La historia bursátil del mundo está llena de episodios que convirtieron al otoño en sinónimo de riesgo: 1929, 1987, 1997, 2001 y 2008 son algunos ejemplos de años que dejaron algunas de las jornadas y periodos más violentos en estos mercados.
Septiembre es, estadísticamente, el peor mes para las acciones estadounidenses, mientras octubre concentra varios de los mayores desplomes de la historia. Lo anterior es relevante porque en 2026, el calendario vuelve a encontrar un mercado altamente valorado, concentrado en tecnología y enfrentado a nuevas presiones sobre tasas, inflación y geopolítica. Si bien, no hay nada escrito y nadie puede adivinar el futuro, siempre es importante recordar las lecciones de la historia.
Es un hecho, Wall Street está a punto de entrar en uno de los periodos del año que más respeto despierta entre los inversionistas, todo o nada puede pasar.
No porque septiembre u octubre tengan, por sí mismos, el poder de provocar una crisis. La historia financiera no funciona con calendarios. Pero existe una coincidencia difícil de ignorar: algunos de los mayores episodios de destrucción de riqueza bursátil de la era moderna ocurrieron precisamente durante estos dos meses.
El antecedente más famoso es octubre de 1929. Pero después llegaron octubre de 1987, octubre de 1997, septiembre de 2001 y el dramático septiembre-octubre de 2008. Son episodios diferentes, provocados por problemas distintos, pero todos dejaron una misma enseñanza para los administradores de activos: cuando un mercado llega a una zona de elevada confianza, apalancamiento, concentración o valoración, cualquier catalizador puede convertir una corrección en una crisis.
Septiembre no es superstición, es el peor mes del calendario; octubre, el mes de los sustos
Los datos respaldan parcialmente la mala reputación del mes. El S&P 500 ha registrado históricamente en septiembre un rendimiento promedio negativo cercano a 1%, y es el mes con el peor comportamiento promedio del año. Datos de S&P Dow Jones Indices muestran que, desde 1928, septiembre registra un rendimiento promedio de aproximadamente -1,03% y sólo termina con ganancias en alrededor de 44,7% de las ocasiones.
Datos más recientes apuntan en la misma dirección. Para el periodo largo analizado por Dow Jones Market Data, tanto el S&P 500 como el Dow Jones Industrial Average pierden en promedio alrededor de 1,1% en septiembre, mientras el Nasdaq Composite registra una caída promedio cercana a 0,8%.
La estadística no significa que septiembre vaya a ser negativo cada año. De hecho, el mercado puede subir con fuerza durante el mes. Lo que significa es que, estadísticamente, la distribución de resultados es menos favorable que en otros meses. Y aquí aparece la primera diferencia importante entre septiembre y octubre.
Octubre tiene peor reputación, pero septiembre suele ser peor en términos de rendimiento promedio. Octubre es, sobre todo, el mes de los grandes sustos. Cboe ha señalado que octubre ha mostrado históricamente los mayores niveles de volatilidad mensual del S&P 500, aunque buena parte de esa característica está influida por episodios extraordinarios como 1987 y 2008.
En otras palabras: septiembre tiende a castigar más el rendimiento; octubre tiene una mayor asociación histórica con movimientos extremos.
1929: el otoño que cambió para siempre la historia financiera
El primer gran capítulo comenzó incluso antes de octubre. Durante los años veinte, la especulación llevó al Dow Jones Industrial Average desde 63 puntos en agosto de 1921 hasta 381 en septiembre de 1929, un incremento de aproximadamente seis veces en ocho años. El mercado llegó a niveles que parecían justificar la idea de que había entrado en una nueva era de prosperidad permanente.
Pero la realidad fue muy distinta; después del máximo de septiembre comenzaron las señales de deterioro. El 28 de octubre de 1929, el llamado Black Monday, el Dow perdió casi 13%. Un día después, el Black Tuesday, volvió a desplomarse casi 12%. Para mediados de noviembre, el Dow había perdido prácticamente la mitad de su valor desde el máximo.
Pero el verdadero impacto fue mucho mayor que el desplome bursátil; la caída deterioró los balances de bancos y empresas, provocó contracción del crédito y terminó formando parte del proceso que desembocó en la histórica Gran Depresión, la peor contracción económica estadounidense del siglo XX, que se prolongó de 1929 a 1941.
Una precisión histórica es importante: 1929 no provocó por sí solo la Gran Depresión. El crash fue el detonante financiero de un proceso mucho más amplio en el que intervinieron la contracción monetaria, problemas bancarios, deflación, caída del comercio internacional y otros factores.
1987: cuando el Dow perdió 22,6% en un solo día
Casi seis décadas después, octubre volvió a convertirse en sinónimo de pánico. Fue el 19 de octubre de 1987, Black Monday, el Dow Jones se desplomó 508,32 puntos, equivalentes a 22,61%, la mayor caída porcentual de su historia en una sola sesión.
El dato resulta todavía impresionante: el desplome superó ampliamente el récord de 12,8% registrado el 28 de octubre de 1929. La destrucción de riqueza fue devastadora, más de 500.000 millones de dólares de capitalización bursátil desaparecieron de la Bolsa de Nueva York en aquella jornada, mientras se negociaron 604,33 millones de acciones, aproximadamente tres veces el promedio diario de entonces.
Pero 1987 dejó otra enseñanza fundamental: un mercado puede sufrir un desplome extraordinario sin necesariamente desencadenar una depresión económica. La Reserva Federal reaccionó proporcionando liquidez al sistema financiero y los mercados comenzaron posteriormente a estabilizarse.
También nació una de las herramientas que hoy forman parte de la infraestructura de los mercados: los circuit breakers, mecanismos diseñados para detener temporalmente las operaciones cuando las caídas alcanzan determinados umbrales.
1997: la crisis asiática llega a Wall Street
Diez años después, octubre volvió a demostrar que una crisis puede viajar rápidamente de una región gracias a una nueva era, la era de la globalización. El 27 de octubre de 1997, en plena crisis financiera asiática, el Dow perdió 554,26 puntos, equivalentes a 7,2%, después de que el desplome de las bolsas asiáticas aumentara el temor sobre el crecimiento mundial y las ganancias de las empresas estadounidenses.
El episodio fue particularmente relevante para la evolución de la infraestructura financiera; por primera vez desde su creación, los circuit breakers fueron activados en Wall Street. El mercado tuvo que detener temporalmente las operaciones y posteriormente cerrar antes de su horario habitual. La jornada demostró que la globalización financiera había cambiado una característica fundamental del mercado: un shock localizado podía transmitirse en cuestión de horas a otros continentes.
2001: septiembre y el regreso del miedo
El siguiente gran episodio histórico tuvo lugar precisamente en septiembre; después de los atentados del 11 de ese mismo mes los mercados estadounidenses permanecieron cerrados durante cuatro sesiones. Cuando Wall Street reabrió el 17 de septiembre de 2001, el Dow Jones perdió aproximadamente 7%, mientras el S&P 500 cayó alrededor de 5% y el Nasdaq cerca de 6.8%. El Dow llegó a perder cerca de 679 puntos durante la jornada, entonces su mayor caída en puntos en una sola sesión.
No fue simplemente una reacción emocional. El mercado ya venía debilitado por el estallido de la burbuja tecnológica y por el deterioro de la economía estadounidense, septiembre simplemente concentró el shock.
2008: cuando septiembre dejó de ser un mes y se convirtió en una crisis
El episodio más relevante para los inversionistas actuales quizá sea el de 2008; el 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers solicitó protección por bancarrota. La Reserva Federal ha descrito aquel momento como un punto de inflexión que provocó una retirada masiva de los inversionistas de activos de riesgo y una pérdida de liquidez en los mercados de financiamiento de corto plazo.
Pero la crisis no terminó con Lehman; Fannie Mae y Freddie Mac habían sido colocadas bajo tutela gubernamental, AIG enfrentaba una crisis de liquidez y el mercado de fondos del mercado monetario comenzó a experimentar fuertes retiros después de que un fondo rompiera la barrera de un dólar por participación.
Durante septiembre y octubre, la venta masiva se extendió prácticamente por todo el sistema financiero; octubre de 2008 terminó con una caída mensual del S&P 500 cercana a 16,9%, colocándose entre los peores meses de la historia del índice. El mercado ya no estaba reaccionando simplemente a una mala noticia corporativa, estaba descontando la posibilidad de una crisis sistémica del crédito.
Esa quizás sea la principal diferencia entre un crash bursátil y una crisis financiera: el primero destruye valor de mercado; el segundo puede paralizar simultáneamente el crédito, el sistema bancario y la economía real.
El patrón existe, pero no es una profecía
Para los administradores de portafolios, probablemente la conclusión más importante sea también la menos espectacular: septiembre y octubre no tienen una maldición financiera.
De hecho, octubre suele terminar con rendimientos positivos más veces de lo que su reputación sugiere. Entre 1950 y 2024, el S&P 500 terminó octubre con ganancias aproximadamente 59% de las veces, con un rendimiento promedio cercano a 0,85%. El problema es la magnitud de los episodios extremos.
Octubre incluye tres de los peores meses de la historia del S&P 500: octubre de 1987 (-21,8%), octubre de 1929 (-19,9%) y octubre de 2008 (-16,9%). Es decir, octubre no necesariamente cae más que otros meses; simplemente tiene una extraordinaria capacidad para aparecer en los libros de historia cuando las cosas salen mal.
Por eso, utilizar el calendario como una señal automática de venta sería un error. Pero utilizarlo como un recordatorio para revisar riesgos puede ser una decisión racional porque ahora llegar llegamos al al otoño con sus propias vulnerabilidades y es cuando la comparación histórica adquiere relevancia.
Wall Street termina agosto con ganancias: el Dow avanzaba alrededor de 2,1% en el mes, el S&P 500 3% y el Nasdaq 4,1%, según los datos más recientes. Pero detrás de esa fortaleza existe un mercado particularmente sensible a las expectativas sobre inteligencia artificial, tasas de interés y crecimiento; al mismo tiempo, el escenario macroeconómico acaba de complicarse.
Por otra parte, pero no menos relevante, las tensiones militares entre Estados Unidos e Irán elevaron el precio del petróleo por encima de los 90 dólares por barril en algunos momentos, mientras los rendimientos de los bonos globales aumentaron y el mercado comenzó a descontar una mayor probabilidad de un incremento de tasas por parte de la Reserva Federal en septiembre.
La reunión del FOMC está programada para los días 15 y 16 de septiembre, por lo que el mercado entrará al mes con uno de sus principales catalizadores exactamente dentro del periodo históricamente más débil para las acciones, la combinación resulta especialmente relevante para las gestoras de activos.
Un mercado concentrado en unas cuantas compañías tecnológicas puede parecer sólido mientras los inversionistas continúen pagando múltiplos elevados por crecimiento futuro. Pero si cambian simultáneamente las expectativas sobre tasas, inflación, crecimiento o rentabilidad de las inversiones en inteligencia artificial, la misma concentración que impulsa al mercado durante las fases alcistas puede amplificar las pérdidas durante una fase de corrección.
A eso se suma el crecimiento de estrategias apalancadas y productos derivados. En 2026, por ejemplo, el número de ETF de una sola acción con posiciones apalancadas o inversas se ha multiplicado de manera extraordinaria, aumentando la velocidad con la que determinados movimientos pueden transmitirse entre acciones y productos derivados.
La verdadera lección para fondos y wealth management
Para los gestores de fondos, family offices y administradores de patrimonio, la lección de septiembre y octubre no es salir del mercado, es preguntarse qué ocurriría con una cartera si el escenario cambia rápidamente.
Las lecciones de la historia sirven precisamente para eso: 1929 enseñó el peligro del apalancamiento y de las burbujas especulativas; 1987 mostró que los mecanismos automáticos de negociación pueden amplificar movimientos extremos y que la liquidez de un mercado puede desaparecer mucho más rápido de lo previsto; 1997 confirmó que los shocks financieros se transmiten globalmente; 2001 mostró cómo un shock geopolítico puede golpear a un mercado que ya viene debilitado, y 2008 dejó quizá la lección más importante para los inversionistas institucionales: el verdadero riesgo no está solamente en que caigan las acciones, sino en que desaparezca simultáneamente la liquidez de varios mercados.
Por eso, cuando septiembre de 2026 ha iniciado, la historia no está diciendo que Wall Street necesariamente vaya a caer, pero sí dice algo más útil para un inversionista profesional: cuando las valoraciones son elevadas, las posiciones están concentradas y el costo del dinero vuelve a ser una variable de mercado, conviene entrar al otoño preguntándose no cuánto más puede subir una cartera, sino cuánto puede perder si la historia decide repetirse.
Porque septiembre no provoca los crashes, pero la historia demuestra que cuando un mercado llega vulnerable al otoño, septiembre y octubre han sido capaces de convertir una grieta en una fractura.



