Durante décadas, los inversores podían confiar en un patrón familiar. Cuando los precios del petróleo subían, la liquidez le seguía. Los petrodólares regresaban a los mercados globales, amortiguando el golpe y ayudando a que los activos de riesgo encontraran apoyo.
Esa relación ha cambiado.
Hoy, los shocks energéticos ya no van acompañados de un “colchón” de liquidez. En su lugar, están cada vez más asociados a condiciones financieras más restrictivas, amplificando la presión en lugar de compensarla.
Para las carteras, esto es más que un cambio macroeconómico. Modifica cómo se comporta el riesgo y dónde puede encontrarse la resiliencia. Lo que antes era una fuerza estabilizadora en periodos de tensión ahora actúa como una fuente de restricción, endureciendo la liquidez en dólares y aumentando la dispersión de resultados entre regiones y clases de activos.
Las implicaciones se ven con mayor claridad en la forma en que se transmiten los shocks. Las economías importadoras de energía, como Europa, Japón y gran parte de Asia emergente, deben conseguir dólares adicionales para pagar el mayor coste de las importaciones, a menudo en un momento en el que la oferta de dólares no está creciendo. Esto crea una doble presión: un empeoramiento de los términos de intercambio y unas condiciones de financiación más estrictas. En contraste, los exportadores de energía pueden beneficiarse de una mejora en sus balances externos, reforzando la divergencia entre mercados.
Este cambio refleja una transformación más profunda de la liquidez global. En ciclos anteriores, los países exportadores de petróleo generaban grandes superávits que se reinvertían en activos financieros globales. Hoy, esos flujos son menores y menos predictables. La liquidez en dólares offshore depende más de los balances de los bancos, que tienden a contraerse en periodos de incertidumbre. Como resultado, los shocks energéticos se comportan ahora más como tensiones de financiación que como inyecciones de liquidez.
Para los inversores, esto refuerza la necesidad de ser más selectivos. Una exposición amplia al mercado puede ofrecer menos protección en un entorno donde la liquidez está restringida y distribuida de forma desigual. En su lugar, los resultados están cada vez más determinados por fundamentales específicos de cada país, incluyendo los balances externos, las reservas de divisas y la credibilidad de las políticas económicas.
A nivel de compañía, se aplica el mismo principio. Las empresas con balances sólidos, flujos de caja estables y capacidad para financiarse en periodos de condiciones más restrictivas están mejor posicionadas para navegar la volatilidad. En contraste, las compañías más apalancadas o dependientes de financiación pueden estar más expuestas.
Este entorno también refuerza la tesis de la diversificación más allá de Estados Unidos. Muchos mercados internacionales cotizan a valoraciones más bajas, con una mayor parte del riesgo macroeconómico ya reflejado en los precios. Al mismo tiempo, la dispersión entre regiones y sectores está creando oportunidades para identificar activos infravalorados donde los fundamentales se mantienen intactos.
La inversión activa y bottom-up cobra más importancia en este contexto. Los periodos de tensión suelen ampliar la brecha entre precio y valor intrínseco, creando oportunidades para asignar capital a empresas resilientes que no solo puedan resistir la volatilidad, sino salir reforzadas de ella.
Los shocks energéticos pueden ya no proporcionar un colchón, pero sí crean un entorno de inversión más diferenciado. Para carteras construidas con selectividad y disciplina, esa diferenciación puede ser una fuente de oportunidad.
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Tribuna de opinión firmada por Matt Burdett, Portfolio Manager en Thornburg.
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