A 35 años de la “nueva banca” en México: de la reprivatización al reto digital
| Por Antonio Sandoval | 0 Comentarios

A 35 años de que México iniciara la construcción de una “nueva banca”, estos intermediarios enfrentan una transformación tan profunda como la que detonó la reprivatización impulsada por el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Aquella reforma no sólo cambió la propiedad de la banca, redefinió su papel en la economía mexicana. Hoy el reto también es mayúsculo y los vientos de cambio parecen incontenibles.
La reprivatización bancaria de hace tres décadas y media fue una respuesta directa a la nacionalización de 1982, considerado uno de los grandes errores históricos en la economía mexicana. Tan grave, que para muchos analistas fue una de las causas directas que hundió en esa década a México en la crisis más profunda que ha vivido este país en la era moderna. Entre 1991 y 1992 se vendieron instituciones clave que permitieron poco a poco restablecer la confianza, en dicho proceso de reprivatización se recaudó alrededor de 12 mil millones de dólares.
El modelo que emergió apostó por: capital privado nacional, modernización operativa y expansión del crédito. Sin embargo, la historia posterior demostraría que la transición no estuvo exenta de costos. La banca privatizada enfrentó rápidamente su primera gran prueba con la crisis financiera de 1994–1995, que derivó en rescates, reconfiguración del sistema y, eventualmente, en la entrada masiva de capital extranjero a finales de los noventa.
Desde entonces, el sistema bancario mexicano evolucionó hacia: mayor solidez regulatoria, concentración en grandes grupos financieros y estabilidad macrofinanciera. Hoy, la banca llega a 2026 en una posición estructuralmente más sólida, incluso con niveles de morosidad históricamente bajos y mejores estándares de capitalización, aunque con desafíos persistentes en profundidad financiera.
Radiografía actual: una banca sólida pero limitada
A 35 años de la reprivatización, el sistema bancario mexicano muestra claras señales de contraste; por ejemplo, cerca de 63% de los adultos tienen acceso a una cuenta, lo que refleja avances en bancarización, pero también rezagos importantes ya que persisten alrededor de 20 millones de personas fuera del sistema financiero formal y el uso de efectivo sigue siendo dominante, limitando el alcance del sistema. En otras palabras, la banca mexicana es estable, pero poco profunda para el tamaño de la economía del país.
El sector bancario mexicano enfrenta una serie de desafíos estructurales reconocidos incluso por los propios protagonistas del sistema:
1. Inclusión financiera: A pesar de avances, millones de mexicanos siguen excluidos, sobre todo en el interior del país. El reto consiste en integrar a población sin historial crediticio ni acceso formal.
2. Reducción del uso de efectivo: El efectivo sigue siendo dominante, lo que limita la trazabilidad, el crédito y la productividad.
3. Competencia fintech: Los nuevos jugadores digitales están captando segmentos desatendidos con modelos más ágiles, el sistema bancario tradicional es cada vez menos utilizado, los modelos bancarios con sucursales físicas enfrentan una crisis que amenaza con desaparecerlos.
4. Regulación vs innovación: La tecnología avanza más rápido que el marco regulatorio, generando tensiones en supervisión y desarrollo. La obsolescencia del marco regulatorio en México ha generado lagunas legales que de vez en cuando provocan riesgos adicionales moderados, pero riesgos al fin.
5. Profundización del crédito: México sigue teniendo niveles de crédito al sector privado relativamente bajos frente a otras economías; una economía sin crédito o con poco crédito, es una economía con bajo crecimiento presente y futuro.
Treinta y cinco años después, la “nueva banca” que surgió de la reprivatización vuelve a estar en un punto de inflexión. Si en los noventa el reto fue pasar del Estado al mercado, hoy el desafío es pasar del banco tradicional al ecosistema digital e inclusivo. El desenlace de esta nueva transición definirá no sólo el futuro del sistema financiero, sino también su capacidad para impulsar el crecimiento económico de México en las próximas décadas.
Hoy, después de aquel histórico proceso de reprivatización bancaria impulsado por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el sistema financiero mexicano presenta una combinación poco común en economías emergentes: alta solidez macroprudencial con baja profundidad crediticia.
En 2026, la banca mexicana exhibe fundamentos robustos: Índices de capitalización (ICAP) consistentemente por encima de requerimientos regulatorios; Índice de morosidad (IMOR) en niveles históricamente bajos; Amplia liquidez estructural y Supervisión alineada con estándares de Basilea III.
Sin embargo, estos indicadores conviven con una baja intermediación financiera: Crédito al sector privado como proporción del PIB significativamente inferior al de economías comparables; Alta concentración de activos en pocos intermediarios y Penetración limitada del crédito en segmentos PyME y población no bancarizada. Este desequilibrio refleja un sistema más orientado a estabilidad que a expansión crediticia.
Nuevo entorno competitivo: fintech y desintermediación
El sistema bancario mexicano enfrenta una presión creciente derivada de la digitalización, con la entrada de neobancos y fintech con modelos asset-light, expansión de pagos digitales (SPEI, CoDi) y el uso intensivo de analítica de datos y scoring alternativo. Estos actores están atacando segmentos históricamente desatendidos, reduciendo barreras de entrada y presionando spreads, costos operativos así como modelos tradicionales de captación y colocación. El fenómeno apunta hacia una desintermediación parcial del sistema bancario tradicional.
Los retos estratégicos son claros: Profundización financiera sin deterioro de cartera; expandir crédito manteniendo disciplina prudencial; inclusión con rentabilidad; incorporar segmentos de alto riesgo relativo sin comprometer ROE; transformación digital; migrar hacia modelos híbridos (banca + tecnología) con eficiencia operativa; competencia y regulación; equilibrar piso parejo entre banca tradicional y fintech; concentración de mercado y reducir barreras estructurales que limitan la competencia efectiva.
Perspectiva: ¿nuevo cambio de régimen?
A 35 años de la reprivatización, la banca mexicana enfrenta un posible segundo cambio estructural; la primera gran transformación moderna en la década de los noventa le otorgó solidez y marco institucional, mientras que la transformación actual enfrenta el reto de llevarla a un cambio de modelo operativo, tecnológico y competitivo.
No se trata de un reto menor, la banca de México debe transitar de un sistema sólido pero limitado, hacia uno más profundo, inclusivo y competitivo, pero sin comprometer la estabilidad que ha caracterizado al sector en las últimas tres décadas. En ese sentido, la banca mexicana se encuentra nuevamente en un punto de inflexión, donde la capacidad de adaptación definirá su relevancia en el ecosistema financiero del futuro.
Pero, los analistas coinciden en que el principal dilema estructural de la banca mexicana es cómo expandir el crédito sin comprometer la calidad de los activos, en un entorno donde el sistema ha privilegiado históricamente la estabilidad. Tras la crisis de 1994–1995, la banca (ahora mayoritariamente en manos de grupos globales) internalizó una cultura de riesgo conservadora con modelos de crédito basados en scoring tradicional, fuerte dependencia de historial formal y segmentación estricta de clientes.
El resultado: IMOR bajo (cartera sana), ROE relativamente alto, impulsado por spreads, pero crecimiento crediticio limitado. ¿Cómo romper este equilibrio sin generar un deterioro sistémico?.
La respuesta parcial parece estar en las fintech y neobancos, intermediarios que han demostrado que es posible servir a segmentos masivos con estructuras ligeras (asset-light), así como construir modelos rentables basados en volumen y datos. Sin embargo también es un hecho que no será una transición fácil ni exenta de riesgos. factores como la presión sobre los márgenes del negocio, la regulación asimétrica, el riesgo reputacional en segmentos vulnerables, así como la ciberseguridad, tendrán mucho que ver en el éxito-
El sistema financiero mexicano se enfrenta a una redefinición de su función: de intermediarios tradicionales a plataformas de servicios financieros digitales. La inclusión ya no es solo un objetivo social, sino un vector de crecimiento estructural.
Los retos están profundamente conectados: Más inclusión, más profundidad financiera, mejor medición de riesgo e inclusión rentable. A A 35 años de la reprivatización el sistema enfrenta un desafío más sofisticado: crecer sin perder estabilidad y expandirse sin perder rentabilidad.
La banca mexicana hoy
La banca en México ha sentado las bases en las últimas décadas para su crecimiento, pero sobre todo para su estabilidad, las cifras lo reflejan.
En 2025 el sistema bancario mexicano generó utilidades por 304.400 millones de pesos (16.911,11 millones de dólares), ligando cinco años de máximos históricos en este rubro, con un crecimiento real anual de 1,1%. En el país operan 51 bancos, pero existe una elevada concentración del sistema ya que solamente 7 instituciones están consideradas como sistémicas ya que concentran la mayor parte del mercado, mientras que apenas 9 bancos generan el 83% de las utilidades.
Para efectos prácticos, estamos frente a un sistema bancario oligopólico con alta concentración de ingresos y activos.
Si analizamos la profundidad financiera los contrastes en el sector son evidentes; el crédito al sector privado equivale al 37% del PIB, ha crecido pero todavía está muy por debajo de las principales economías de la OCDE.
Así, a 35 años de la reprivatización todos los análisis coinciden. La banca mexicana es un sistema altamente rentable y estable, pero estructuralmente poco profundo. El reto hacia adelante no es estabilidad (ya lograda), sino: escala de crédito, inclusión financiera y transformación digital competitiva.




















