La mayor transferencia intergeneracional de riqueza de la historia ya está en marcha y plantea una pregunta que va mucho más allá de quién recibirá los activos: ¿qué ocurrirá con el patrimonio una vez que cambie de manos?
La respuesta tendrá profundas implicaciones para las familias, los negocios familiares y, particularmente, para la industria de wealth management. De acuerdo con el World Wealth Report 2025 de Capgemini, se prevé que hasta 83,5 billones de dólares de riqueza sean transferidos a las nuevas generaciones hacia 2048. El dato incluye a la Generación X, Millennials y Gen Z, aunque serán las dos últimas generaciones las que concentren una parte creciente de la riqueza transferida.
Pero, el volumen de recursos involucrado convierte a la sucesión patrimonial en uno de los principales desafíos de las próximas décadas. No se trata únicamente de repartir activos entre herederos, sino de determinar cómo conservarlos, quién tendrá el control, cómo se tomarán las decisiones y qué parte del patrimonio continuará generando valor para las siguientes generaciones.
El cambio también representa una transformación para los administradores de patrimonio. El asesor financiero tradicional, centrado principalmente en la selección de productos y la administración de portafolios, enfrenta la necesidad de convertirse en un interlocutor capaz de acompañar a las familias en cuestiones de gobierno, fiscalidad, estructuras de propiedad, inversión y acuerdos entre generaciones.
México: una nueva ola de riqueza financiera
México se encuentra entre los mercados emergentes que pueden beneficiarse de esta transformación. El Global Wealth Report 2026 de Boston Consulting Group (BCG) estima que el país podría sumar alrededor de 550 mil millones de dólares de riqueza financiera entre 2025 y 2030, colocándose solo detrás de India y Brasil entre los principales generadores de nueva riqueza financiera de los mercados emergentes. En otra estimación dentro del mismo reporte, BCG proyecta alrededor de 600 mil millones de dólares de crecimiento de la riqueza total mexicana hacia 2030, dependiendo de la métrica utilizada.
La diferencia es importante: los 550 mil millones de dólares corresponden al incremento proyectado de riqueza financiera, no al tamaño absoluto del mercado mexicano de activos invertibles. Aun así, el dato muestra la magnitud de la oportunidad que se abre para bancos, gestoras, family offices, asesores independientes y demás participantes del ecosistema de gestión patrimonial.
BCG identifica precisamente al segmento de clientes con entre 250 mil y 5 millones de dólares en activos financieros como uno de los espacios con mayor potencial para los administradores de patrimonio en los mercados emergentes. Se trata de clientes que han superado los productos tradicionales de depósito, pero que todavía no siempre reciben el nivel de servicio que la banca privada reserva para los grandes patrimonios.
Esta expansión de la riqueza financiera coincide con una transición generacional que hará más compleja la relación entre las familias y sus asesores.
Heredar ya no significa simplemente recibir
La sucesión patrimonial históricamente se ha entendido como un proceso relativamente sencillo: determinar quién hereda, cómo se distribuyen los activos y cuáles son las obligaciones legales y fiscales correspondientes.
Ese modelo comienza a resultar insuficiente. BCG advierte que las familias actuales tienen activos distribuidos entre diferentes clases y jurisdicciones, mientras que sus integrantes viven cada vez más dispersos geográficamente y tienen intereses profesionales y empresariales distintos. Como resultado, la sucesión deja de ser un acontecimiento puntual y se convierte en un proceso de diseño patrimonial que puede extenderse durante años.
La tensión puede ser particularmente evidente en las empresas familiares. Para el fundador, la compañía suele representar simultáneamente propiedad, control, identidad y patrimonio. Para los sucesores, en cambio, no necesariamente existe el mismo vínculo. Algunos querrán continuar al frente del negocio; otros preferirán vender, diversificar o utilizar parte de la riqueza para emprender nuevas actividades.
Por ello, repartir el patrimonio en partes iguales tampoco garantiza que se preserve su valor. Una distribución que parezca equitativa entre los herederos puede terminar fragmentando la propiedad, debilitando el control o complicando la toma de decisiones, especialmente cuando existen empresas familiares, activos ilíquidos o inversiones en distintos países.
Del administrador de portafolios al «arquitecto» patrimonial
En este nuevo escenario cambia también el papel del asesor financiero. BCG plantea que los wealth managers más preparados para la próxima etapa deberán evolucionar de proveedores de productos a «arquitectos de sistemas» patrimoniales. Su trabajo deberá integrar mecanismos de propiedad y control, estructuras de gobierno familiar, aspectos fiscales y legales transfronterizos y objetivos de largo plazo.
La diferencia es sustancial. Administrar un portafolio implica decidir cuánto invertir en renta variable, renta fija, activos alternativos o efectivo. Administrar una sucesión implica responder preguntas mucho más complejas: quién puede decidir sobre esos activos, bajo qué reglas, con qué objetivos y cómo se preparará a la siguiente generación para administrarlos.
En este proceso aparecen herramientas que tradicionalmente estaban más asociadas con los family offices y las grandes empresas familiares: estatutos familiares, consejos de familia, mecanismos formales de gobierno, separación entre propiedad, control y administración, educación financiera de los herederos y preparación anticipada de la siguiente generación.
La asesoría también adquiere una dimensión interpersonal. Las conversaciones sobre liderazgo, equidad, control y propósito del patrimonio pueden ser difíciles dentro de una familia. El asesor puede actuar como un tercero capaz de facilitar acuerdos y traducir objetivos familiares en estructuras patrimoniales concretas.
BCG subraya que elementos como los valores familiares, las relaciones, la reputación y el conocimiento institucional también forman parte del patrimonio, pero no se transfieren automáticamente. Para que sobrevivan a la generación fundadora necesitan ser transmitidos mediante educación, mentoría, participación gradual en la toma de decisiones y exposición temprana a las estructuras de gobierno familiar.
Ahí radica uno de los principales riesgos de la gran transferencia de riqueza: que el capital pase de una generación a otra más rápido que la capacidad de administrarlo.
La nueva generación, además, llega a este proceso con una relación diferente con las inversiones. La investigación de Capgemini muestra que los inversionistas más jóvenes tienen una mayor exposición a activos alternativos que generaciones anteriores, lo que anticipa cambios en la composición de las carteras conforme la riqueza se transfiera.
Para los gestores patrimoniales, esto implica que la sucesión no puede abordarse únicamente como una cuestión de preservación. También será necesario comprender qué quieren hacer los nuevos propietarios con el dinero que reciben.
El fenómeno abre una oportunidad considerable para la industria financiera. El crecimiento de la riqueza en México y otros mercados emergentes, combinado con la transferencia patrimonial, puede ampliar la base de clientes potenciales para la banca privada, los gestores independientes, los family offices y las plataformas de inversión.
Pero también eleva la exigencia; los clientes que recibirán el patrimonio no necesariamente permanecerán con el mismo administrador que atendió a sus padres. La transferencia de activos puede convertirse, por tanto, en una transferencia de relaciones financieras. Las instituciones que conozcan a la siguiente generación antes de que ocurra la sucesión tendrán mayores posibilidades de conservar esos activos.
La competencia tampoco se limitará a los bancos tradicionales. Family offices, gestores independientes y plataformas digitales están ampliando las alternativas disponibles para los inversionistas, mientras que la diferenciación comienza a desplazarse desde el acceso a productos hacia la capacidad de ofrecer soluciones patrimoniales integrales.
La gran transferencia de riqueza, por tanto, no será únicamente un fenómeno demográfico o familiar. Será también uno de los mayores procesos de redistribución de activos entre clientes y administradores en la historia de la industria de wealth management.
El desafío para las familias será conseguir que el patrimonio sobreviva a sus fundadores. Para los asesores, será demostrar que pueden hacer algo más que administrar dinero. En las próximas décadas, preservar una fortuna dependerá menos de quién la herede que de qué tan bien esté diseñada la estructura que deberá sostenerla.




Por Beatriz Zúñiga