Estados Unidos e Irán anunciaron el 14 de junio un acuerdo sobre un marco de paz, lo que supone un claro paso adelante y el primer avance desde la diplomacia de canales extraoficiales hacia un acuerdo público, tras varias semanas de negociaciones intermitentes y presiones repetidas sobre el alto el fuego de abril.
Dicho esto, se trata del inicio de un proceso, no del resultado final. Los mercados han reaccionado con fuerza, pero siguen sin resolverse elementos clave y el riesgo de aplicación sigue siendo significativo, sobre todo teniendo en cuenta el desacuerdo manifiesto entre Estados Unidos e Israel.
En esencia, el acuerdo es un memorando de entendimiento (MOU). Aún no se han revelado todos los detalles, pero las líneas generales coinciden con lo que se había ido perfilando en las negociaciones. Los puntos principales son el cese de las hostilidades; el levantamiento del bloqueo naval estadounidense y una vía para reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo mundial en un plazo de 60 días.
El marco también incluye disposiciones clave en materia de transporte marítimo, entre ellas la exención de peajes y compromisos de desminado, lo que reconoce implícitamente el papel que sigue desempeñando Teherán en la gestión del acceso. Un enfoque por fases para el levantamiento de las sanciones y el desbloqueo gradual de los activos iraníes también siguen estando supeditados a los avances que se logren en el marco del acuerdo.
La secuencia es importante
Sin embargo, las cuestiones más controvertidas se han pospuesto. La situación a largo plazo del estrecho de Ormuz sigue sin resolverse, incluidas las cuestiones relativas al acceso, la aplicación de la normativa y la supervisión, así como el futuro papel de Irán en la gestión del paso. El expediente nuclear, que incluye el uranio enriquecido y la verificación a largo plazo, también se deja para la siguiente fase. Esta secuencia es intencionada: primero, garantizar la desescalada; después, negociar las restricciones más difíciles. En ese sentido, conviene entenderlo más bien como un alto el fuego, una reapertura y, posteriormente, una negociación, más que como un acuerdo de paz integral.
Desde una perspectiva macro, la variable clave sigue siendo el flujo de petroleros. Están surgiendo los primeros indicios de mejora, con algunos cargamentos de GNL y movimientos aislados de petroleros de los que se ha informado tras el anuncio. Sin embargo, el volumen de tráfico sigue estando muy por debajo de los niveles normales. La remoción de minas, el aumento de las primas de seguro y la congestión de buques sugieren que cualquier recuperación de los flujos será gradual, desarrollándose a lo largo de semanas en lugar de producirse de forma inmediata.
El mercado respira aliviado, pero los riesgos persisten
El precio del petróleo ha bajado y el crudo cotiza ahora en la franja baja de los 80 dólares, mientras que los activos de riesgo se han recuperado a medida que se reduce la prima geopolítica. Sin embargo, las curvas de futuros siguen siendo elevadas en comparación con los niveles previos al conflicto, lo que sugiere que los mercados están descartando los peores escenarios posibles en lugar de descontar una normalización total.
La evolución más favorable de los precios del petróleo en los últimos tiempos también se ha visto respaldada por el aumento de las exportaciones estadounidenses, la reducción de las importaciones chinas, la sustitución por carbón y la reducción de las existencias mundiales, factores que parecen estar proporcionando un colchón adicional a los mercados petroleros.
Los riesgos extremos, aunque se han reducido, siguen estando muy presentes. El riesgo de implementación no es insignificante. El marco a largo plazo para el estrecho de Ormuz y las negociaciones nucleares son las líneas de fractura más evidentes, lo que genera un riesgo de acontecimientos más definido durante los próximos 60 días. La retórica estadounidense también pone de relieve lo condicional que sigue siendo esta distensión: si no se alcanza un acuerdo nuclear definitivo, podría dar lugar a una reanudación de la acción militar o a una postura de seguridad más amplia por parte de Estados Unidos en la región.
Dicho esto, creemos que el riesgo de que se reanude una guerra abierta antes de las elecciones de mitad de legislatura en Estados Unidos sigue siendo extremadamente bajo. Al mismo tiempo, las diferencias en la forma en que ambas partes plantean el acuerdo —incluida la intención de Irán de mantener una clara influencia sobre el estrecho de Ormuz y de presionar para obtener un alivio integral de las sanciones— apuntan a que se avecinan negociaciones difíciles. Las repercusiones regionales, en particular la postura de Israel respecto al Líbano y otros canales de influencia indirecta, siguen representando riesgos al alza para los precios de la energía.
A medio plazo, las implicaciones estructurales siguen sin estar claras. El acuerdo puede reducir el riesgo inmediato de escalada, pero aún no responde a cuestiones más amplias en torno al papel de EE. UU. como garante de la seguridad regional, la durabilidad de los acuerdos de seguridad marítima o la posible aparición de bloques de seguridad regionales. Estas cuestiones serán determinantes para la persistencia de la prima de riesgo geopolítico, incluso si los flujos energéticos a corto plazo continúan recuperándose.
En resumen: hemos cruzado un umbral importante, pasando de la escalada a una desescalada activa y clara. Nuestra hipótesis de base se mantiene sin cambios: una resolución complicada con efectos económicos persistentes, en la que el Brent se estabiliza en el rango de los 80 a los 90 dólares, pero no vuelve completamente a su media, y el riesgo geopolítico sigue estando implícito en los precios durante la segunda mitad del año.



