La tarea a la que se enfrentarán los bancos centrales en los próximos meses no será fácil. A una semana de una nueva ronda de reuniones, los expertos señalan que, por un lado, los riesgos de inflación están aumentando y, por otro, las previsiones de crecimiento siguen revisándose a la baja. El mercado espera subidas de tipos de interés en Europa y EE.UU.; sin embargo, las dudas sobre la temporalidad de la reapertura del Estrecho de Ormuz añaden escepticismo sobre estas subidas.
Lo que está claro es que los mercados se están viendo impulsados por los cambios en las expectativas sobre los tipos de interés y los acontecimientos geopolíticos, con las tensiones entre EE.UU. e Irán añadiendo volatilidad. “La renta fija repuntó, ya que la moderación de la inflación y las señales del banco central reforzaron unas perspectivas de política monetaria más cautelosas. La renta variable se mantuvo resistente, respaldada por unos sólidos resultados empresariales, especialmente en el sector tecnológico. El dólar estadounidense se mantuvo firme gracias a una postura relativamente restrictiva de la Reserva Federal (Fed), mientras que los datos europeos más débiles lastraron al euro. En general, las expectativas sobre los tipos de interés siguen dominando el rendimiento de los distintos activos”, explican desde Union Bancaire Privée (UBP).
El peso de Ormuz e Irán
En opinión de Raphael Olszyna-Marzys, economista internacional en J. Safra Sarasin Sustainable AM, los tipos de interés han mostrado una correlación muy estrecha con los precios del petróleo. “Cuanto más tiempo permanezcan elevados los precios del crudo, mayor será la probabilidad de que aparezcan efectos de segunda ronda. Este es precisamente el escenario que los bancos centrales quieren evitar, y su mensaje ha sido claramente restrictivo (hawkish) desde el inicio del conflicto. De hecho, han tenido éxito: las expectativas de inflación implícitas en el mercado se mantienen bien afianzadas, especialmente en los tramos largos”, explica.
Este escenario implica que gran parte del repunte de las rentabilidades de la deuda refleja un aumento de los tipos reales. Según el análisis de Olszyna-Marzys, si el resto de factores permanecen constantes, este incremento supone un endurecimiento de las condiciones financieras. En consecuencia, pesará sobre el crecimiento y el mercado laboral, además del impacto directo de unos precios energéticos más altos. “Los bancos centrales se enfrentan a un delicado ejercicio de equilibrio: si no actúan con suficiente contundencia, las expectativas de inflación podrían repuntar, pero, si toman medidas excesivas, la economía podría desacelerarse más de lo necesario”, advierte el experto de J. Safra Sarasin Sustainable AM.
Para Olszyna-Marzys, las expectativas implícitas de subidas de tipos son excesivas, especialmente teniendo en cuenta que el mercado descuenta tres subidas por parte del BCE antes de que termine el año. “En consecuencia, esperamos cierta bajada de los rendimientos una vez que los precios energéticos retrocedan. Esta caída probablemente llegará tras algún tipo de acuerdo entre EE.UU. e Irán”, reconoce.
Visión de conjunto
Ante este contexto, ¿qué podemos esperar que hagan los principales bancos centrales? Para François Rimeu, estratega sénior de Crédit Mutuel Asset Management, desde un punto de vista objetivo, podría decirse que los datos actuales de EE.UU. respaldan la necesidad de subir los tipos de interés a corto plazo. “En nuestra opinión, los riesgos parecen mayores, hoy en día, en los tipos de interés estadounidenses que en los de la zona euro, lo que, en última instancia, podría respaldar una mayor apreciación del dólar estadounidense frente al euro. Naturalmente, mucho dependerá de la evolución del conflicto con Irán y de los precios de las materias primas. Pero, sin una mejora significativa en los próximos meses, la tarea del Sr. Warsh parece especialmente difícil”, apunta Rimeu.
David Rees, director de Economía Global de Schroders, coincide en que una resolución rápida y duradera del conflicto en Oriente Medio eliminaría importantes riesgos extremos, pero el daño ya causado por el encarecimiento de las materias primas y las disrupciones en las cadenas de suministro parece haber desplazado a la economía mundial hacia una dirección estanflacionaria que, al parecer, los mercados no han descontado por completo.
“Dudamos que el crecimiento vaya a ser lo suficientemente resistente como para obligar a los bancos centrales de Europa y del Reino Unido, que han adoptado un tono duro, a subir los tipos de interés. Por la misma razón, también parece poco probable que se materialicen las bajadas de tipos que el mercado esperaba este año en Estados Unidos”, argumenta Rees.
Respecto a Asia, Rees señala que Japón debería verse respaldado por el estímulo fiscal y el sólido crecimiento de los salarios. “Esto, junto con unos mayores costes energéticos y una moneda más débil, mantendrá la inflación por encima del objetivo. Como resultado, es probable que el Banco de Japón siga avanzando con una normalización gradual de la política”, apunta. Y destaca que el optimismo sobre el crecimiento y las presiones emergentes sobre los precios han alimentado la esperanza de que la economía china salga por fin de tres años de deflación. “China podría exportar presiones de precios por el lado de la oferta y añadir recorrido al alza a la inflación mundial de bienes, pero el persistente desplome del sector inmobiliario hace pensar que las esperanzas de una reflación interna sostenida acabarán frustrándose. El contexto macro ya ha empezado a pesar de nuevo sobre las bolsas y, con el tiempo, podría frenar también la apreciación del renminbi”, añade.


Por Beatriz Zúñiga
