En los diez años que terminaron en diciembre de 2024, los fondos de inversión y los ETFs en Estados Unidos rindieron 8,2 por ciento anual en promedio. El dinero de las personas que invirtieron en esos mismos fondos ganó 7,0 por ciento. No, no es un error, mismos fondos, mismos diez años, y a los dueños del dinero les tocó menos.
Morningstar, empresa de investigación y análisis financiero, mide esa diferencia cada año en un estudio que se llama ‘Mind the Gap’, y una parte importante de la explicación no está en las comisiones ni en los impuestos, está en algo más humano: en cuándo entra y cuándo sale el dinero. La gente compra después de las subidas y vende después de las caídas, y ese vaivén está en el centro de la brecha de 1,2 puntos porcentuales al año, lo que equivale a alrededor del 15 por ciento de todo lo que sus fondos generaron en la década.
Nadie les cobró esa cuota. Se la cobraron solos.
La receta cabe en un renglón
Trabajo en asesoría de inversiones, y mi labor es indicarles a los inversionistas que la receta para invertir bien es pública, gratuita y cabe en un renglón: Decide cuánto riesgo aguantas de verdad, no cuánto aguantas en un año bueno. Diversifica ampliamente. No trates de adivinar cuándo entrar y cuándo salir. Mantén los costos al mínimo… Eso es todo. Muestra de ello es John Bogle, quien dedicó cincuenta años a la mitad más famosa de esa receta, la de comprar el mercado completo a costos mínimos, y desde entonces la evidencia no ha hecho más que apilarse a su favor.
SPIVA, el marcador que S&P Dow Jones publica desde 2002, muestra que a quince años, con datos al cierre de 2025, un 89,9 por ciento de los fondos activos de empresas grandes en Estados Unidos pierde contra el S&P 500. Y que no hay una sola categoría, ni de acciones ni de bonos, donde la mayoría de los gestores profesionales le gane a su índice en ese plazo. En México el marcador dice lo mismo: en los diez años cerrados en 2024, ocho de cada diez gestores de renta variable quedaron por debajo del S&P/BMV IRT, el índice de la Bolsa Mexicana con dividendos incluidos. Sobre los costos, Morningstar encontró en 2016 algo que debería escandalizar más: la comisión de un fondo predice su rendimiento futuro mejor que el propio sistema de estrellas de Morningstar. Es decir, mientras más pagas, menos te queda.
Analizando lo que eso significa, los profesionales de tiempo completo, con analistas y doctorados, no logran ganarle al índice de manera consistente. El resultado no es deprimente, es liberador: no necesitas ganarle a nadie. Comprar el mercado entero, que hoy cuesta unos cuantos puntos base al año (un punto base es una centésima de punto porcentual), te deja por delante de la mayoría de los expertos con la sola condición de quedarte quieto.
Entonces podemos decir que invertir es fácil. Simplemente con tres decisiones, cualquier día y una casa de bolsa. Sin embargo, ahí está la trampa del renglón: invertir es fácil; ser inversionista es difícil. Invertir es un acto. Ser inversionista es una identidad que hay que sostener durante varios años de sustos, portadas catastróficas y acciones ganadoras.
Una receta que nadie se toma
En la medicina se conoce este problema desde hace décadas y le pusieron nombre: adherencia. La Organización Mundial de la Salud estima que, en enfermedades crónicas, solo la mitad de los pacientes de países desarrollados toma su tratamiento como se lo recetaron. Detente en eso un momento. El diagnóstico es correcto, la ciencia está resuelta, la farmacia está a tres cuadras y la instrucción cabe en un renglón: una pastilla diaria, y aún así la mitad no lo hace.
Y no lo hace por una razón muy concreta: la hipertensión no duele. La pastilla no produce ninguna sensación de victoria. Los días buenos parecen la prueba de que ya no hace falta, y el costo de abandonarla tarda años en presentarse. Nadie fracasa en el tratamiento por falta de información. Fracasa en los años aburridos, que son casi todos.
Trasladado a las inversiones, tu portafolio es un tratamiento crónico, no una cura. El portafolio indexado y barato tampoco duele, tampoco da noticias, tampoco te deja nada que presumir en la cena. En los años buenos se siente innecesario: todo sube, y la prudencia parece un exceso. En los malos se siente defectuoso: cayó contigo adentro, cuando se suponía que esto funcionaba. Los dos sentimientos empujan hacia lo mismo, hacia moverle, y moverle es exactamente lo que la brecha está midiendo.
Eso es lo que separa invertir de ser inversionista. No el conocimiento: la disciplina de tomarse la pastilla los diez mil días en que no pasa nada.
Y la factura por no tomársela es más grande de lo que sugiere el 1,2. Un millón de pesos que crece veinte años a 8,2 por ciento termina en unos 4,84 millones. A 7,0 por ciento, en unos 3,87. La diferencia ronda el millón de pesos: tu propio comportamiento, cobrándote más o menos lo mismo que invertiste al principio.
El otro lado de esto
No toda venta es pánico. Retirar dinero porque te retiraste, rebalancear, pagar la universidad de un hijo: nada de eso es indisciplina, y una parte de la brecha que mide Morningstar viene de flujos así de normales. Hay investigadores que, con los mismos datos, estiman que el puro mal timing explica apenas 0,10 puntos del hueco anual; el resto sería vida cotidiana entrando y saliendo del portafolio. Si tienen razón, la factura del millón de pesos mezcla pánico con quincenas y retiros, y te lo debo decir completo.
También concedo esto: aguantar no es un trámite de fuerza de voluntad. Ver caer tu patrimonio un 30 por ciento mientras los titulares anuncian el fin del sistema es genuinamente difícil, y quien te diga que en marzo de 2020 no sintió nada te está mintiendo. Yo lo sentí, y me dedico a esto.
Pero fíjate qué queda en pie después de conceder todo eso. SPIVA no depende de esa explicación: incluso los gestores profesionales, con equipos, información y recursos dedicados de tiempo completo a intentar ganarle al mercado, en su mayoría tampoco lo consiguen. Y la dirección de la brecha nunca cambia de signo: el dinero persigue rendimientos pasados, entra tarde y sale tarde, década tras década, en fondos caros y en fondos baratos. El error tiene un patrón. Y el patrón eres tú.
Esto no es un pronóstico
Nada de lo anterior predice qué hará la bolsa el año que viene. No es una apuesta a que el S&P suba, ni a que las tasas bajen, ni a que México se ponga de moda. Si alguien te vende disciplina como método para adivinar el futuro, te está vendiendo lo de siempre con empaque humilde. La tesis es más modesta y más incómoda: nadie sabe qué hará el mercado, la evidencia dice que tú tampoco, y actuar como si supieras es el hábito que cuesta 1,2 puntos al año.
Por eso la pregunta útil no es qué va a hacer la bolsa, ni cuál es el portafolio perfecto: un portafolio perfecto que abandonas a la mitad rinde menos que uno decente que sí sostienes. La pregunta útil es qué vas a hacer tú la próxima vez que el mercado caiga 30 por ciento, y conviene decidirlo hoy, por escrito, mientras nada duele. Puede ser un portafolio más conservador que te deje dormir, una regla de rebalanceo automática, o bien, puede ser una cita anual con tus inversiones y ninguna en medio.
Cualquiera de esas decisiones se toma hoy con calma, desde una posición de fuerza, y te pertenece por completo. La receta ya la tienes; falta el paciente.




