Hay un mercado que, discretamente, ha sido capaz de batir en rentabilidad a EE.UU. el año pasado y a tres años vista, con retornos de más del 20 %, una relativa mayor diversificación por sectores y valoraciones claramente más ajustadas: Japón. “La renta variable japonesa sigue siendo una clase de activo relativamente poco apreciada e ignorada, cuando ha sido uno de los mejores mercados a nivel global en los últimos 10 a 15 años”, corrobora Jeremy Osborne, responsable para la inversión en renta variable japonesa de Fidelity International.
El experto destaca particularmente que ha sido la fortaleza creciente de los beneficios la que ha sostenido estas alzas, frente a la expansión de múltiplos vista en otros mercados, y que aún así el potencial alcista sigue siendo elevado, de modo que la gestora cree que, del PER de 15 veces actual podríamos ver una ligera subida a un PER de 16 o 17 veces en los próximos años. Son los frutos de las Abenomics, particularmente de las reformas sobre gobierno corporativo impulsadas en la última década, que hoy están viviendo una segunda vida gracias al compromiso de la actual primera ministra, Sanae Takaichi, de más reformas y políticas pro crecimiento para seguir sosteniendo el retorno de la inflación al país tras décadas de ausencia. En consecuencia, desde Fidelity anticipan que los retornos sobre las acciones podrían pasar del 6 % actual a un 12 % en el futuro, lo que también explicaría el ajuste de la previsión del PER.
En una visita reciente a la oficina madrileña de la firma, Osborne ofreció detallada actualización del posicionamiento actual del fondo Fidelity Funds- Japan Value Fund, la propuesta de la gestora para invertir en acciones niponas. El potente equipo de analistas de la casa vuelca su análisis fundamental bottom up para crear una cartera con un sesgo value: “Nos centramos en los flujos de caja, en el ROIC, en el crecimiento sostenible de los beneficios y, particularmente en la estrategia value, nos fijamos en que los múltiplos de PER y valor en libros se mantengan por debajo de la media del índice, pero sin ser deep value”, aclaró el experto.
ADN anglosajón, raíces niponas
Fidelity abrió su oficina de Tokio en 1969. Era una de las primeras oficinas que abría la compañía fuera de EE.UU., y en la actualidad se enorgullece de las relaciones de largo plazo que ha forjado en el país nipón: “Tenemos la cuota de mercado más grande entre las gestoras internacionales en el mercado de fondos, cerca de 19.000 millones de dólares (cifra que incluye varios mandatos con el GPIF, el fondo de pensiones público nipón)”, detalla Osborne.
La compañía cuenta con diez analistas sobre el terreno que están constantemente visitando a compañías – solo el año pasado cerraron cerca de 400 contactos con empresas-, y en un mercado como el japonés esto es especialmente relevante, particularmente para encontrar ideas de inversión entre compañías de pequeña y mediana capitalización, que tienen un seguimiento todavía relativamente bajo por parte de las casas de análisis. “Tenemos acceso a muchas ideas que no encajarían en la noción value tradicional. Por ejemplo, según el momento del ciclo, los semiconductores o el hardware pueden pasar de ser considerados growth a ser value, y esa es una oportunidad para nosotros”, indica el experto.
En complementariedad, la compañía cuenta con un equipo de 120 analistas de renta variable a nivel global en los que también puede apalancarse el equipo para Japón: “En un mercado como el nipón, que genera cerca del 70 % de sus ingresos vía exportaciones, este enfoque es realmente clave. Nos ayuda a analizar compañías japonesas desde una perspectiva de cadena de valor global y puede ser una fuente adicional de generación de ideas”, corrobora Osborne.
En resumen, el Fidelity Funds–Japan Value Fund es una estrategia de renta variable japonesa con un enfoque value-aware que combina disciplina de valoración con flexibilidad para invertir en ideas de crecimiento cuando la relación entre precio y fundamentales resulta atractiva. La cartera suele mantener unas 60 posiciones, presenta un sesgo absoluto hacia grandes compañías, aunque está claramente sobreponderada en medianas capitalizaciones (entre 2.000 y 10.000 millones de dólares de valor de mercado).
El proceso de inversión se basa en un análisis fundamental exhaustivo que evalúa cada compañía en función de su crecimiento esperado de beneficios, generación de caja y solidez del balance. Para cada posición, el equipo descompone las fuentes potenciales de rentabilidad a dos años —crecimiento del BPA, dividendos, recompras de acciones y cambios en valoración—, lo que permite monitorizar y revisar la tesis de inversión de forma continua. El horizonte de inversión habitual es de uno a dos años, aunque algunas posiciones pueden mantenerse entre tres y cinco años. La estrategia presenta un active share del 70%-80%, mientras que la selección de valores constituye el principal motor del riesgo activo.
Actualmente, la cartera mantiene una sobreponderación en construcción, bancos regionales e inmobiliario, como vía para capturar la temática de la reflación en Japón. También favorece compañías tecnológicas vinculadas al hardware, semiconductores, memoria y automatización. Tras el aumento de las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, el fondo ha incorporado exposición a materias primas, principalmente GNL y fertilizantes, reduciendo posiciones en empresas de consumo con menor capacidad para trasladar el aumento de costes. Como resultado, la cartera presenta hoy un perfil más doméstico, con aproximadamente el 58% de los ingresos generados en Japón, una característica que, según los gestores, ha contribuido a la sólida evolución del fondo en un entorno marcado por la incertidumbre externa.
Abenomics 2.0: nuevos motores para el crecimiento nipón
Japón atraviesa una nueva fase de reflación y crecimiento estructural que está reconfigurando su mercado bursátil y devolviendo protagonismo a sectores históricamente rezagados. Según explica Jeremy Osborne, “la historia de crecimiento estructural doméstico” está impulsando áreas como construcción, banca y real estate, favorecidas por el regreso de la inflación moderada y el crecimiento nominal.
El primer eje es la reflación doméstica. Tras décadas de deflación, las empresas japonesas vuelven a recuperar poder de fijación de precios y capacidad para trasladar costes al consumidor, generando un crecimiento de beneficios más sostenible. El Banco de Japón mantiene todavía una política monetaria acomodaticia, pese a las subidas graduales de tipos, mientras que el crecimiento salarial ronda el 3,5 %, el mayor en tres décadas. Este avance salarial resulta clave para consolidar el objetivo de inflación del 2 % del BoJ. Paralelamente, las reformas de gobernanza impulsadas por la Bolsa de Tokio están acelerando el saneamiento de balances, mejorando la eficiencia del capital y elevando la rentabilidad sobre recursos propios. Además, aumenta la presión regulatoria y de los fondos activistas para movilizar el exceso de caja acumulado por las compañías.
El segundo eje es el renovado impulso político heredero de las Abenomics. El Gobierno de Sanae Takaichi, reforzado tras las elecciones de febrero, está promoviendo inversiones estratégicas en defensa, infraestructuras, inteligencia artificial y semiconductores, con el objetivo de elevar el crecimiento potencial del país hasta el 1,1 % en 2030. También se están reforzando las alianzas público-privadas, los incentivos fiscales al capex y las medidas de protección al consumidor frente al encarecimiento energético y alimentario. El gasto en defensa se elevará del 1 % al 2 % del PIB, creando nuevas oportunidades industriales y tecnológicas. Además, el país fue de los primeros en firmar un nuevo tratado comercial con EE.UU. en 2025, y como parte del nuevo acuerdo arancelario Japón se ha comprometido a realizar inversiones estratégicas en sectores clave de EE.UU. como infraestructuras de red eléctrica, reindustrialización o fabricación de diamantes sintéticos (empleados en la producción de semiconductores), lo que está beneficiando a grandes compañías niponas industriales pero con una orientación tecnológica, incluyendo fabricantes de robótica.
El tercer eje es el inicio de “un nuevo ciclo manufacturero”, que está favoreciendo especialmente a compañías de robótica, automatización, fibra óptica y semiconductores. Empresas como Fanuc o Yaskawa Electric empiezan a registrar recuperación de pedidos tras varios años difíciles, mientras que el real estate y la construcción emergen como nuevos motores estructurales del mercado japonés. Al mismo tiempo, están empezando a llegar compañías de otros mercados dispuestas a construir fábricas e instalaciones en territorio nipón, como la coreana Samsung o la taiwanesa TSMC.



