En un entorno marcado por la incertidumbre macroeconómica y la volatilidad de los mercados, las infraestructuras cotizadas emergen como una opción especialmente atractiva: un segmento tradicionalmente asociado a la estabilidad, que hoy también se beneficia de algunas de las grandes transformaciones económicas y tecnológicas que definirán los próximos años.
Las infraestructuras destacan por una serie de características que las convierten en un activo diferencial dentro de las carteras. Hablamos de activos esenciales, vinculados a servicios básicos no sustituibles como la electricidad, el agua, el transporte o la conectividad, con una demanda estructuralmente inelástica y una elevada visibilidad de ingresos.
Son, además, activos clave para el desarrollo económico, con barreras de entrada muy elevadas y modelos que, en muchos casos, incorporan mecanismos de protección frente a la inflación. Estas características explican su atractivo como activo estable y predecible.
A esto se suma hoy un impulso adicional derivado de una serie de tendencias estructurales que están acelerando la inversión en el sector y ampliando las oportunidades más allá de la infraestructura tradicional.
Si ampliamos la perspectiva, el universo de infraestructuras va más allá de los activos operativos tradicionales e incluye a compañías que participan en su desarrollo, construcción y operación. Este ecosistema se beneficia directamente de la inversión en el sector, ampliando las oportunidades y permitiendo capturar valor en distintos puntos de la cadena.
El sector está en una fase de crecimiento estructural. Durante años, la inversión en infraestructuras se ha mantenido por debajo del crecimiento del propio PIB, generando un déficit acumulado significativo. Según estimaciones de McKinsey, las necesidades de inversión global podrían superar los 106 billones de dólares hasta 2040, lo que refleja la magnitud de esta brecha.
A este déficit se suman varios factores que están impulsando un nuevo ciclo inversor. En primer lugar, la necesidad de renovación de infraestructuras envejecidas. En muchas economías desarrolladas, una parte relevante de los activos actuales fueron construidos hace décadas, lo que exige un esfuerzo sostenido de modernización.
A ello se suma elinfrestructuras. Se estima que cerca del 60% de la población mundial vivirá en ciudades en 2030, incrementando la presión sobre redes de transporte, energía y servicios básicos.
Pero, sin duda, uno de los principales motores es la digitalización. El desarrollo de la inteligencia artificial y el crecimiento exponencial del tráfico de datos están impulsando una nueva ola de inversión en infraestructuras digitales. Las grandes compañías tecnológicas están aumentando de forma muy significativa su capex, con estimaciones cercanas a los 600 mil millones de dólares anuales, principalmente destinadas a centros de datos y capacidad de procesamiento.
Esto tiene una implicación directa: la energía se convierte en un factor limitante. La demanda eléctrica asociada al desarrollo de la inteligencia artificial está aumentando de forma muy intensa, reforzando la necesidad de inversión en generación y redes.
Por último, la geopolítica está cada vez más presente. La infraestructura se ha convertido en una herramienta estratégica en términos de seguridad energética, autonomía industrial y soberanía tecnológica. La reconfiguración de las cadenas de suministro y el impulso a la relocalización están generando nuevas necesidades de inversión en logística, energía y capacidad industrial.
Además, todo esto ocurre en un entorno donde las cuentas públicas están cada vez más tensionadas. Los gobiernos tienen menos margen para invertir directamente, lo que está dando un mayor protagonismo al capital privado y a los modelos de colaboración público-privada.
Desde el punto de vista de mercado, seguimos viendo el sector atractivo. A nivel fundamental, muchas compañías están creciendo a ritmos de doble dígito en beneficios, especialmente en segmentos ligados a electrificación, redes e infraestructuras digitales.
Son, además, modelos de negocio con una elevada visibilidad de ingresos, lo que, combinado con este crecimiento, debería ir reflejándose progresivamente en su valoración.
En mi opinión, la inversión en infraestructuras tiene sentido abordarla desde una cartera diversificada a lo largo de toda la cadena de valor, combinando activos tradicionales con compañías que se benefician directamente del ciclo inversor. Esto permite evitar una excesiva concentración en utilities y tener una exposición más equilibrada a áreas como energía, transporte, agua o datos y telecomunicaciones.
Tribuna de Jaime Porcel, gestor de Renta Fija en CBNK Gestión de Activos




