Portocolom AV afronta junio con cambios, ya que la compañía ha ampliado sus oficinas y personal gracias a su crecimiento. Según Javier García, director general de Portocolom AV, su propuesta es clara y sencilla: acompañar a los inversores alineando sus valores con la forma de invertir de forma sostenible.
En este sentido, defiende que la firma decidió, hace tiempo, hace tiempo “distinguir entre inversión con impacto e inversión para impactar”. García mantiene la mirada en el horizonte, donde visualiza a Portocolom como una firma cada vez más especializada, con una propuesta clara en inversión con sentido: carteras financieramente sólidas, construidas con rigor, capaces de integrar impacto medible y coherencia con los valores de cada cliente. “Nuestro objetivo no es ser los más grandes, sino ser una referencia en Europa para aquellas instituciones que quieren que su patrimonio esté verdaderamente alineado con su misión”, afirma.
Sobre cómo ha evolucionado la ISR y cuál es la propuesta de la firma en este cambio hemos charlado con su nuevo presidente en nuestra última entrevista.
¿Cómo ha evolucionado el concepto de impacto en los últimos años y qué diferencia hoy una estrategia verdaderamente rigurosa de aquellas que simplemente incorporan criterios ESG básicos?
La industria ha madurado mucho en su forma de entender el impacto y en la distinción entre conceptos. En Portocolom hace tiempo que decidimos decantarnos por distinguir entre inversión con impacto e inversión para impactar. Hablamos de inversión con impacto cuando incorpora activos que generan efectos sociales o medioambientales positivos, medibles y relevantes, aunque el impacto no siempre sea el principal motor de la estrategia. La inversión para impactar, en cambio, parte de una intención explícita de contribuir a resolver un problema concreto. En este caso, el impacto forma parte del diseño de la estrategia desde el inicio y no es una consecuencia accesoria.
¿Qué implicación tiene esta distinción?
Esta distinción, que podría ser un proxy a lo que en la industria se distingue como inversión bajo criterios ESG e inversión de impacto, nos permite separar las estrategias que simplemente incorporan criterios ESG o seleccionan compañías con mejores prácticas relativas de aquellas que realmente buscan transformar una realidad. El ESG ayuda a gestionar riesgos y mejorar la calidad de las inversiones, mientras que el impacto exige además intencionalidad, adicionalidad, materialidad y una teoría de cambio clara.
Dicho esto, creemos que la industria está dando un paso más. Ya no basta con medir impacto, hay que gestionarlo. La medición es necesaria, pero la gestión del impacto implica incorporarlo en las decisiones de inversión, en la due diligence, en el seguimiento, en el diálogo con gestores y compañías y, cuando es posible, en los incentivos y la gobernanza. Además, el impacto real suele requerir capital paciente. Muchos de los grandes retos, como lo son la salud, educación, inclusión financiera, vivienda, transición energética, biodiversidad no se resuelven con horizontes cortos ni con una lógica puramente táctica, sino que requieren tiempo, acompañamiento y capacidad de asumir que la transformación profunda rara vez es inmediata.
¿Cómo equilibran rentabilidad financiera y objetivos sociales y medioambientales?
Para nosotros no se trata de contraponer rentabilidad e impacto, sino de integrarlos dentro del mismo proceso de inversión. La rentabilidad financiera sigue siendo una condición necesaria, ya que gestionamos patrimonio de clientes institucionales, fundaciones, congregaciones, familias y entidades que tienen objetivos financieros concretos y responsabilidades fiduciarias, pero entendemos que la forma en que se genera esa rentabilidad también importa. En la práctica, el equilibrio empieza en el momento cero, en la construcción de cartera. Analizamos cada inversión desde una doble perspectiva: su contribución financiera esperada y su coherencia con los objetivos sociales, medioambientales o de misión del cliente. No todas las inversiones tienen el mismo grado de impacto ni cumplen la misma función dentro de una cartera. Algunas aportan liquidez y estabilidad, mientras que otras permiten una mayor adicionalidad o exposición a soluciones transformadoras. Lo importante es que la cartera tenga sentido en conjunto.
¿Qué exige hoy el cliente institucional en términos de medición y trazabilidad del impacto?
El cliente institucional ha evolucionado mucho y ya no se conforma con una etiqueta sostenible ni con un informe genérico lleno de indicadores agregados, pide trazabilidad y entender. Quiere saber dónde está invertido, qué exposición tiene a determinados temas, qué controversias pueden existir, qué métricas son realmente relevantes y qué evidencia hay detrás de los resultados comunicados. También observamos una demanda creciente de honestidad metodológica, ya que en impacto no todo se puede medir con la misma precisión, y es importante distinguir entre productos, resultados y contribución real. Por ejemplo, no es lo mismo medir el número de beneficiarios alcanzados que demostrar una mejora en la calidad de vida, el aprendizaje, el acceso a salud o la inclusión financiera. El cliente sofisticado entiende esa diferencia y valora que no se simplifique en exceso. Nuestra labor consiste precisamente en traducir esa complejidad en información útil para la toma de decisiones.
En un momento en el que el mercado cuestiona cada vez más el greenwashing, ¿qué metodologías utiliza para evaluar el impacto?
El primer paso es no dejarnos llevar por la narrativa. Muchas estrategias tienen una historia atractiva, pero el análisis debe ir por debajo del relato comercial. Nosotros trabajamos con marcos propios que nos permiten evaluar la teoría de cambio, la intencionalidad, la adicionalidad, la materialidad de los resultados y la calidad de la medición. Aunque nos interesa cómo reporta el fondo, nos interesa mucho más entender qué problema abordar el fondo, por qué el gestor está bien posicionado para resolverlo, cómo selecciona las inversiones y qué podemos esperar si no se dan las condiciones teóricas u óptimas planteadas.
También analizamos la gobernanza del impacto. Es decir, si el impacto está realmente integrado en el proceso de inversión o si se queda en una capa posterior de reporting. Esto para nosotros es clave ya que no entendemos ambas variables más que como una sola: al igual que no hay rentabilidad libre de riesgo, no hay rentabilidad que no genere un impacto positivo o negativo en la sociedad o el planeta.
¿Cambia cuando hablamos de activos líquidos?
En activos líquidos, el análisis es distinto, porque la adicionalidad del inversor suele ser más indirecta. Ahí ponemos mucho foco en la calidad de los emisores, la contribución de los productos o servicios, las controversias, la exposición a actividades no alineadas y el papel que puede jugar el compromiso activo de las gestoras en las que invertimos. No creemos en una lectura automática de los ratings ESG, y esta afirmación la llevamos tan al extremo que incluso nuestro modelo, desarrollado por nosotros y basado en metodología propia en continua evolución es una herramienta más, pero no sustituye al juicio propio.
Además, incorporamos una capa de alineación con principios éticos. Para muchos de nuestros clientes, especialmente instituciones con una misión muy definida como son las congregaciones religiosas, no basta con que una inversión sea financieramente sólida o tenga una buena calificación ESG. Debe ser coherente con determinados valores: dignidad humana, justicia social, cuidado de la casa común, transparencia, respeto a los derechos fundamentales y promoción del bien común. En este caso nos regimos bajo el marco definido por Mensuram Bonam y que también hemos integrado en todo nuestro proceso de toma de decisiones.
¿Hasta qué punto perciben que los inversores institucionales están incorporando hoy criterios morales o de misión en sus procesos de asignación de activos? ¿Es una moda que ya ha pasado?
Creo que estamos en una fase muy interesante porque el mercado ha pasado por dos extremos: hemos pasado de la exuberancia o exaltación de la inversión sostenible, en la que todo parecía poder llamarse ESG, sostenible o de impacto, generándose expectativas muy altas y simplificando conceptos que son muy complejos, al lado contrario; a una fase de escepticismo muy fuerte, e incluso de rechazo prácticamente absoluto hacia todo lo que suene a sostenibilidad.
Aunque pueda parecer que es un peligro para este tipo de inversión, creemos que esta depuración es buena y necesaria, ya que obliga a distinguir entre quienes se acercaron a la inversión responsable por moda y quienes lo hicieron por convicción. Para los que creemos firmemente en el sentido de invertir con responsabilidad y con impacto, este contexto debe servir como acicate. En Portocolom AV partimos de una idea muy sencilla: el capital no es neutral. Toda inversión financia unas actividades y deja de financiar otras.
¿Qué segmentos consideran que concentrarán las mayores oportunidades de crecimiento en los próximos años?
Si tuviera que resumirlo, diría que las mayores oportunidades estarán en soluciones que respondan a necesidades básicas y persistentes: salud, educación, inclusión, vivienda, agua, alimentación, energía y adaptación climática. Son temas que no dependen de una moda, sino de desequilibrios estructurales de nuestras sociedades. Y lo que cambia no es el qué financiar sino el cómo y a través de qué soluciones o instrumentos.
Desde su experiencia asesorando a instituciones nacionales e internacionales, ¿cómo está cambiando el perfil del cliente institucional en relación con la sostenibilidad?
Percibimos una mayor exigencia en la personalización, ya que no todos los inversores institucionales entienden la sostenibilidad de la misma manera. Una fundación cultural, una congregación religiosa, una mutualidad profesional o una familia empresaria pueden compartir preocupaciones comunes, pero tienen misiones distintas. Por eso, la solución no puede ser estándar. Hay que construir marcos de inversión que reflejen la identidad de cada institución.
¿Detectan una demanda más sofisticada y orientada a resultados concretos?
Los clientes empiezan a distinguir mejor entre tipos de impacto. Entienden que una cartera de renta fija sostenible, un fondo de private equity de impacto, una estrategia de transición energética o una inversión catalítica en salud infantil no tienen la misma función. Cada una puede contribuir de forma diferente, con distintos niveles de liquidez, riesgo, horizonte temporal, vehículo para instrumentalizarlo y capacidad de medición. Esto hace que la demanda sea más madura y profesional pero también más exigente. Las promesas excesivas de los últimos años han llevado a los clientes a valorar mucho la transparencia y la honestidad, valorando que se expliquen bien los avances, pero también las limitaciones, incertidumbres y áreas donde todavía no hay sólo datos suficientes, sino oportunidades de inversión con rentabilidad financiera.
Mirando hacia adelante, ¿cómo visualiza Portocolom AV su crecimiento y evolución estratégica en los próximos tres a cinco años?
Nuestra evolución natural pasa por profundizar en aquello que nos hace diferenciales: la integración entre inversión, impacto y valores. No queremos crecer perdiendo profundidad, sino reforzando nuestra esencia. Para ello estamos en continua transformación y evolución de nuestra metodología, capacidades de análisis y soluciones que respondan a necesidades reales de nuestros clientes.
¿Cómo se materializa esa evolución?
En los próximos años vemos varias líneas claras: la primera es acompañar a más instituciones en la construcción de carteras alineadas con su misión. Vemos una demanda creciente de clientes que no quieren simplemente comprar productos sostenibles, sino definir una política de inversión coherente con su identidad, sus principios y sus objetivos de largo plazo. Además, y como instrumento para dar respuesta, seguir desarrollando capacidades propias de medición y análisis de impacto, tanto en activos líquidos como ilíquidos. La calidad del dato, la trazabilidad, el análisis de controversias y la capacidad de construir informes útiles serán cada vez más importantes.
La segunda es profundizar en inversión temática e impacto privado. Creemos que los mercados privados permiten acceder a áreas donde el capital puede ser especialmente transformador: salud, educación, inclusión financiera, transición climática, vivienda, agua, agricultura sostenible o soluciones para colectivos vulnerables. El fondo de impacto que asesoramos, Impulso Global, gestionado por Cardumen Capital, es un ejemplo de esa visión: una cartera diversificada de fondos de impacto que busca combinar rigor financiero, adicionalidad y alineación con grandes retos sociales y medioambientales.
También esperamos avanzar en tecnología aplicada al análisis de sostenibilidad. La inteligencia artificial puede ayudar a procesar información, detectar controversias, mejorar la trazabilidad y hacer más robustos los modelos de seguimiento. Pero siempre entendida como una herramienta al servicio del criterio humano, no como un sustituto del análisis.



