Hay momentos en la historia económica en los que el ruido político es solo la superficie. Debajo, como placas tectónicas, se mueven energía, divisas y materias primas. La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela, tras un proceso electoral que dio la victoria a Edmundo González y María Corina Machado y dejó sin reconocimiento internacional al poder saliente, pertenece a esa categoría. No es un episodio local ni un ajuste ideológico: es macroeconomía en estado puro.
Venezuela no es un país cualquiera en el balance global. Es, literalmente, el mayor activo energético latente del planeta. Con más de 300.000 millones de barriles de reservas probadas, su petróleo ha sido durante años capturado a descuento por China, Rusia e Irán, a través de esquemas financieros opacos, trueques energéticos y flujos fuera del radar tradicional. Que Washington mueva ficha allí no responde a una pulsión moral tardía, responde a control de oferta, precio y settlement.
Desde un punto de vista estrictamente económico, el impacto inmediato es doble. A corto plazo, sube la prima de riesgo: transición política, fricción geoestratégica y volatilidad en flujos. A medio plazo, si se normalizan licencias, inversión y tecnología, Venezuela podría reincorporar entre 700.000 y 1,2 millones de barriles diarios en 12–24 meses. El mercado lo sabe. Y, paradójicamente, esa mayor oferta no abarata estructuralmente el crudo. Porque hoy el precio no lo fija el último barril, sino la seguridad del suministro.
El petróleo ha dejado de ser una commodity cíclica para convertirse en variable estratégica. Con Ucrania desgastada en una guerra que Estados Unidos empieza a externalizar a Europa, con Oriente Medio permanentemente tensionado y con América Latina reordenándose, el precio de equilibrio del Brent se desplaza al alza. No por escasez física, sino por riesgo sistémico. En ese contexto, hablar de un rango 90–105 dólares como escenario base ya no es agresivo; es prudente. Los episodios de estrés —y vendrán— empujarán ese rango más arriba.
Pero el error analítico sería quedarse solo en el petróleo. Lo relevante es el efecto dominó sobre el conjunto de materias primas. Energía cara encarece metales industriales (cobre, níquel), acelera la competencia por materiales críticos (litio, tierras raras) y presiona agrocommodities en un entorno climático adverso. El mundo está sustituyendo eficiencia por redundancia, globalización por bloques, y eso tiene una traducción clara: inflación real de activos físicos. No es una tesis, es aritmética.
Este reordenamiento conecta con el elefante en la habitación: el sistema monetario. Estados Unidos defiende la dolarización porque le permite exportar inflación y financiar déficits gemelos. Ha funcionado durante décadas. Pero el límite se acerca cuando la deuda global supera la capacidad del sistema para digerir más deuda sin pérdida de confianza. En ese punto, los actores racionales buscan cobertura. No es casualidad que los bancos centrales estén acumulando oro como no lo hacían desde hace décadas.
En paralelo, la infraestructura financiera se prepara. La plena implantación de ISO 20022 estandariza el lenguaje de pagos globales y abre carriles alternativos al dominio exclusivo de SWIFT. No es que SWIFT desaparezca; es que deja de ser un cuello de botella. La autopista técnica para un reset financiero está construida. Falta el catalizador, que históricamente siempre ha sido geopolítico.
Aquí está lo que el mercado aún no ha descontado: Venezuela notará en menos de seis meses un cambio económico tangible y positivo. la reapertura al capital extranjero —principalmente estadounidense— activará inversión directa en infraestructuras críticas, oleoductos, almacenamiento, refino y distribución. Es capex pesado, empleo local y economía real, no narrativa.
Ese giro implica que el petróleo venezolano dejará de salir prácticamente gratis hacia China y Rusia, que deberán pagar precio de mercado. La transición será corta y eficaz: Trump tiene poco tiempo y no puede errar. Venezuela encaja en esa estrategia económica y después vendrá Cuba, queramos o no.
¿Qué implica todo esto para el inversor, el ahorrador y el decisor público? Una conclusión incómoda pero clara: los activos reales recuperan centralidad. Energía, materias primas, infraestructuras críticas y suelo productivo no son modas defensivas; son seguros frente a la reconfiguración del sistema. La renta fija larga sufre cuando el orden monetario se cuestiona. El crédito exige quirófano. Y la liquidez, sin ancla real, pierde poder adquisitivo en silencio.
Estamos asistiendo a los primeros compases de un cambio de época. Como en el tránsito del patrón oro a Bretton Woods, y de Bretton Woods al fiat, nadie anuncia el reset con fecha y hora. Ocurre cuando la suma de tensiones lo hace inevitable. Venezuela, Ucrania y Gaza no son anomalías, son síntomas. El mundo que viene será más fragmentado, más físico y más caro. Negarlo no evita el coste; anticiparlo lo gestiona. En economía, como en la vida, llegar temprano no garantiza aplausos, pero evita funerales financieros. Hoy, la disciplina consiste en entender que el precio del nuevo orden se paga en commodities y activos reales. Todo lo demás es literatura… sin balance.




Por Alicia Miguel Serrano