Invertir en energías renovables es complejo. Después de años de inversión por mandato europeo para facilitar la transición ecológica, quizá esta no sea la afirmación más popular. Pero las renovables son exigentes, porque son muy variables; a día de hoy, el hombre ha podido comandar la misión Artemis hasta la luna, pero aún no hemos dado con la forma de controlar cuándo hace sol o viento. En España hizo falta un gran apagón en 2025 para darnos cuenta de ello.
Al mismo tiempo, vivimos en un mundo en el que los conflictos geopolíticos han puesto de relieve la necesidad de ser soberanos de nuestro propio suministro energético. La guerra de Ucrania obligó a reducir la dependencia del gas ruso; el cierre del Estrecho de Ormuz ha vuelto a demostrar la debilidad europea, como importador neto de combustibles fósiles.
Pero ampliemos el foco más allá de la geopolítica: a día de hoy, muchos de los grandes retos económicos e industriales tienen un componente energético evidente. Hablamos constantemente de inteligencia artificial, de centros de datos, de electrificación o de soberanía estratégica, pero todas esas conversaciones tienen un denominador común: sin energía suficiente, fiable y eficiente, ninguna de ellas puede desarrollarse. De ahí que cada vez escuchemos más la palabra “resiliencia”: tenemos que tomar pasos para ser más resilientes, más soberanos, más autónomos en materia energética.
El último mecanismo que ha anunciado la UE para impulsar esta soberanía es el plan RePowerEU, dotado con 225.000 millones de euros. Pero se calcula que serán necesarios 660.000 millones de euros cada año hasta 2030 solo para implementar la IA en el Viejo Continente y competir en igualdad de condiciones con el resto de los campeones tecnológicos.
Esta iniciativa tan colosal no puede, ni debe, ser liderada exclusivamente desde las políticas públicas; las iniciativas privadas tienen mucho que aportar para conseguir entre todos la resiliencia europea y, en el caso que nos atañe, la soberanía energética de España. La población tiene que ser consciente de la necesidad que hay de capital, porque es un problema de todos… y también una gran oportunidad: la de participar del proyecto europeo a través de la inversión en infraestructura energética, generando activos estratégicos clave. No solo para garantizar el suministro energético, sino también para lograr la sostenibilidad económica de las naciones y salvaguardar la estabilidad del proyecto europeo.
En Crowmie pensamos que la apuesta por las renovables ha transcendido las cuestiones sociales y medioambientales para convertirse en el estándar energético del futuro. Pero, como cualquier otra inversión, tiene que ser rentable. Nosotros estamos firmemente convencidos de que el almacenamiento va a ser una de las palancas clave para que esa transición energética sea viable, porque nos permite controlar de forma eficiente toda esa generación de energía renovable que a día de hoy está comportando tantos desafíos, y pensamos que este segmento puede ofrecer retornos atractivos a nuestros inversores en el largo plazo.
Así, uno de nuestros vectores de crecimiento es mediante la inversión de sistemas de almacenamiento. Nuestros primeros proyectos están ubicados en Alemania, uno de los países con regulaciones más avanzadas en materia de almacenamiento energético de la Unión Europea.
Nuestro segundo vector de crecimiento es en generación distribuida. Es decir, generar energía cerca de los puntos de consumo. Estos proyectos, que desarrollamos en España, son tangibles y ofrecen soluciones reales a problemas reales. Hemos conseguido ofrecer a las empresas que consumen nuestra energía entre un 30 % y 50 % de ahorro económico, generando flexibilidad dentro de la red de distribución y generando rendimientos mensuales para nuestros inversores.
Reevaluar la inversión en infraestructuras
Durante décadas, los grandes fondos institucionales han incorporado infraestructuras a sus carteras porque ofrecen algo que cualquier inversor busca: diversificación real. Subrayamos lo de real porque, muchas veces, confundimos diversificar con acumular productos financieros distintos que, en el fondo, siguen estando expuestos a los mismos riesgos de mercado. Es decir, que tener diez fondos no significa necesariamente estar diversificado. Los inversores profesionales entendieron esto hace tiempo. Por eso incorporaron infraestructuras, activos inmobiliarios y otras estrategias del mundo privado capaces de generar fuentes de rentabilidad diferentes a las de la renta variable y la renta fija tradicionales.
La novedad es que estas inversiones, que tradicionalmente han estado en manos de grandes inversores institucionales, ahora también son accesibles a inversores con tickets más pequeños. Ahí se enmarca la propuesta de Crowmie: nuestra misión es llevar estas inversiones en infraestructuras energéticas a las carteras de inversores con todo tipo de patrimonios. Y lo hacemos de forma transparente, con flexibilidad para entrar y salir, y ofreciendo rendimientos positivos de doble dígito y descorrelación respecto a otros activos del mercado a través de la inversión en nuestra plataforma.
Somos conscientes de que la inversión en infraestructura energética es compleja y, como toda inversión, conlleva riesgos. Por eso no nos dirigimos a inversores que aún no han empezado a invertir, sino a aquellos que ya tienen una cartera y están investigando cómo realzar sus retornos añadiendo un activo alternativo. Introducimos una propuesta muy institucional y profesional a través de una plataforma digital e intuitiva, y nos aseguramos de que nuestro proyecto sea adecuado para inversores minoristas y canales de distribución.
En Crowmie ya somos más de 1.500 inversores de 35 países diferentes, con 25 millones de euros bajo gestión invertidos en proyectos que ya están generando energía o que están flexibilizando la red. Tenemos un flujo de oportunidades en las que queremos invertir unos 500 millones de euros en los próximos 2 a 3 años. ¿Nos acompañas?
Tribuna de opinión de Fernando Dávila, CEO y cofundador de Crowmie



