No habíamos vivido una etapa regulatoria tan intensa desde 2008, pero, a diferencia de aquella, centrada en reforzar la estabilidad financiera, la regulación de los últimos diez años ha sido mucho más transversal, y ha dejado de preocupar únicamente a las unida des de cumplimiento normativo para considerarse un elemento estructural del modelo de negocio de las entidades, que condiciona el producto, la política comercial y la propuesta de valor. La coincidencia de este repaso con el décimo aniversario de nuestro despacho nos da una buena excusa para repasar cómo ha cambiado un sector que ha tenido que situar la regulación en el centro de su actividad y de la relación con el cliente.
MIFID II: Punto de Partida
Aunque MiFID II queda fuera del perímetro temporal de estos diez últimos años (se aprobó en 2014), sería difícil hacer un balance de la transformación del sector sin incluirla, pues muchos de los grandes cambios se originan en esta reforma. Su aplicación obligó a las entidades a revisar en profundidad su modelo de relación con el cliente y uno de los cambios más relevantes, y controvertidos, fue el régimen de incentivos. Tras mucho debate, esta directiva no prohibió las retrocesiones, pero condicionó el cobro a que contribuyeran a mejorar la calidad del servicio al cliente. Esto cambió los modelos de prestación de servicios al impulsar que muchas entidades pasasen de la mera comercialización al asesoramiento e incluso a la gestión de car teras, que ha ganado peso impulsada en parte por estos cambios normativos.
El debate sobre las retrocesiones no se cerró con MiFID II y sigue muy presente en la Retail Investment Strategy: cómo asegurar que esa remuneración no distorsiona la recomendación al cliente y que el servicio prestado puede explicarse y justificarse ante el inversor y ante el supervisor.
LA DIGITALIZACIÓN HA CONSOLIDADO LOS ROBOADVISORS, LAS PLATAFORMAS DIGITALES DE INVERSIÓN, LOS MODELOS HÍBRIDOS DE ASESORAMIENTO Y LOS SERVICIOS FINANCIEROS ONLINE
SOSTENIBILIDAD: DE CERO A CIEN EN MUY POCO TIEMPO
La apuesta de la Unión Europea por las finanzas sostenibles ha sido una de las decisiones regulatorias más ambiciosas y es el ámbito regulatorio que más rápido ha evolucionado en la última década. No se ha tratado solo de mejorar la transparencia, sino de utilizar la regulación financiera como palanca para orientar capital hacia actividades más sostenibles y acelerar la transición de la economía europea. Hace no tanto, hablar de factores ambientales, sociales y de gobernanza en el sector financiero era aludir a un posicionamiento reputacional o a inversores con una sensibilidad específica. Hoy es hablar de transparencia e integración de riesgos, de clasificación de productos y de gobernanza.
El problema es que esta evolución ha sido muy rápida y sin que, en muchos casos, se disponga de datos completos y fiables. Como muestra, el reglamento sobre divulgación de finanzas sostenibles (conocido como SFDR) ha obligado a las entidades a reclasificar su gama de productos, de tal manera que, hoy, los “fondos sostenibles” representan alrededor del 59% del mercado europeo de fondos de inversión. La incorporación de las preferencias de sostenibilidad al test de idoneidad de MiFID II dificultó el diseño de los productos para adaptarse a ellas y complicó la comercialización, pues obliga a preguntar a los clientes por cuestiones técnicamente complicadas y a traducir las respuestas a decisiones concretas de asesoramiento. Esto ha exigido un enorme esfuerzo de formación de las redes comerciales, no solo para cumplir formalmente con la obligación, sino para evitar que el diálogo sea demasiado técnico o sencillamente incomprensible.
DIGITALIZACIÓN: EFICIENCIA, ESCALA Y NUEVOS RIESGOS
En estos diez años, la digitalización ha consolidado los roboadvisors, las plataformas digitales de inversión, los modelos híbridos de asesoramiento y los servicios financieros online. Pero también ha cambiado el mapa de riesgos: las entidades dependen cada vez más de proveedores tecnológicos, de servicios en la nube o de soluciones de otras entidades. La normativa sobre la resiliencia operativa digital (DORA, en siglas inglesas) responde precisamente a esa realidad y obliga a las entidades financieras a reforzar la gestión de los riesgos tecnológicos. La inteligencia artificial abrirá una nueva fase. Aplicarla al asesoramiento, a segmentar los clientes, a monitorizar operaciones, a prevenir mejor los riesgos o a generar documentación aporta eficiencia, pero también plantea preguntas complejas sobre explicabilidad, sesgos, trazabilidad y supervisión humana. La cuestión será en qué condiciones se puede usar la inteligencia artificial, con qué controles y cómo explicar sus resultados.
LA REGULACIÓN DE LA ÚLTIMA DÉCADA HA SIDO MUCHO MÁS TRANSVERSAL Y HA PASADO A CONSIDERARSE UN ELEMENTO ESTRUCTURAL DEL MODELO DE NEGOCIO DE LAS ENTIDADES
LO QUE VIENE: SIMPLIFICACIÓN, INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y TOKENIZACIÓN
La próxima década no parece que vaya a ser más tranquila, aunque los organismos de la Unión Europea insistan cada vez más en el objetivo de simplificación regulatoria. La Brújula de la Competitividad, construida sobre el diagnóstico de los informes Letta y Draghi, refleja bien este cambio de tono: tras años de producción normativa muy intensa, se asienta la idea de que la competitividad exige también profundizar el mercado único, movilizar mejor el ahorro hacia la inversión productiva, reducir cargas administrativas y simplificar la aplicación de ciertas normativas. La simplificación, sin embargo, no significa en absoluto menos regulación, sino un enfoque distinto: más orientado a eliminar solapamientos, racionalizar y compaginar la protección del inversor con la innovación y el crecimiento de las entidades. La Retail Investment Strategy refleja bien esta tensión.
Su objetivo es mejorar el acceso de los inversores minoristas a los mercados de capitales, pero sin rebajar el nivel de protección. Por eso seguirán los debates sobre incentivos, value for money, simplificación documental y calidad del asesoramiento. No se trata solo de reducir cargas, sino de revisar si la regulación actual ayuda realmente al inversor a decidir mejor o si, en algunos casos, genera una complejidad contraproducente. En paralelo, la tokenización, los criptoactivos, el registro distribuido y la inteligencia artificial serán básicos en los próximos años y difuminarán las fronteras entre producto financiero, tecnología, infraestructuras de mercado y servicios digitales. Como se puede deducir de este rápido repaso, el esfuerzo de las entidades financieras para ajustarse a la regulación de estos años es enorme y digno de encomio, a pesar del coste que conlleva y las dudas de que consiga los fines previstos. Integrar la regulación en los modelos de negocio y en las culturas corporativas de forma inteligente es la mejor vía para continuar progresando en el futuro.
Tribuna firmada por Úrsula García, Socia de finReg360





