Cuando hablamos de los grandes cambios que están transformando la economía mundial pensamos inmediatamente en la inteligencia artificial, la transición energética o la nueva geopolítica. Hay, sin embargo, una cuarta transformación que tendrá un impacto igualmente profundo y que, paradójicamente, recibe mucha menos atención: la demografía y la longevidad.
No es una cuestión del futuro. Está sucediendo ya.
Vivimos más años, nacen menos niños y cambia rápidamente la estructura de nuestras sociedades. Y detrás de esos cambios hay algo mucho más importante que una simple modificación de la pirámide poblacional: cambia el tamaño de los mercados, el consumo, la disponibilidad de trabajadores, la productividad, el ahorro, las pensiones y, en definitiva, las perspectivas de crecimiento económico.
Por eso la longevidad debería ocupar un lugar central en cualquier conversación estratégica sobre el futuro de la economía y de los mercados financieros.
Vivir más: un éxito que exige cambiar las reglas
La longevidad suele abordarse desde una perspectiva defensiva: más pensionistas, mayor gasto sanitario, más presión sobre las cuentas públicas y una menor población activa.
Todo ello es cierto, pero es solo una parte de la historia.
El aumento de la esperanza de vida es uno de los mayores éxitos de nuestra sociedad. El verdadero reto no es que vivamos más, sino que todavía estamos organizando nuestra economía, nuestro mercado laboral y nuestros sistemas de ahorro como si fuéramos a vivir mucho menos.
Durante décadas, el modelo ha sido relativamente sencillo: estudiar, trabajar durante unas cuatro décadas y jubilarse. Pero una vida que puede alcanzar los 100 años hace que ese esquema resulte cada vez menos adecuado.
La longevidad exige pensar de otra manera sobre el trabajo, el ahorro y la inversión. Y, sobre todo, exige ampliar nuestro horizonte temporal.
Para quienes trabajamos en gestión de activos y ahorro a largo plazo, este cambio es especialmente relevante.
Tradicionalmente, la planificación financiera se ha construido alrededor de la edad de jubilación: acumulación hasta esa fecha y rentabilidad a conseguir.
Pero quizá deberíamos formular una pregunta diferente: ¿cómo financiar una vida que durará varias décadas después de la jubilación?
Una persona que puede vivir 25 o 30 años después de dejar de trabajar necesita una estrategia financiera diferente. El horizonte temporal importa. Una mayor longevidad significa también que podemos disponer de más tiempo para que actúe la capitalización compuesta, diversificar nuestras inversiones y gestionar determinados riesgos.
Esto no significa que haya que asumir más riesgo sin criterio. Significa que no deberíamos confundir edad con horizonte de inversión. Una persona de 70 años puede tener por delante 25 años de vida y, por tanto, un horizonte financiero mucho más largo de lo que tradicionalmente hemos supuesto.
El debate debería desplazarse progresivamente desde la obsesión por la edad de jubilación hacia algo más amplio: cómo diseñamos vidas y carteras para una sociedad longeva.
La longevidad tiene otra consecuencia fundamental: necesitamos que nuestro ahorro trabaje durante más tiempo. Y aquí es donde la industria de gestión puede aportar un valor especialmente relevante: ayudar a que ese ahorro siga creciendo y nos acompañe durante más tiempo.
Una sociedad que acumula ahorro durante décadas necesita instrumentos capaces de canalizarlo hacia inversiones productivas también a largo plazo. No se trata solamente de obtener una rentabilidad para el ahorrador. Se trata de financiar la economía que necesitaremos mañana.
Infraestructuras, innovación, digitalización, transición energética, vivienda, sanidad o nuevas tecnologías requieren grandes cantidades de capital y horizontes temporales largos.
Por ello, debemos seguir avanzando en la diversificación de las carteras y en el acceso, cuando las circunstancias del inversor lo permitan, a un universo más amplio de activos. La cuestión es cómo combinar ambos para construir carteras más eficientes y adecuadas a horizontes de inversión cada vez más largos.
Los mercados privados pueden desempeñar un papel relevante en este proceso. Su menor liquidez exige una gestión profesional y precisamente esa iliquidez, asociada a una mayor rentabilidad esperada, puede ser compatible con determinados objetivos de largo plazo y permitir participar en proyectos y empresas que necesitan más tiempo de maduración.
Esta reflexión es especialmente importante en Europa, de acuerdo a los informes Draghi, Letta y a la normativa SIU (Savings and Investment Europe), que abordan cómo movilizar el ahorro europeo para financiar las necesidades de inversión de sus economías.
Tenemos una enorme capacidad de ahorro, pero una parte muy relevante permanece en instrumentos de muy corto plazo. Al mismo tiempo, Europa necesita financiar grandes transformaciones: desde la transición energética hasta la digitalización, pasando por infraestructuras, defensa o innovación empresarial.
La longevidad conecta ambos problemas.
Necesitamos que una parte mayor del ahorro a largo plazo pueda convertirse en inversión a largo plazo. Y necesitamos que los sistemas de pensiones y los productos de ahorro evolucionen para facilitarlo.
Esto requiere también revisar cómo diseñamos las soluciones de inversión para nuestros clientes. El objetivo no debería ser únicamente acumular patrimonio hasta una determinada edad, sino acompañar al inversor durante todo su ciclo vital: acumulación, transición y desacumulación.
La industria tiene aquí una responsabilidad que va más allá de gestionar activos. Tenemos que ayudar a las personas a transformar patrimonio en seguridad y salud financiera durante una vida más larga.
Una población más longeva es también un enorme mercado de crecimiento estructural.
Salud, tecnología, vivienda, cuidados, seguros, ocio, turismo, formación, movilidad o servicios financieros tendrán que adaptarse a consumidores que vivirán más y, probablemente, trabajarán y consumirán de forma diferente. Todo ello puede convertirse en uno de los grandes motores empresariales de las próximas décadas.
De igual forma, también tendremos que repensar el mercado laboral. Una vida más larga puede significar carreras profesionales más largas, pero también más flexibles: etapas de formación, trabajo, cambios profesionales, emprendimiento o actividad a tiempo parcial. La frontera entre “vida laboral” y “jubilación” puede hacerse progresivamente menos nítida.
La demografía, además, tendrá una dimensión geopolítica. Los países no evolucionan al mismo ritmo: mientras algunas economías envejecen rápidamente, otras mantienen poblaciones jóvenes y en crecimiento. Esto condicionará los mercados de trabajo, los flujos migratorios, el crecimiento y el peso económico de las distintas regiones.La transición demográfica es inevitable y debería ser una parte crucial de nuestros modelos económicos ya que es el marco en el que se desarrollarán muchas de las demás transformaciones que definirán nuestro futuro.
La longevidad cambiará algo muy profundo: la duración de nuestras vidas y, con ella, el horizonte de nuestras decisiones. Y para quienes trabajamos en la gestión del ahorro y la inversión, la longevidad nos está dando algo que los mercados financieros valoran especialmente: el tiempo.
Tiempo para ahorrar, para invertir, para diversificar y para que la capitalización compuesta haga su trabajo. Tiempo también para financiar empresas, infraestructuras e innovación que necesitan esos horizontes de inversión más largos.
La gran oportunidad para nuestra industria será aprender a convertir esos años adicionales de vida en un horizonte adicional de inversión y ayudar a construir sistemas de ahorro capaces de financiar vidas más largas y, al mismo tiempo, canalizar ese ahorro hacia las inversiones que permitan sostener el crecimiento futuro.
Porque quizá el verdadero reto no sea vivir más, sino aprender a invertir, trabajar y construir una economía preparada para hacerlo.
Tribuna elaborada por Luis Vadillo Roselló, director de Negocio BBVA AM Europa y del Instituto BBVA de Pensiones y Longevidad.



