Tres mensajes para una semana de política monetaria y bancos centrales
| Por Beatriz Zúñiga | 0 Comentarios

La semana trae dos nuevas citas de política, esta vez casi de forma simultánea. La Reserva Federal de EE.UU. (Fed) y el Banco Central Europeo (BCE) enfrentan una nueva reunión de política monetaria con la preocupación sobre el impacto del conflicto en Oriente Medio en la economía. De fondo resuenan las últimas perspectivas del FMI: se espera que las economías de renta media represente cerca de dos tercios del crecimiento del PIB mundial hasta 2030.
Es más, según el FMI, a nivel regional, Asia seguirá siendo el principal motor del crecimiento, concentrando más del 50% del crecimiento global. “A pesar de registrar las tasas de crecimiento más elevadas, se prevé que las economías de renta baja contribuyan solo con un 1% al crecimiento mundial en ese mismo periodo”, apuntaba en su último informe.
Para los expertos de Neuberger, las cinco reuniones de esta semana—la de la Fed, el BCE, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y el Banco de Canadá— ofrecen una importante ventana que permitirá ver cómo los responsables de la política monetaria están pensando y preparados para actuar ante los efectos inflacionarios del conflicto de Oriente Medio, pero la reunión del BCE es la que entraña el mayor riesgo. Frente a este contexto, ¿dónde creen los expertos de las gestoras internacionales que deben los bancos centrales poner el foco?
Estanflación: nuevo rumbo
En opinión de Thomas Hempell, responsable de análisis macroeconómico y de mercados de Generali AM (parte de Generali Investments), la posible estanflación marcará el rumbo de los bancos centrales. “La economía mundial, aunque hasta ahora se ha mostrado resistente, se enfrenta a una crisis de estanflación provocada por el aumento de los precios de la energía, vinculado a la guerra en Irán. La elevada incertidumbre y los riesgos de interrupciones en las cadenas de suministro están lastrando la actividad. Europa y Japón/Asia se encuentran especialmente expuestas debido a su gran dependencia de las importaciones de energía. Por lo tanto, la duración y la gravedad de las interrupciones en el suministro energético son fundamentales para las perspectivas mundiales”, afirma Hempell.
En su opinión, es probable que los bancos centrales no presten atención al repunte temporal de la inflación. Para el experto de Generali AM, el umbral para una política monetaria restrictiva agresiva es mucho más alto que en 2022, lo que refleja diferencias clave: la economía mundial está creciendo de forma sólida, los aumentos de los precios de la energía son hasta ahora mucho más moderados (especialmente en el caso del gas) y el riesgo de efectos de segunda ronda es menor, dadas unas expectativas de inflación mejor ancladas y unas políticas menos acomodaticias (véanse los gráficos de la izquierda). “La Fed podría aún aplicar una última bajada de tipos de 25 puntos básicos (pb) a finales de verano. El BCE podría mantener los tipos sin cambios por razones fundamentales, pero es más probable que, no obstante, aplique una subida de seguridad de 25 pb para no parecer complaciente”, señala.
Los errores del pasado
Para Pablo Duarte, analista senior del Flossbach von Storch Research Institute, la Fed y el BCE ya se equivocaron al considerar transitoria la inflación que comenzó en 2021. Ahora, apunta que, por temor a repetir ese error, podrían incurrir en hacer lo opuesto: endurecer en exceso la política monetaria y provocar una recesión que, previsiblemente, terminarían combatiendo con recortes de tipos.
“Hoy la situación es diferente”, matiza y argumenta que, aunque se ha producido un nuevo repunte de los precios de la energía, el exceso monetario es considerablemente menor. “Desde 2022, la cantidad de dinero ha crecido a un ritmo más contenido, y buena parte del exceso previo se ha absorbido a través de la inflación y del crecimiento real. En este contexto, un shock energético no tiene por qué desencadenar una nueva ola inflacionaria generalizada.
Sin una expansión monetaria que lo respalde, el encarecimiento de la energía actúa principalmente como una redistribución del gasto. Este ajuste tiende a moderar la presión inflacionaria en sectores como los servicios. En otras palabras, el actual shock energético apunta más a un cambio en los precios relativos que a una inflación generalizada como la de 2021 y 2022”, argumenta.
En cambio, considera que el riesgo de recesión aumenta, especialmente en la eurozona, donde la dependencia energética es mayor y la productividad ha mostrado un comportamiento débil durante años. “Al mismo tiempo, los elevados niveles de deuda pública dificultan mantener una política monetaria restrictiva durante mucho tiempo. En este contexto, resulta plausible un nuevo cambio de rumbo. Si el crecimiento se deteriora y las presiones inflacionarias remiten, los bancos centrales podrían verse obligados a revertir su política, retomando los recortes de tipos. Este giro no sería sorprendente, sino coherente con la dificultad inherente a la política monetaria”, afirma.
Duarte defiende que los bancos centrales operan siempre entre dos riesgos: actuar demasiado tarde o hacerlo en exceso. “En 2021 y 2022, el error fue no reaccionar a tiempo ante un exceso monetario evidente. En 2026, el peligro es reaccionar con demasiada dureza ante un shock que no presenta las mismas características inflacionarias. Entre ambos extremos, la política monetaria sigue siendo un ejercicio de equilibrio imperfecto”, concluye.
Su peso en el ciclo
Por último, Marco Giordano, Investment Director en Wellington Management, lanza un mensaje más: “Las decisiones de los bancos centrales serán factores determinantes del ciclo global en los próximos trimestres, a medida que los responsables políticos asimilen este último choque exógeno y actúen en consecuencia”.
Según su análisis, a lo largo del mes de marzo, los bancos centrales de todo el mundo optaron por mantener los tipos de interés sin cambios, alegando el aumento de los riesgos geopolíticos y la incertidumbre en torno a las perspectivas de inflación impulsadas por los precios de la energía. “Tanto la Fed como el BCE mantuvieron los tipos de interés sin cambios, haciendo hincapié en que de cara al futuro se guiarán por los datos: es probable que las previsiones de inflación sean ligeramente al alza, mientras que la incertidumbre probablemente lastrará el crecimiento”, recuerda.
Para Giordano, Powell y Lagarde adoptaron un tono ligeramente hawkish, en contraste con el gobernador Bailey: el Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra mantuvo los tipos sin cambios y lo hizo por unanimidad (9-0), impulsado por la crisis de los precios de la energía. “Los mercados interpretaron esto como un cambio significativo en la función de reacción del Banco de Inglaterra, que anteriormente se mostraba dispuesto a recortar los tipos al máximo junto con la Fed, y ahora se espera que suba los tipos tres veces en 2026. El Reino Unido ya se enfrentaba a las perspectivas de inflación más elevadas del G7; es probable que esta última sacudida complique la tarea del banco central, que lucha por reafirmar su credibilidad ante los inversores internacionales, ya que ha sido testigo del mayor exceso acumulado de inflación en los mercados desarrollados desde la crisis financiera mundial de 2007”, concluye Giordano









