Lo que comenzó en 2014 como un esfuerzo por dar voz a los economistas en un entorno dominado por abogados, se ha consolidado hoy como el epicentro del análisis empírico sobre la vigilancia financiera. En la apertura de la Conferencia Anual de la SEC, el balance de más de una década de supervisión dejó sobre la mesa una advertencia clara: la regulación no puede ser una serie de «actos aleatorios» de castigo.
Uno de los puntos tratados durante la jornada fue el análisis de la política de “broken windows”. “Esta teoría, adaptada de la criminología urbana, sugiere que perseguir pequeñas infracciones previene delitos mayores. Sin embargo, el análisis presentado cuestiona si este enfoque es trasladable al complejo mundo de los delitos de cuello blanco», señalaron los expertos durante el evento.
Mark T. Uyeda, comisario de la SEC, explicó que si bien la evidencia empírica sugiere que la vigilancia de faltas menores puede reducir conductas financieras graves, el sector advierte sobre un efecto secundario peligroso: la desviación de recursos limitados. “Abusar de la autoridad discrecional socava la previsibilidad que requieren los mercados», se escuchó en el foro, señalando que la imposición de sanciones por cuestiones técnicas —como el uso de dispositivos móviles personales para comunicaciones de trabajo— no siempre refleja un consenso sobre lo que es una conducta inadmisible.
El debate también giró en torno a las métricas de éxito de la propia SEC. En este sentido, existe la preocupación de que, si el éxito de una gestión se mide únicamente por el número de acciones coercitivas y el monto de las multas recaudadas, el personal regulador podría priorizar la cantidad sobre la calidad de la justicia financiera. La complejidad del marco normativo actual deja, según los expertos, un margen excesivo para interpretaciones legales «novedosas» que podrían enfriar actividades económicas socialmente valiosas.
Más allá de la vigilancia, la conferencia también abordó la transformación del ahorro institucional con el uso de ETFs. Los datos son contundentes: en 2005, los ETFs representaban apenas el 3.2% de los activos frente a los fondos de inversión. Para 2025, esa cifra ha escalado hasta representar casi el 30% del mercado, con 13.4 billones de dólares en activos.
Según algunos estudios, se está generando un nuevo fenómeno: los gestores de estos vehículos podrían estar incentivados a adoptar estrategias de alta volatilidad para atraer a una base de inversores minoristas cada vez más amplia, lo que plantea nuevos retos para la estabilidad del sistema.
La conferencia concluyó reafirmando la necesidad de que la academia fiscalice al regulador. “En un mercado que ahora incluye criptoactivos y negociaciones nocturnas de acciones, el análisis de datos se presenta como la única herramienta capaz de garantizar que las políticas públicas no sean solo reacciones políticas, sino decisiones basadas en la realidad económica”, recordó Uyeta.



