La olla podrida en la literatura: el Siglo de Oro español
Si la olla podrida española es citada por ilustres viajeros que recorrieron España durante los siglos XVII, XVIII y XIX en sus diarios de viaje, también aparece en numerosas obras literarias que han llegado hasta nuestros días.
En la primera novela moderna, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes sitúa la olla podrida en el centro del suntuoso banquete que se le ofrece a Sancho Panza cuando por fin consigue ser gobernador de una ínsula. Dice Sancho: “Aquel plantonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que, por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y provecho”.
Pero como Cervantes tiene muy mala uva, no va a dejar que Sancho se coma la olla podrida porque sitúa en escena al doctor Pedro Recio, de la localidad manchega de Tirteafuera, que actúa como si fuera una Doña Cuaresma puñetera y revienta fiestas en la comilona que pensaba darse Sancho (nuestro Don Carnal ibérico): “-¡Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas podridas para los canónigos o para los rectores de colegios o para las bodas labradorescas, y déjenos libres de las mesas de los gobernadores, donde ha de asistir todo el primor y toda atildadura”.
Encontramos referencias a este plato en otras célebres obras literarias del Siglo de Oro español, como en El Buscón de Quevedo o en la obra de teatro El hijo de los leones de Lope de Vega, pero también avanzados los siglos vemos cómo la receta sigue presente en la literatura.
La olla podrida en el siglo XIX: románticos y realistas rinden su homenaje
Alejandro Dumas escribe en 1844 una de las novelas de aventuras más importantes del romanticismo: El Conde de Montecristo. Edmundo Dantés, el susodicho conde, se jacta de viajero y aventurero citando algunos de sus platos favoritos en sus idas y venidas por el mundo. Entre otros destaca “la olla podrida en Valencia”, prueba de que en el muy afrancesado siglo XIX español la olla podrida seguía siendo un plato destacado.
Unas décadas después el realismo da una patada al romanticismo, y pasamos a las novelas costumbristas de Balzac y Flaubert. En la literatura española, la más grande de todas las obras de este género tiene a Oviedo como escenario -aun- que Leopoldo Alas ‘Clarín’ la rebautiza como Vetusta-. En el primer capítulo de La Regenta, el autor describe así la ciudad: “Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la santa basílica”.
Para describir la España caduca de provincias de final del siglo XIX, Clarín tira de la olla podrida, ¿cómo no? Los ciudadanos de Vetusta “hacen la digestión” no solo de este copioso plato, sino de todo el peso espiritual y religioso que soportan al vivir anclados en sus tradiciones.
La olla podrida en América Latina
La olla saltó de España a América y es influencia en la gastronomía de varios países latinoamericanos. En Perú, el sancochado es una sopa elaborada a base de carne, tubérculos y verduras, muy popular en Lima y que nace del cruce de la olla podrida española y del timpu precolombino típico de los Andes Centrales.
En Costa Rica, la olla de carne es un plato criollo elaborado con verduras autóctonas como la yuca, el chayote y el plátano; y con carne de res. Tiene raíces coloniales y está ligada a los pucheros españoles y a la olla podrida.
En Michoacán, México, la olla podrida ha conservado hasta el nombre y sobre su historia cuentan que se comía por las familias pudientes de la región en el siglo XIX. La receta no dista tanto de la burgalesa, porque donde se leen las alubias rojas, lo cambiamos por frijoles y también tiene varios tipos de carne, pero eso sí, como buen plato mexicano no faltan los chiles y además lleva pulque -vino de agave-.





Por Luca Delfiore Broca