Estas vacaciones he estado en Canadá y Estados Unidos, pasando por Hawaii y San Francisco. Y, aunque estaba intentando desconectar, acabé pensando en algo bastante relacionado con mi trabajo: ¿Puede el lugar desde el que invertimos influir en cómo percibimos el riesgo? La pregunta me surgió casi de forma intuitiva. San Francisco transmite una cultura de inversión extraordinariamente orientada al futuro: tecnología, innovación, crecimiento, venture capital, opcionalidad, asumir riesgos hoy a cambio de capturar una oportunidad enorme mañana. En Canadá, en cambio, resulta mucho más natural encontrarse con una cultura financiera vinculada a activos tangibles, materias primas y, especialmente, minería y oro.
Probablemente existen explicaciones mucho más importantes que el clima. Silicon Valley tiene detrás Stanford, décadas de innovación tecnológica, empresarios, inmigración cualificada, redes de capital y unos efectos de red difíciles de replicar. Y Canadá tiene una enorme tradición minera, compañías especializadas, mercados financieros construidos alrededor de los recursos naturales y una cultura inversora estrechamente ligada a ellos. Pero hay una pequeña pregunta que me parece fascinante: ¿y si el entorno físico también tuviera algo que ver?
No porque el sol “cree” venture capital ni porque la nieve haga que alguien compre oro. Sino porque sabemos que el entorno puede afectar, aunque sea marginalmente, a nuestro estado de ánimo y a nuestra percepción del riesgo. Hay estudios académicos que han encontrado relaciones entre las condiciones meteorológicas, el estado de ánimo y determinados comportamientos financieros. Incluso se han realizado experimentos en los que el buen tiempo parece aumentar la disposición a asumir riesgos. Y eso me llevó a una cuestión más amplia: Si unas horas de sol pueden influir en nuestro comportamiento financiero… ¿podría el ecosistema en el que vivimos durante años influir también en nuestra forma de entender el riesgo?
Porque un inversor de San Francisco está rodeado de emprendedores que hablan de mercados potenciales de miles de millones, crecimiento exponencial y compañías que pueden multiplicar por 100. Un inversor de Toronto puede tener a su alrededor compañías mineras, geólogos, analistas de commodities y décadas de conocimiento acumulado sobre recursos naturales. En ambos casos, probablemente acabará desarrollando una intuición muy sofisticada sobre determinados riesgos. Pero también puede acabar considerando “normal” asumir unos riesgos que a otro inversor le parecerían extraordinarios. Y aquí es donde la cuestión me interesa especialmente desde mi trabajo asesorando patrimonios y, sobre todo, seleccionando gestores externos.
Cuando analizamos un gestor solemos fijarnos en su track record, su proceso de inversión, sus posiciones, su equipo, sus incentivos o su gestión del riesgo. Pero quizá haya otra variable mucho más difícil de medir: ¿Qué riesgos considera normales ese gestor? ¿Y de dónde viene esa percepción?
Del mandato, sin duda. De su experiencia y de su formación. Pero también del mercado en el que ha trabajado, de sus competidores, de los inversores que tiene alrededor y del tipo de oportunidades que ha aprendido a identificar. Un gestor de venture capital y un gestor de minería pueden ser extraordinariamente buenos en lo que hacen y, sin embargo, tener concepciones radicalmente diferentes sobre qué significa “asumir riesgo”.
Por eso quizá, al seleccionar gestores, no deberíamos analizar únicamente qué hacen, sino también en qué ecosistema han aprendido a invertir. No creo que el clima explique Silicon Valley, ni que el frío explique el oro canadiense. Sería una simplificación absurda. Pero sí creo que merece la pena preguntarnos hasta qué punto nuestras decisiones de inversión son realmente el resultado de un análisis racional… y hasta qué punto están moldeadas por el entorno que nos rodea. Quizá el perfil de riesgo de un inversor no esté solamente dentro de su cabeza. Quizá también esté, en parte, alrededor de ella.
Tribuna firmada por Ion Zulueta, Director de Análisis y responsable del Comité de Producto en la firma iCapital



Por Beatriz Zúñiga
