) ha advertido precisamente sobre este fenómeno. Cuando el dólar se deprecia, los inversionistas de economías emergentes que mantienen activos externos denominados en dólares y no tienen cobertura cambiaria pueden registrar pérdidas de valuación en moneda local. El organismo destaca que las posiciones internacionales de los inversionistas institucionales de estos mercados han crecido de manera importante y que los activos privados representan ya cerca de la mitad de los activos de portafolio externos de las economías latinoamericanas consideradas en su análisis.
Esto coloca a los fondos frente a una disyuntiva cada vez más compleja: cubrir el riesgo cambiario y renunciar a parte del potencial beneficio de una moneda que se fortalece, o mantener la exposición abierta y aceptar una mayor volatilidad.
El gran ganador: fondos que compraron activos locales
La cara positiva del fenómeno es evidente para los fondos internacionales que llegaron temprano a estos mercados. Un fondo denominado en dólares que compró deuda local colombiana, brasileña o mexicana puede beneficiarse simultáneamente de los rendimientos de los bonos y de la apreciación de la moneda.
El efecto es especialmente importante en los mercados de renta fija; los diferenciales de tasas siguen haciendo atractivas varias monedas emergentes. En Brasil, por ejemplo, la combinación de tasas internas elevadas, materias primas y condiciones externas favorables ha contribuido al fortalecimiento del real. El propio FMI concluye que el movimiento de la moneda brasileña no puede explicarse únicamente por la depreciación global del dólar.
La consecuencia es que los administradores globales pueden encontrar una especie de doble rendimiento: el carry que ofrece el bono y la ganancia cambiaria. Ese fenómeno también explica el renovado interés por las operaciones de carry trade, mediante las cuales los inversionistas toman posiciones en monedas de países con tasas relativamente elevadas financiándose en monedas de menor rendimiento.
Pero, aquí aparece la primera advertencia; el problema es que el viento puede cambiar y la apreciación de una moneda puede convertirse rápidamente en una fuente de pérdidas para un fondo si el movimiento se revierte.
El gran riesgo
El BIS ha documentado cómo los cambios en los niveles de cobertura pueden incluso amplificar los movimientos cambiarios. Cuando el dólar se debilita, los inversionistas pueden aumentar sus coberturas para proteger el valor de sus activos externos; esos ajustes pueden reforzar las presiones sobre las monedas.
Por eso, el problema no es solamente saber qué moneda está subiendo, sino determinar cuánto de esa apreciación responde a fundamentos económicos y cuánto corresponde a posiciones tácticas de inversionistas.
El caso mexicano ofrece un ejemplo ilustrativo. Reuters señala que una parte importante del reciente fortalecimiento del peso ha estado relacionada con operaciones de carry trade, lo que deja a la moneda vulnerable a una reversión si cambia el diferencial de tasas, aumenta la incertidumbre comercial o disminuye el apetito global por riesgo.
Para los fondos, esto significa que una posición que hoy mejora significativamente el rendimiento puede convertirse mañana en una fuente de volatilidad. Sin embargo, en renta variable el impacto cambiario es menos uniforme.
Una moneda fuerte puede beneficiar a las compañías que importan maquinaria, tecnología, insumos o bienes intermedios, porque reduce sus costos en moneda local, pero puede perjudicar a los grandes exportadores.
El fenómeno es particularmente importante en economías abiertas y productoras de materias primas. Una moneda excesivamente apreciada puede reducir la competitividad de las exportaciones cuando los ingresos están denominados en dólares y los costos permanecen en moneda local. Reuters ya ha identificado este efecto en México: empresas como Becle, Grupo Bimbo y Grupo Carso han enfrentado presión sobre sus resultados debido al peso fuerte.
Para un fondo de renta variable, por lo tanto, no basta con apostar por un país cuya moneda se aprecia. También es necesario seleccionar compañías capaces de beneficiarse de ese nuevo entorno cambiario.
En este sentido probablemente uno de los mayores cambios para los administradores de activos se encuentra en la renta fija. Durante buena parte del ciclo de tasas altas en Estados Unidos, el dólar fuerte y los rendimientos de los Treasuries hicieron relativamente difícil justificar una gran exposición a deuda emergente en moneda local.
La situación comienza a cambiar. Una moneda que se aprecia, combinada con tasas domésticas todavía elevadas, puede generar un perfil particularmente atractivo para los fondos globales.
Esto ayuda a explicar por qué las divisas de Brasil, Colombia y México han recibido tanta atención. En julio, Citi consideraba que la debilidad del dólar, junto con los precios de las materias primas, configuraba un entorno favorable para varias monedas de la región y destacaba especialmente a las economías andinas.
Pero los administradores tienen que distinguir entre rendimiento por tasas, rendimiento cambiario y rendimiento por precio del bono. No todos los componentes tienen la misma persistencia.
Un nuevo mapa para los portafolios
La gran consecuencia de este movimiento es que la moneda vuelve a ocupar un lugar central en la construcción de portafolios. Durante años, buena parte de los inversionistas internacionales podía concentrarse en la selección de acciones, bonos, sectores y países. Hoy, el tipo de cambio puede representar una proporción considerable del rendimiento final.
El propio MSCI ha advertido que un movimiento adverso de las monedas puede modificar de manera importante el desempeño de una inversión internacional y que la decisión de cubrir o no la exposición cambiaria es un componente fundamental de la asignación global de activos.
La situación actual crea, por tanto, una paradoja: El debilitamiento del dólar favorece a muchos activos emergentes, pero al mismo tiempo obliga a los fondos a replantear sus coberturas.
Para los fondos internacionales, las monedas fuertes pueden convertirse en un generador adicional de rendimiento. Para los fondos locales con grandes posiciones en activos estadounidenses, en cambio, representan una amenaza para los retornos cuando se traducen nuevamente a moneda doméstica.
Y para los gestores de portafolio, la conclusión es quizás la más importante: la diversificación geográfica ya no puede medirse únicamente por países y clases de activos, también debe medirse por monedas; la nueva realidad cambiaria está haciendo que una decisión que antes podía quedar relegada al área de tesorería —cubrir o no cubrir una moneda— se convierta en una decisión estratégica de inversión.
El dólar todavía conserva su papel central en las finanzas mundiales, pero su reciente debilidad está demostrando que incluso la moneda de reserva puede dejar de ser un refugio permanente para convertirse, durante un ciclo, en una fuente adicional de riesgo para los portafolios.
Y mientras el dólar pierde terreno, varios mercados emergentes están descubriendo que una moneda fuerte puede ser simultáneamente una oportunidad para atraer capital, un impulso para los rendimientos y un nuevo riesgo que los gestores tendrán que aprender a administrar.



