Los inversores institucionales como las fundaciones, ONGs y congregaciones religiosas presentan un gran reto para los asesores financieros: aunar rentabilidad con sus objetivos de misión. Esto pone el foco en la inversión por criterios y hace más compleja la construcción de carteras. ¿Cómo se enfrentan a ello las firmas de asesoramiento?
En opinión de Enrique Garrido, director de grandes patrimonios de Tressis, lo primero es convertir los principios en una política de inversión concreta. “La Doctrina Social de la Iglesia o el ideario de una ONG no pueden quedarse en una declaración genérica. Tienen que materializarse en criterios prácticos: sectores excluidos, criterios positivos de selección, límites de riesgo, necesidades de liquidez, horizonte temporal y objetivos de rentabilidad razonables.
A partir de ahí, la cartera debe construirse como cualquier cartera bien diseñada: diversificación, calidad de activos, control de riesgos, costes razonables y disciplina”, explica.
Según su visión, la inversión responsable no debe plantearse como una renuncia automática a la rentabilidad, sino como una forma de invertir más coherente con los fines de la entidad: “En un entorno volátil, la clave es no improvisar. Una política de inversión bien definida permite mantener el rumbo, evitar decisiones emocionales y aprovechar oportunidades cuando aparecen. Para muchas de estas entidades, el largo plazo es una ventaja, siempre que la cartera esté bien alineada con sus necesidades reales”, añade.
José de Alarcón, director comercial de Andbank España, se muestra muy claro al defender que la coherencia ética y la rentabilidad financiera son objetivos perfectamente compatibles. “La clave está en mantener una adecuada diversificación y un enfoque patrimonial de largo plazo, en mercados volátiles, ese horizonte largo actúa como amortiguador y evita vender en el peor momento. Nuestra experiencia demuestra que este modelo permite construir carteras sólidas y competitivas, plenamente alineadas con los valores de la institución, sin renunciar a los objetivos financieros”, argumenta.
Concretando el ideario
A la hora de tratar con esta clase de clientes, otra voz experimentada a la hora de construir carteras es la de Borja Fernández De Vega, director de relación con clientes de Portocolom AV. En su opinión, el primer paso es traducir ese ideario a criterios de inversión concretos. En el caso de entidades religiosas, señala, por ejemplo, que la Doctrina Social de la Iglesia puede reflejarse en exclusiones, pero también en criterios positivos: dignidad humana, trabajo decente, cuidado de la casa común, justicia social, inclusión, salud, educación o protección de colectivos vulnerables.
“Después hay que construir la cartera con el mismo rigor financiero que aplicaríamos a cualquier inversor institucional: diversificación, control de riesgos, liquidez, horizonte temporal, costes, calidad de gestoras y adecuación al perfil de la entidad. La clave está en no plantear una falsa dicotomía entre valores y rentabilidad. Una cartera alineada con valores no debe ser una cartera menos rigurosa. Al contrario, exige más análisis. Hay que evaluar si las restricciones reducen demasiado el universo invertible, cómo se compensa esa reducción, qué riesgos se incorporan y qué grado de flexibilidad tiene la entidad”, explica Fernández De Vega.
En mercados volátiles, esto es todavía más importante. La coherencia con la misión no puede ser una capa estética que desaparece cuando hay estrés de mercado. Tiene que estar integrada en la política de inversión, en la construcción de cartera y en la gobernanza.
Para Ignacio García-Blanco, gestor de patrimonios de Diaphanum, lo primero es definir claramente las restricciones y principios que debe respetar la cartera. “En el caso de entidades religiosas, esto suele implicar aplicar filtros de exclusión y, cada vez con más frecuencia, incorporar criterios de inversión responsable alineados con la Doctrina Social de la Iglesia. A partir de ahí construimos una cartera diversificada, global y eficiente desde el punto de vista financiero”, comenta. Según reconoce, su experiencia les ha demostrado que incorporar criterios éticos no implica necesariamente renunciar a la rentabilidad: “Lo importante es diseñar correctamente el universo de inversión y mantener una adecuada diversificación”.
Una visión en la que coincide también el director comercial de Andbank España: “La construcción de la cartera comienza con la definición de los criterios de inversión de cada institución. A partir de ahí, aplicamos filtros de exclusión para descartar actividades incompatibles con sus principios y realizamos una selección de compañías y activos basada en la calidad del negocio, la solidez financiera, la sostenibilidad del modelo y su capacidad de generar valor a largo plazo”.
El producto: clave en segundo plano
La visión que comparten estas firmas de asesoramiento y sus expertos deja una clara conclusión: el cliente está en el centro. Pero, ¿qué pasa con el producto? Tal y como explica Mireia Jiménez, directora de Carteras de Inversión de Diverinvest Asesoramiento EAF, para mantener la coherencia es imprescindible analizar con independencia los diferentes vehículos de inversión.
“Por suerte, hoy, existe cada vez más una conciencia de inversión donde los principios de gobernanza, sociales y medioambientales se cumplen sin renunciar a la rentabilidad. Aunque, y aquí probablemente somos un poco críticos, estos principios no están unificados a nivel mundial y a veces, nos encontramos con datos que no tienen una consistencia real. De aquí, la insistencia de la importancia de conocer qué es lo que necesitan realmente este tipo de organizaciones y cuáles son sus líneas rojas, con independencia de lo que esté oficialmente identificado en el producto. Por eso nosotros solemos analizar, en los casos de los fondos de inversión, las inversiones subyacentes para asegurar que no estamos rompiendo ninguno de los principios establecidos por la institución. Tener productos que se rijan por principios éticos o de la doctrina social de la iglesia, no implica renunciar a la rentabilidad. Simplemente, se debe construir, como en toda cartera de inversión, una distribución de activos, divisa, sectores, zonas geográficas y demás, acorde también, con el constante entorno cambiante de mercado”, señala sobre la forma de trabajar de la firma.
Por último, Alarcón recuerda que la principal diferencia no está en los productos, sino en los criterios con los que construimos la cartera. “En los últimos años el universo de inversión ha evolucionado de forma significativa y hoy estamos en condiciones de ofrecer soluciones adaptadas a prácticamente cualquier ideario. Desde fondos sostenibles y estrategias de impacto hasta vehículos alineados con la Doctrina Social de la Iglesia, como la gama Andbank Omnes, o mandatos de gestión diseñados específicamente para cada institución, el objetivo es construir carteras plenamente alineadas con sus necesidades, valores y objetivos de largo plazo”, concluye.


Por Beatriz Zúñiga
