Los inversores parecen estar en modo espera, atentos a los últimos acontecimientos en Venezuela y a sus implicaciones en el escenario geopolítico internacional -y en los activos energéticos y financieros-, pues la imprevisibilidad y la sensación de que todo puede pasar son la nota dominante. El comportamiento de la bolsa española -que cerró con un 0,7% al alza– es buena prueba de esa cautela y movimientos contenidos ante la incertidumbre sobre el escenario que se abre no solo para la región, sino para todo el planeta. Así, la captura de Nicolás Maduro por parte de EE.UU. ha sido leída por el inversor institucional y el analista macroeconómico no como un episodio político aislado sino como “un catalizador sistémico con implicaciones transversales”, en palabras de José Manuel Marín Cebrián, economista y fundador de la firma de asesoramiento Fortuna SFP.
Si bien parecen claras las implicaciones globales y estratégicas de la intervención en el país latinoamericano, más inciertos son los impactos venideros en los mercados financieros. Los expertos se muestran divididos sobre las consecuencias económicas, dependiendo de si el petróleo acaba siendo un factor deflacionista -con una potencial mayor producción venezolana en el nuevo escenario- o inflacionista -ante la inestabilidad actual y la fragilidad de las infraestructuras-, capaz en este último caso de poner en riesgo la recuperación global y de abrir incluso un potencial episodio de estanflación, con los activos reales como grandes refugios.
Marín Cebrián se sitúa en este extremo: “La secuencia de transmisión es bien conocida: la geopolítica altera el mercado energético; la energía presiona la inflación; la inflación condiciona a los bancos centrales; y, finalmente, todo ello obliga a recalibrar la valoración de los activos”. En su opinión, “en un sistema financiero ya tensionado en 2026, el episodio venezolano ha actuado como un espejo incómodo que refleja una vulnerabilidad más profunda”. Aunque de momento no ha desestabilizado al mercado, ha recordado una fragilidad latente: “Ha expuesto las costuras de un sistema global sobreapalancado y excesivamente confiado en la capacidad de las autoridades monetarias para contener cualquier disrupción. Cuando el capital percibe riesgo, deja de innovar y empieza a protegerse. En este contexto, el análisis riguroso, la selección disciplinada de activos y la exposición a valores tangibles dejan de ser estrategias defensivas para convertirse en imperativos de supervivencia financiera. Venezuela ha sido el detonante inmediato, la causa profunda es la complacencia», añade.
Al otro lado, Guillermo Santos, socio y fundador de iCapital, muestra una visión más optimista en la que la energía podría actuar como factor deflacionario e impulsor económico (si bien el precio del crudo tampoco se está moviendo demasiado, e incluso lo hace hoy al alza). En su opinión, esperar acontecimientos es lo más aconsejable en estos momentos. «Por el momento, los efectos de lo sucedido en Venezuela están siendo reducidos: no se ha incrementado la volatilidad ni en bonos ni en bolsas», destaca.
En una línea de neutralidad, David Mafoda, estratega y experto en geopolítica en la firma de asesoramiento DiverInvest, opta por la cautela y defiende que, «sin una intervención militar en toda regla, que implicaría un riesgo geopolítico mucho mayor, el impacto a nivel de mercados es absolutamente mínimo«, y, en su opinión, los hechos apoyan esta tesis: «La administración americana tiene la idea de provocar una «transición» desde las propias estructuras del chavismo. Es indudable que la operación del fin de semana tuvo apoyos logísticos desde dentro del propio régimen y hoy mismo la nueva cabeza, Delcy Rodríguez, ha expresado la idea de colaborar con Washington», recuerda.
En este escenario de división, todos miran al petróleo, la primera fuente de mayor visibilidad.
Petróleo: ¿contención de precios o inflación desestabilizadora?
El experto de DiverInvest recuerda que Venezuela es una economía muy pequeña tras décadas de chavismo, ocupando el puesto número 90 en el ranking mundial, y con una producción de crudo que se sitúa en menos de un millón de barriles por día, desde los 5 millones que producía a finales de los años 90, lo que representa menos del 1% de la producción mundial. Quizá por ello el precio del crudo apenas se ha movido tras los sucesos, a la espera de más claridad -hoy tanto el Brent como el West Texas se apuntaban subidas de en torno al 1%-.
«El precio del crudo experimenta poca variación debido a la calma que ha seguido la detención de Maduro y el menor peso de la producción de Venezuela entre los grandes productores de petróleo (lleva años sin renovar instalaciones debido a la inoperancia del régimen chavista)», destaca en esta misma línea Santos. El socio de iCapital va más allá y se muestra optimista, pues cree que, «de recuperarse algo de la producción de crudo venezolana, podríamos asistir a una reducción de los costes energéticos favorable a zonas no productoras como la Unión Europea y China, lo que supondría un impulso adicional a la economía global y un factor deflacionista que favorecería al mercado de bonos, sobre todo los soberanos europeos y americanos». Un argumento en línea con el optimismo de los primeros análisis, que apuntan a una transición política en Venezuela que podría aumentar la oferta a largo plazo, bajando los precios y apoyando el crecimiento económico global.
Pero otras voces hablan de precios al alza y riesgos para la economía global, con implicaciones en los activos financieros. Para Marín Cebrián, los plazos del sector energético penalizan el optimismo prematuro: “La reconstrucción de la capacidad productiva venezolana llevará años pero la tensión en precios es inmediata”, dice, apuntando la abundancia de las reservas pero la fragilidad de la logística. “Venezuela concentra las mayores reservas probadas de crudo del mundo, pero en el mercado energético contemporáneo el volumen de los recursos bajo tierra es secundario frente a la capacidad de extracción, transporte y comercialización. Tras años de sanciones, deterioro institucional e infraestructuras obsoletas, el riesgo inmediato no reside en una nueva caída de producción, ya estructuralmente deprimida, sino en el colapso logístico. El mercado no teme tanto la escasez física de petróleo como la imposibilidad de moverlo. Seguros marítimos, incertidumbre regulatoria, potenciales bloqueos en terminales y dudas sobre la vigencia contractual introducen una prima de riesgo geopolítico que se traslada de forma casi instantánea al precio del barril”, advierte.
Las implicaciones en la inflación global y en los movimientos de los bancos centrales podrían incluso apuntar a una estanflación: “Cada repunte en el precio del crudo asociado a la crisis venezolana opera como un impuesto regresivo e invisible que se filtra por toda la economía global. El verdadero riesgo en 2026 no es el dato puntual de inflación, sino la alteración de las expectativas. Con unos costes energéticos que impulsan una inflación persistente, el mercado comienza a descontar escenarios de estanflación. El petróleo se convierte así en el factor capaz de erosionar simultáneamente el poder adquisitivo del consumidor y los márgenes empresariales, amenazando la recuperación económica global”. Y ello desvanece la visibilidad con respecto a los movimientos de flexibilización monetaria: “Si el encarecimiento energético presiona al alza la inflación, la Reserva Federal ve restringido su margen de actuación. El problema para los mercados no es tanto la ausencia de recortes como la incertidumbre sobre su ritmo y alcance. Cuando se pierde visibilidad sobre el coste del dinero, la volatilidad deja de ser episódica y pasa a ser estructural”.
También José Luis Blázquez, CEO del software para family offices Alvus Weath Tech Wisdom, ve precios más altos en el petróleo: «Desde un punto de vista estrictamente económico, el impacto inmediato es doble. A corto plazo, sube la prima de riesgo: transición política, fricción geoestratégica y volatilidad en flujos; a medio plazo, si se normalizan licencias, inversión y tecnología, Venezuela podría reincorporar entre 700.000 y 1,2 millones de barriles diarios en 12–24 meses. El mercado lo sabe. Y, paradójicamente, esa mayor oferta no abarata estructuralmente el crudo, porque hoy el precio no lo fija el último barril, sino la seguridad del suministro«, defiende. En su opinión, el petróleo ha dejado de ser una commodity cíclica para convertirse en variable estratégica: «Con Ucrania desgastada en una guerra que Estados Unidos empieza a externalizar a Europa, con Oriente Medio permanentemente tensionado y con América Latina reordenándose, el precio de equilibrio del Brent se desplaza al alza. No por escasez física, sino por riesgo sistémico. En ese contexto, hablar de un rango 90–105 dólares como escenario base ya no es agresivo, es conservador. Los episodios de estrés —y vendrán— empujarán ese rango más arriba», indica.
Tecnología y growth, en el punto de mira
En este escenario más volátil, para Fortuna Servicios Financieros los mercados se verán afectados, con énfasis en algunos sectores como la tecnología y las compañías de crecimiento (growth). “Su valoración depende de beneficios futuros que deben descontarse al presente. La matemática financiera es inequívoca: un tipo de descuento más elevado reduce de forma automática el valor actual de esos flujos. En 2026, el mercado se ha vuelto selectivo. Ya no se premia la promesa de crecimiento sin respaldo, se penalizan las valoraciones excesivas y la dependencia de un entorno de tipos bajos. Venezuela no ha provocado una corrección tecnológica, pero sí ha eliminado la red de seguridad implícita que sostenía ciertos múltiplos”, indica.
Activos reales: un refugio palpable
Y al otro lado, los expertos tratan de analizar quiénes serán los beneficiados de esta situación. En primer lugar, algunas petroleras. Desde iCapital, Santos defiende que lo sucedido podría derivar en un menor riesgo político que acabaría beneficiando a firmas con intereses en la zona como Repsol y Mapfre mientras Mafoda, desde DiverInvest, cree que Chevron es la gran beneficiada, puesto que es la única petrolera americana que todavía opera en Venezuela con licencia especial; mientras otras como Conoco y Mobil seguramente exigirán el pago de sus activos expropiados al comienzo del Chavismo.
Pero más allá de las petroleras, los metales preciosos son los grandes beneficiados: Santos destaca cómo estos activos típicamente refugio están captando flujos de entrada y sus cotizaciones están subiendo con fuerza. Pero, matiza, «no debería mantenerse esta tendencia tan alcista salvo ulteriores tensiones políticas que no se esperan realmente». Y cree que el mercado de bonos, sobre todo los soberanos europeos y americanos, podrían verse beneficiados si el petróleo acaba actuando como impulsor económico.
Marín Cebrián, sin embargo, se muestra convencido del potencial a largo plazo de oro y plata: “El oro ha recuperado su papel histórico no como activo especulativo, sino como instrumento de preservación de valor, libre de riesgo de contrapartida. La plata, con un mayor componente industrial y una volatilidad superior, amplifica este movimiento. Si el oro funciona como seguro patrimonial, la plata actúa como indicador adelantado de tensión sistémica. En 2026, ambos metales no compiten por rentabilidad nominal, sino por ofrecer estabilidad en un entorno donde el dinero fiduciario vuelve a percibirse como frágil”, explica.
Para Blázquez, lo relevante es el efecto dominó del petróleo sobre el conjunto de materias primas: «Energía cara encarece metales industriales (cobre, níquel), acelera la competencia por materiales críticos (litio, tierras raras) y presiona agrocommodities en un entorno climático adverso. El mundo está sustituyendo eficiencia por redundancia, globalización por bloques, y eso tiene una traducción clara: inflación real de activos físicos. No es una tesis, es aritmética», indica. En un entorno de alta deuda, defiende, los actores racionales buscan cobertura: «No es casualidad que los bancos centrales estén acumulando oro como no lo hacían desde hace medio siglo. El oro no rinde, pero no quiebra». En conclusión, para el inversor, y el ahorrador, cree que esto se traduce en que «los activos reales recuperan centralidad: energía, materias primas, infraestructuras críticas y suelo productivo no son modas defensivas, son seguros frente a la reconfiguración del sistema. La renta fija larga sufre cuando el orden monetario se cuestiona. El crédito exige quirófano. Y la liquidez, sin ancla real, pierde poder adquisitivo en silencio», añade.



Por Antonio Sandoval
Por Alicia Miguel Serrano