Para los inversores que buscan generar un impacto positivo, la temática de la electrificación siempre ha desempeñado un papel relevante dentro del universo de inversión. La electrificación de una economía le permite beneficiarse tanto de una mayor eficiencia energética como del creciente protagonismo de las energías renovables. Aunque la electrificación sigue dependiendo de un sistema de generación que aún se basa parcialmente en combustibles fósiles, allana el camino para sustituir las centrales más contaminantes por alternativas con menores emisiones de carbono, como las energías renovables, la energía nuclear y la hidroeléctrica, mejorando así la flexibilidad del sistema energético a largo plazo.
Durante mucho tiempo, el objetivo de la electrificación parecía más adecuado para las economías desarrolladas, que contaban con infraestructuras más antiguas y extensas. Sin embargo, en los últimos años esta cuestión ha adquirido una importancia creciente en los mercados emergentes por, al menos, dos motivos.
En primer lugar, la producción de equipos eléctricos está cada vez más dominada por empresas con sede en países emergentes. Por ejemplo, el mayor fabricante mundial de motores eléctricos para aplicaciones industriales es una empresa brasileña. Del mismo modo, Asia domina la cadena de valor y las compañías líderes de China, Taiwán y Corea del Sur representan una cuota cada vez mayor del mercado internacional de cables, baterías, interruptores, transformadores y otros componentes eléctricos.
En segundo lugar, las economías emergentes están electrificando su propio consumo a un ritmo superior al previsto. China, junto con Bangladesh y Vietnam, ha incrementado en más de diez puntos porcentuales la participación de la electricidad en la demanda final de energía desde 2010. También se han registrado avances significativos en otros mercados emergentes, como India, Indonesia y México.
Algunos países han experimentado transformaciones especialmente rápidas. En Nepal, las ventas de vehículos eléctricos se han disparado durante los últimos cinco años hasta representar ya más del 50% de las ventas de automóviles. El año pasado, Etiopía prohibió la importación de vehículos con motores de combustión, lo que ha acelerado también la electrificación de su mercado nacional. Estos avances no habrían sido posibles sin la exportación de vehículos eléctricos chinos a precios asequibles, algo que los fabricantes occidentales todavía no han conseguido ofrecer. Empresas líderes como BYD, en automóviles, y CATL, en baterías, están siendo algunas de las principales beneficiarias de esta tendencia.
La inteligencia artificial: un nuevo impulsor de la demanda de electricidad
El mayor catalizador de la electrificación no se encuentra en el transporte, sino en el desarrollo de la inteligencia artificial. Su expansión requiere infraestructuras con un elevado consumo de electricidad, lo que representa tanto un reto como una oportunidad para el sector. Es un reto porque esta demanda adicional de energía se suma a las necesidades ya existentes. Pero también constituye una oportunidad, ya que las grandes compañías del sector cuentan con una enorme capacidad financiera para acelerar el despliegue de nuevas infraestructuras, favoreciendo así el avance de la electrificación.
También en este ámbito el papel de los mercados emergentes resulta fundamental. Estas inversiones están impulsando una extraordinaria demanda de semiconductores, cuya fabricación está dominada en gran medida por Corea del Sur y Taiwán. El rápido crecimiento de esta industria ha convertido a estos dos países en los mayores componentes del índice MSCI Emerging Markets, por delante de China. Los tres principales valores del índice —TSMC, Samsung Electronics y SK Hynix— pertenecen a este sector y representan conjuntamente el 30% de su ponderación.
Resiliencia energética y consenso político
Para muchos países, tanto emergentes como desarrollados, la electrificación constituye un factor clave de resiliencia. La mayoría de las economías siguen dependiendo de la importación de una parte significativa de los combustibles fósiles que consumen. En menor medida, esta dependencia también afecta a algunos sistemas de generación eléctrica. En última instancia, la electrificación contribuye, para la mayoría de los países, a reforzar la independencia energética y a mejorar la balanza comercial, dos objetivos sobre los que resulta relativamente sencillo construir un amplio consenso político.
La electrificación es, por tanto, un motor de la descarbonización, pero también una importante fuente de oportunidades de inversión en los mercados emergentes, tanto desde el lado de la demanda final como desde el de la fabricación de equipos e infraestructuras. La combinación de sectores como los equipos eléctricos, los semiconductores, el transporte eléctrico —no solo automóviles— y las infraestructuras permite construir una exposición muy significativa a esta temática. Esto resulta especialmente relevante para las carteras de inversión de impacto, que combinan una gestión altamente activa con una valoración explícita de los beneficios medioambientales que aportan determinadas compañías de estos sectores.
La aceleración actual está beneficiando a los inversores que llevan años posicionados en esta temática. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer para alcanzar los niveles de electrificación necesarios para cumplir los objetivos de reducción de emisiones. La presidencia de la COP31, que se celebrará en Turquía en noviembre, está impulsando el objetivo «35 para 2035», que pretende que el 35% de la demanda energética mundial sea cubierta mediante electricidad en 2035. En la actualidad, esa cifra se sitúa en torno al 20%.
Tribuna firmada por Mathieu Nègre, Head of Impact Investing




