En opinión de Mercedes Valcárcel, directora general de SpainNAB, en los últimos años, la principal transformación que ha experimentado la inversión de impacto es que el mercado ha pasado de una fase de construcción y prueba de concepto a una fase de consolidación y sofisticación. Según un estudio de SpainNAB, en 2025 la oferta de capital de impacto efectivamente invertido alcanza 5.051 millones de euros, frente a 3.341 millones en 2023, lo que supone un crecimiento cercano al 51% del volumen total.
Según explica, este crecimiento viene principalmente impulsado por la inversión de impacto, que se ha multiplicado por dos en este periodo pasando de 1.601 a 3.217 millones de euros y que tiene comprometidos más de 1.500 millones de euros adicionales. Sobre cómo está evolucionando este tipo de inversión, a qué retos se enfrenta y qué futuro dibuja hemos hablado con Valcárcel en esta entrevista, ante la celebración de su encuentro VII Camino al Impacto.
¿Cuáles son los principales cambios que se han dado en la inversión de impacto?
Más allá del volumen, observamos tres cambios relevantes: mayor protagonismo de la inversión directa en proyectos y empresas sociales y ambientales, que crece un 74% desde 2023 y alcanza los 2.644 millones de euros; aparición de nuevos instrumentos y canales de inversión; y mayor sofisticación en la gestión del capital.
También vemos una evolución en el perfil de los inversores. Hace unos años predominaban actores muy especializados y capital público. Hoy las fuentes de financiación de impacto están mucho más diversificadas: cooperativas, fundaciones, aseguradoras, fondos de pensiones de empleo… Por último, cabría destacar, como síntoma de madurez del sector, que el mercado parece estar dejando atrás la incertidumbre inicial y las expectativas apuntan a un crecimiento gradual, sólido y sostenible.
¿Qué peso real tiene dentro de la industria de gestión de activos?
Aunque la inversión de impacto sigue representando una parte minoritaria del conjunto de la industria financiera y de gestión de activos, ya no puede considerarse un nicho experimental, en tanto que hablamos de un mercado que se ha duplicado en apenas dos años. Hoy hablamos de un mercado con una escala relevante, con una base creciente de inversores y una sofisticación cada vez mayor en sus estrategias y herramientas; con peso importante en la financiación de las empresas sociales y las entidades de economía social; y buenas expectativas de expansión. La inversión de impacto se está consolidando como una estrategia con capacidad para movilizar volúmenes cada vez más relevantes de capital hacia la solución de retos sociales y ambientales.
Su valor diferencial no reside únicamente en la intencionalidad de impacto, sino en la adicionalidad que aporta: la capacidad de financiar organizaciones, sectores o necesidades que siguen encontrando barreras para acceder al capital convencional. Por eso, el desafío hoy consiste en movilizar nuevos tipos de capital, ampliar el abanico de instrumentos financieros disponibles y construir un mercado capaz de llegar allí donde persisten brechas de financiación. Los propios datos muestran que alrededor de un tercio de los inversores acepta rentabilidades inferiores a mercado para financiar oportunidades que de otro modo podrían quedar desatendidas, mientras que casi tres cuartas partes ofrecen capital paciente o flexible.
La ambición, por tanto, no debería ser que toda la inversión de impacto se parezca cada vez más a la inversión convencional, sino que el conjunto del sistema financiero incorpore capacidades que hoy son características de la inversión de impacto: una mayor orientación a largo plazo, instrumentos más flexibles, una mejor gestión del impacto y una mayor capacidad para financiar ámbitos donde persisten fallos de mercado.
¿Qué pasos faltan para que pase de ser una tendencia destacada a un pilar transversal en la construcción de carteras?
A menudo se plantea el futuro de la inversión de impacto únicamente en términos de integración en las carteras tradicionales. Y, sin duda, necesitamos una mayor participación de inversores institucionales. Pero la verdadera oportunidad es más ambiciosa: movilizar nuevos tipos de capital, desarrollar instrumentos más diversos y ampliar la capacidad del sistema financiero para llegar a necesidades que siguen estando insuficientemente cubiertas.
El objetivo no debería ser únicamente que la inversión de impacto ocupe más espacio dentro de las carteras, sino que contribuya a transformar la forma en que entendemos la asignación de capital: incorporando una visión más orientada al largo plazo, más consciente de los retos sociales y ambientales y más capaz de cubrir las brechas que todavía deja el mercado financiero convencional.
¿Cómo debe desplegarse este capital catalítico para desbloquear vehículos de inversión a escala y atraer al inversor institucional más tradicional?
El capital catalítico es esencial cuando queremos desarrollar mercados que todavía no han alcanzado la escala o la madurez suficientes para atraer inversión convencional. Su función no es sustituir al capital privado, sino asumir riesgos que otros actores no pueden asumir y crear las condiciones para que entren nuevos inversores. La clave está en orientar ese capital hacia ámbitos donde persisten brechas de financiación. En estos casos, los mecanismos de financiación combinada o blended finance, las garantías o las estructuras de primera pérdida permiten combinar distintos tipos de capital de forma complementaria.
¿Qué herramientas e instrumentos financieros innovadores se están desarrollando para canalizar capital de impacto?
En los últimos años estamos viendo una mayor diversidad de soluciones. A los vehículos de capital y deuda tradicionales se están sumando mecanismos como las garantías, los préstamos
flexibles o con capital paciente, los contratos de impacto social, la financiación basada en ingresos o en resultados o fórmulas híbridas que permiten adaptar mejor las condiciones financieras a la realidad de cada organización. Y no podemos dejar de mencionar las socimis de vivienda social o asequible, con el desafío que está suponiendo la vivienda hoy en día. Pero también fondos de deuda, fundaciones que desarrollan vehículos de inversión propios… Necesitamos movilizar distintas lógicas de capitales con capacidades e instrumentos diversos para atender las necesidades de un ecosistema generador de impacto que es, también, diverso.
Si miramos hacia la próxima década, ¿cómo te imaginas la inversión de impacto dentro de diez años? ¿Hablaremos aún de «inversión de impacto» como una categoría diferenciada o habrá impregnado el concepto de rentabilidad financiera de forma inseparable?
Seguiremos hablando de inversión de impacto como una categoría diferenciada, igual que hoy hablamos de capital riesgo, infraestructuras o deuda privada. Lo que probablemente cambiará es su peso dentro del sistema financiero y su capacidad para influir en la forma en que se asigna el capital. También creo que conceptos que hoy asociamos principalmente a la inversión de impacto, como la medición de resultados, la gestión de externalidades o la consideración de los efectos sociales y ambientales de las decisiones de inversión, irán ganando relevancia en ámbitos mucho más amplios de las finanzas.
No imagino un futuro en el que toda la inversión pase a ser inversión de impacto. Lo que sí espero es un ecosistema financiero donde exista una mayor diversidad de estrategias y donde la inversión de impacto desempeñe un papel cada vez más relevante. En última instancia, el éxito de la inversión y otras formas de financiación del impacto no consistirá en sustituir a otras formas de inversión, sino en demostrar que es posible generar rentabilidad financiera al tiempo que se amplían las oportunidades para las personas, los territorios y el planeta, especialmente allí donde siguen existiendo necesidades insuficientemente atendidas por el mercado.



