El jueves 13 de agosto, el Tesoro de Estados Unidos colocó 25.000 millones de dólares en bonos a 30 años, a una tasa de 5,216%, la más alta en una subasta de ese plazo desde 2001. Un día antes, la subasta a 10 años ya había marcado el costo de financiamiento más alto desde 2007. El mensaje es simple, aunque incómodo para la Casa Blanca, a meses de las elecciones de medio término: los inversores piden cada vez más para financiar un déficit que no para de crecer.
La demanda fue razonable, aunque el rendimiento quedó apenas por encima de lo que esperaba el mercado, señal de que el apetito estuvo un escalón por debajo de lo previsto. La lectura de fondo es que se les pide a los inversores absorber una oferta creciente de deuda pública justo cuando los déficits siguen siendo grandes, la incertidumbre inflacionaria persiste y la Fed dejó de ser un comprador relevante. Si esa exigencia continúa, las tasas largas podrían seguir alejándose del 5%, incluso con subastas bien cubiertas.
El impacto ya se siente en otros lados: la hipoteca fija a 30 años subió a 6,69%, su nivel más alto desde julio de 2025. Los intereses de la deuda pública acumulan 1,17 billones de dólares en lo que va del año fiscal, un 15% más, y son uno de los motores del déficit. Fitch mantuvo la calificación de Estados Unidos en AA+, pero avisó que el desequilibrio fiscal se ampliará en 2026, por los recortes impositivos y las devoluciones arancelarias.
El propio Tesoro dio una pista de que el tema le preocupa. Cambió el lenguaje sobre futuras emisiones, de posibles “aumentos” a posibles “cambios”, algo que el mercado leyó como un eventual recorte en la oferta de bonos largos. Si hay más emisión, se concentraría en el tramo de 2 a 7 años, esquivando tasas altas a costa de más riesgo de refinanciamiento. Lo que ven los analistas y el mercado en general es que esa estrategia tiene un límite. De fondo, la única solución pasa por que el gobierno ajuste su presupuesto.
Algunas cifras recientes
El déficit federal de julio fue el cuarto más alto de la historia para un solo mes –distorsionado por
un adelanto de gastos de Medicare que debería revertirse en agosto– y el mercado lo tomó mal,
empujando los rendimientos largos al alza. Los intereses netos del Tesoro ya superan el billón de dólares anuales, y esa cifra seguirá subiendo a medida que la deuda vieja, de cupón bajo, se refinancie a tasas más altas.
Como proporción de los ingresos federales, esos intereses ya rozan el 20%, el nivel más alto registrado hasta ahora.
A esto se suma un componente de crecimiento genuino: el PIB nominal y el rendimiento a 30 años tiende a moverse en la misma dirección que el crecimiento nominal de la economía. También pesa la incertidumbre monetaria, con una Fed que abandonó buena parte de su guía hacia adelante, obligando a exigir más compensación por el riesgo de duración.
¿Qué es, en rigor, la prima por plazo?
Es el rendimiento extra que un inversor exige por sostener un bono largo en vez de renovar bonos cortos o quedarse en efectivo, y compensa la incertidumbre sobre la inflación futura y la volatilidad de las tasas. Depende del riesgo percibido de los plazos largos y de la oferta y demanda de esos instrumentos –el riesgo inflacionario fue históricamente su principal motor– y, en momen-
tos de pánico, puede comprimirse o volverse negativa, cuando los inversores corren hacia la
seguridad de los Treasuries largos.
En la década previa a la pandemia, esa compensación estuvo prácticamente en cero. Según Schwab, la prima esperada a 10 años pasó de un promedio de 0,0% entre 2010 y 2020 a 0,8% en 2026, y el rendimiento real esperado subió de 0,1% a 1,7%. No hay una medida única, pero los modelos coinciden en la dirección: subió, y eso vuelve a hacer más atractiva a la renta fija, aunque los bonos siguen cubriendo mejor una desaceleración que una inflación en alza, como en la pandemia.
Qué implicapara la gestión de carteras
Con las tasas largas moviéndose por motivos fiscales, monetarios y de crecimiento a la vez, la gestión pasiva de renta fija –comprar y olvidarse– pierde sentido. Para un inversor de patrimonio relevante, el rol de los bonos no es perseguir un rendimiento espectacular, sino actuar como amortiguador. Es decir, preservar capital y bajar la volatilidad de la cartera. Los índices de bonos, además, ponderan por deuda emitida, así que una estrategia pasiva termina prestándole más a quien más debe.
La gestión activa se debe apoyar en tres pilares fundamentales: la duración, para proteger capital cuando las tasas suben o asegurar rendimientos cuando aparecen; la selección de emisores, porque la ganancia es limitada, pero la pérdida puede ser total, así que conviene evitar a los perdedores; y la calidad crediticia, sobreponderando bonos más sólidos en la incertidumbre y aumentando hacia mayor rendimiento cuando la economía lo permite. Administrar bien esas
palancas es, hoy, la diferencia entre sufrir la volatilidad y aprovecharla.
Dicho esto, tasas más altas vuelven a la renta fija atractiva por mérito propio, no solo como refugio. Pero esa oportunidad no habilita a estirar los plazos sin criterio, sino que conviene alinear la estrategia de renta fija con el horizonte de cada inversión, manteniendo las necesidades de corto plazo en instrumentos líquidos y cortos, y reservando la duración larga para los objetivos de largo plazo, para evitar descalces y riesgo de volatilidad innecesaria.
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Por Antonio Sandoval