Cuando se habla de inversiones, a menudo se recurre al símil de la navegación: ahora, las aguas se parecen poco a las de una piscina cristalina y más bien se asemejan a una mala mar persistente, con olas azuzadas por conflictos geopolíticos que amenazan naufragios, aunque el temporal siempre puede amainar; en cualquier circunstancia, resulta clave una gestión profesional que pueda guiar el barco a buen puerto. Tampoco son siempre plácidas las aguas de la Patagonia argentina y chilena, surcadas por el navío Ventus Australis en su ruta Ushuaia-Punta Arenas y viceversa, que navega por pasos que conectan los océanos Pacífico y Atlántico como el Canal Beagle o el Estrecho de Magallanes y por zonas influenciadas por las poco “pacíficas” aguas del océano así bautizado.
Pero la agilidad de la nave y la destreza del equipo que lleva el timón, formado por siete marinos timonel que se turnan por horas para dirigir el barco –con el capital Omar Galindo al mando-, se encargan de suavizar la travesía, neutralizar los riesgos y evitar desembarcos cuando no se dan las condiciones de seguridad máxima, meciendo al viajero en un placentero vaivén de gastronomía local, conocimiento e historia y, sobre todo, de una belleza paisajística que corta la respiración, con los fiordos y los glaciares de la Cordillera Darwin en primer plano. La mayor rentabilidad o alfa que se puede obtener al emprender un viaje.

En esta travesía por los confines más australes del planeta –que, evitando el invierno, Australis ofrece de septiembre a abril-, la naturaleza es protagonista indiscutible, sin actores secundarios: con la excepción de Ushuaia (la ciudad más austral del globo, en la parte argentina de la isla Tierra de Fuego, con 80.000 habitantes) y de Punta Arenas (capital de la Patagonia chilena con unos 150.000 pobladores), este crucero de lujo configura su ruta atravesando paisajes deshabitados, donde la impronta humana dejó de estar presente hace tiempo, tras la desaparición de los pueblos indígenas que otrora los ocuparon. Su carácter inhóspito se intuye antes de aterrizar en Ushuaia: las cumbres montañosas dejan paso a una pequeña urbe que, una vez embarcados, va cediendo protagonismo, sin poner objeción, a la naturaleza que la rodea. Aquí empieza el fin del mundo.
El aura de lo humano
Lo humano subyace, eso sí, en la denominación de los paisajes: naturalistas, exploradores y aventureros –Charles Darwin, Alberto de Agostini, Robert Fitz Roy, Francis Drake o Fernando de Magallanes- se cruzan en la historia de esta ruta, aunque la batalla de los nombres no siempre es justa, y en ocasiones acaba imperando el del más poderoso o presente en los mapas.
También esa huella se siente en el manejo del barco, que conduce a otra realidad: la presencia de la armada. La tripulación utiliza cartas de navegación en papel para surcar las aguas al sur del Canal Beagle –no hay cartas digitales porque el trazado de esas costas data de 1984-, proporcionadas por las autoridades militares chilenas, que desvelan los secretos costeros de forma controlada, y se reutilizan en cada travesía (excepto la del Cabo de Hornos, nueva en cada viaje). Para navegar el resto del territorio sí se utilizan cartas electrónicas pero con poca definición, más allá de grandes trazados curvilíneos.
La militarización se explica tanto por el interés estratégico de la zona como puerta de entrada a la Antártida como por las heredadas disputas por el territorio entre Chile y Argentina, avivadas a finales de los años 70. Con ambos países inmersos en regímenes dictatoriales, la intervención del Papa Juan Pablo II, a través del cardenal Samoré, ayudó a controlar la situación. El Ventus Australis podría cruzarse en su travesía con embarcaciones militares, más allá de algún otro barco turístico o velero privado, o algún centollero, aunque apenas ocurre: la imagen imperante es la del barco solo ante la naturaleza, rodeado de cordilleras, glaciares, ballenas y saltarines delfines chilenos.
Y es que esa aura histórica, estratégica y militar está al servicio de lo natural. El paisaje cobra vida por sí mismo, especialmente cuando los routers se apagan. En este viaje la desconexión es obligada, no hay pantallas de Bloomberg ni acceso a Internet para wasapear o instagramear: las stories y la vida transcurren en el barco y, sobre todo, afuera, en las aventuras vividas en los dos desembarcos diarios ofrecidos al intrépido galope acuático de sus zodiacs.

Cabo de Hornos: en el fin del mundo
Tras embarcar en Ushuaia, con el atardecer como decorado al zarpar y la promesa de abandonar territorio argentino pocas horas después, la navegación nocturna transcurre ya por Chile a lo largo del Canal Murray hasta la isla de Hornos (descubierta por los holandeses Schouten y Le Maire en 1616, que debe su nombre a la mala traducción de su poblado), una zona de gran importancia comercial a finales del siglo XIX, no exenta de tragedias pasadas: sus agitadas aguas han engullido a 800 barcos y a más de 10.000 personas. Cuenta la tripulación del Australis que en febrero de 2025 el oleaje superó los 8 metros, con rachas de viento de 240 kilómetros/hora, uno de los momentos “más movidos” de su historia. La navegación utiliza la información de la única carta nueva que la armada chilena entrega certificada antes de cada partida, y que se subasta el último día entre los viajeros, con sus marcas intactas de posicionamiento, cada 20 minutos, a golpe de lapicero.
El Parque Nacional del Cabo de Hornos es el punto más austral del mundo antes de la Antártida, a solo 954 kilómetros. Por su faro, en activo y de control militar, desfilan familias que se instalan durante periodos de un año, extensible a dos. La actual lleva pocos meses inmersa en una soledad solo interrumpida por el desembarco de turistas. Les espera un invierno más oscuro, ya sin visitantes humanos, surcado por el aleteo de los cóndores, la húmeda respiración de las ballenas y el aullar de un viento que puede alcanzar los 200 kilómetros/hora y provocar sensaciones propias de un seísmo.

Tras la visita a Hornos, el buque pone rumbo al norte por Bahía Nassau hacia Isla Navarino, la tercera más grande de Chile, para tomar las costas de Bahía Wulaia, donde se accede a un mirador con “hermosas” vistas, su significado en lengua yámana. El pueblo yámana o yagán, los nómadas más australes del mundo, habitaron estos bosques durante 6.000 años y, entre leyendas salvajes y bulos de canibalismo, fueron diezmados por las fuerzas eclesiásticas y colonizadoras. Se dice que la última mujer yámana murió de COVID en 2020.
Pero jugaron un papel clave en el fracasado intento de colonización británica de la Patagonia chilena en 1833, cuando, antes de su viaje a Galápagos y en su ruta patagónica, el navío Beagle, con el naturalista Charles Darwin y el capitán Fitz Roy a bordo, depositaron allí a tres indígenas educados en su lengua y costumbres, tras ser llevados a Inglaterra tres años antes. Entre ellos, el rebautizado Jemmy Button, amante de los botones de nácar y retratado en el cine.
La geografía de la zona ha tomado nota de la historia, que puede recordarse -desembarco de Darwin destacado- en el museo que Australis tiene en Bahía Wulaia, antigua radioestación de la armada, presencia que testifica también la carrera entre Argentina y Chile por poblar los confines del planeta y su conflicto por algunas islas y rutas en el Canal Beagle que permitieran a Buenos Aires una salida hacia la Antártida. El tratado de paz, firmado en 1984, daba a Chile la soberanía de las islas en disputa y a Argentina ciertos derechos de navegación. El edificio sirve también como correo del barril: se depositan postales escritas a uno mismo con la esperanza de que algún visitante anónimo las reenvíe. El otro destino para esos automensajes es el abandono eterno en ese edificio de cemento de 1930 cuya presencia desentona en los confines del mundo.
La Cordillera Darwin: paraíso de glaciares
Una expedición neozelandesa del Taranaki Alpine Club, en 1970, realizó la primera travesía documentada por la Cordillera Darwin. Ahora, es casi el día a día del Ventus Australis: volviendo por el Canal Murray y adentrándose en Beagle, el crucero comienza a explorar la belleza de sus fiordos. Tras una apacible noche de navegación, se amanece contemplando la belleza del glaciar Pía: en el desembarco, toman forma el esplendor del hielo y los bramidos de una fuerza natural que no conoce el estatismo, con sus desprendimientos de bloques acompañando la furia de cada sonido. El silencio, el rugido del glaciar y el chapoteo del hielo golpeando sobre el agua marcan los ritmos de la excursión, sucedida por las imponentes vistas, unas horas más tarde, del glaciar Porter.
La visita de cada glaciar viene unida a certezas como su dinamismo -que modifica el entorno de forma inexorable, rodeando, cubriendo o empujando montañas para abrirse paso, o retrocediendo y dando forma a canales acuáticos-, pero también a incógnitas como su estado de retroceso o avance (determinado por el movimiento más poderoso). Contemplando Pía, que pierde volumen, cuesta pensar que en la última era glaciar, hace 10.000 años, todo el espacio por el que nos movemos estuviera ocupado por materia helada que un día comenzó a retroceder, dejando visibles los signos de su lucha, como rasguños desesperados, impresos en la roca. Los musgos que se aferraron a ella, junto a los líquenes arrastrados por el agua salada del mar vía Beagle, fueron colonizando la piedra y dando forma al bosque que hoy lo enmarca, como un paciente acompañante que aguardó durante años el repliegue del hielo y la llegada de la vida, en un proceso de sucesión ecológica. En la otra vera se abre paso Sinus, otro glaciar más oscuro debido a la acumulación de rocas arrastradas en su interior.

El campo de hielo patagónico es la mayor masa helada del hemisferio sur fuera de la Antártida: Chile cuenta con más de 26.000 glaciares, el 84% de los existentes en Suramérica y el 14% del mundo, y se enfrenta al reto de equilibrar su conservación con su actividad de explotación minera centrada en metales como el cobre o el litio. El calentamiento global está acelerando el retroceso de los glaciares que, aunque avanzan en invierno, retroceden de forma más fuerte en épocas cálidas. Su número está aumentando, a costa de su división y pérdida de tamaño.
Tras tomar conciencia de esta realidad, la noche más movida espera en el barco, por el camino de Beagle hacia el Canal Ballenero y rodeando la península Brecknock –cuyas aguas sufren la influencia del Pacífico-, para más tarde tomar el Canal Gabriel y llegar al Fiordo de Agostini, también dentro de la cordillera Darwin y generoso en glaciares y gélidos paisajes por los que, con un poco de suerte, se cuela la luz del arcoíris. Esta vez visitamos los glaciares Águila y Cóndor. Este último, llamado formalmente Vergara, muestra un movimiento cambiante: si bien ha retrocedido 2,8 kilómetros desde 1945, desde 2020 a 2022 avanzó unos 90 centímetros, en un baile de fuerzas que no acaba de definirse.
Todos estos paisajes móviles conforman el Parque Nacional Alberto de Agostini, en honor al misionero y explorador italiano que escribió sobre los indígenas de la zona, buscando el entendimiento en lugar de la imposición. Escaló parte de la cordillera y dio nombre a diversos glaciares, dejando una extensa impronta geográfica, étnica y cultural. En estos tramos anexos a la Cordillera Darwin, vigilar la profundidad de navegación es clave, puesto que la zona ha sido erosionada por el hielo a distintas profundidades.
Isla Magdalena: monumento natural a los pingüinos
Por el Cabo Froward, el punto más austral de la Chile continental, y a través del estrecho de Magallanes, el Ventus Australis afronta su recta final, poniendo rumbo a Isla Magdalena, que alberga una colonia de 70.000 pingüinos visibles de septiembre a abril, en la temporada de reproducción. Hacia el otoño, cambian su plumaje y migran hacia zonas más cálidas.
En las inmediaciones del faro que da vida a la isla, los pingüinos magallánicos, más pequeños que sus homólogos rey (con una estatura de entre 50 y 70 centímetros) chapotean en las gélidas aguas del estrecho, ajenos a los visitantes, alardeando de sus 42 grados de temperatura interior. Mientras, nuestro crucero, también orgulloso, navega por dos de los tres pasos interoceánicos australes existentes, Beagle y Magallanes -además del de Drake- en su travesía por el fin del mundo.
INTERNET, RUTINA Y UNIDAD EN EL FARO DEL FIN DEL MUNDO
Carolina Romero y su marido Rudi aceptaron el reto de vivir en el fin del mundo con una condición: vivir con Internet, clave para la educación de sus tres hijos –Diego, de 12 años, y sus gemelas de 7-, algo que no han tenido sus predecesores, pues la conexión es reciente. Su otra preocupación fue el visto bueno de su hijo mayor, en plena preadolescencia. Una vez superadas las dudas, todo fueron certezas: la familia solicitó vivir una experiencia única que le aportará cercanía y contacto con la naturaleza. “Es una oportunidad que se nos ha dado. Un año pasa volando”, dice Carolina, que trabaja para CONAF, la Corporación Nacional Forestal chilena.

Además, cuenta, “esto también nos da la posibilidad de acercarnos como familia”, tras años de lejanía con su marido, perteneciente al cuerpo naval. Su experiencia pasada en Puerto Williams, al norte de Isla Navarino, hace que no tema al clima, pero sí a la oscuridad y al viento que acechan con el invierno: “Los días pasados tuvimos rachas de 130 km y la casa se movía como si hubiera un temblor de grado 3”. A lo que no temió fue a la extirpación del apéndice, obligatoria para todos al ser una urgencia médica de atención inmediata.
Desde Puerto Williams, la armada les provee de alimentos cada dos meses, con los que afrontan el día a día. “El día pasa muy rápido: empezamos encendiendo el generador del faro y luego hago pan; estoy perfeccionando la técnica para conservar alimentos. Me ocupo de la casa y me gusta tejer. Los niños se conectan a clases y, tras el almuerzo, tienen una hora obligatoria de lectura”. Para superar el aislamiento, la rutina sirve de ancla a la familia que ilumina a los navegantes del fin del mundo.
USHUAIA Y PUNTA ARENAS, UN ORIGEN Y DESTINO COMPARTIDOS
A lo largo de los años, Chile y Argentina han pugnado por poblar las zonas más australes del mundo. Pequeñas ciudades como Puerto Williams, que data de los años 50, son prueba de ello. Entre las grandes despuntan Ushuaia y Punta Arenas, puntos de origen y destino de nuestro viaje, ambas fundadas con presidiarios.
Aunque Magallanes descubrió el estrecho en 1520, los españoles fracasaron en establecerse. Tuvieron que pasar 300 años hasta que los primeros pioneros chilenos, ayudados por sus buenas relaciones con los indígenas, construyeran el Fuerte Bulnes; su acercamiento a un punto de agua dulce propició el nacimiento, en 1848, de Punta Arenas. Ante las duras condiciones de vida, la ciudad albergó primero a prisioneros, al igual que otras zonas sureñas de Argentina y Australia, pero las autoridades crearon un programa de inmigración, ofreciendo tierras y dinero a europeos, cuya presencia explica el colorido de sus casas.
Con ellos llegó José Menéndez, asturiano que hizo fortuna en Chile con el negocio ballenero primero y el ovino después. Otrora visionario, nombrado rey de toda la Patagonia, la cabeza de su estatua en la plaza de Armas de Punta Arenas acabó rodando en las protestas por las subidas de precios de 2019. En la estatua que mandó construir, en honor a Magallanes, destaca también un indio “patagón”, llamado así en las crónicas de los exploradores por su imponente altura (1,80 metros), que da nombre a toda la región. La leyenda dice que si tocas su pie, volverás. ¿Te animas?



Por Alicia Miguel Serrano
Por Guadalupe Barriviera