La Revolución Industrial y la actual revolución de la Inteligencia Artificial tienen algo importante en común: en ambos casos, el progreso tecnológico ha generado temor ante la posibilidad de que las máquinas destruyan puestos de trabajo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental. Hoy contamos con sistemas de protección social mucho más desarrollados, capaces de ayudar a mitigar las consecuencias sociales negativas del desempleo masivo, tal y como ya señaló Karl Marx.
La lección más importante de la Revolución Industrial, sin embargo, es otra: la estabilidad monetaria es una condición fundamental para que el progreso tecnológico se traduzca, a través de aumentos de productividad, en la creación de nuevos puestos de trabajo y permita reducir el tiempo de trabajo.
En última instancia, el impacto de la inteligencia artificial sobre el futuro de la sociedad dependerá en gran medida de cómo respondan los gobiernos.
El papel de los tipos de interés
Los tipos de interés oficiales fijados por los bancos centrales determinan si una economía crece de forma sostenida o se sobrecalienta, como señaló el premio Nobel Friedrich August von Hayek.
Cuando el dinero es demasiado barato, contribuye a un exceso de inversión y a la especulación bursátil en los sectores más innovadores de la economía, algo que podría estar ocurriendo actualmente en el sector de la inteligencia artificial. Si posteriormente los tipos de interés suben, los proyectos de inversión que no son rentables deben abandonarse, lo que puede provocar crisis y desempleo.
Es precisamente entonces cuando los buenos proyectos de inversión se separan de los malos, permitiendo que las nuevas tecnologías capaces de aumentar la productividad se extiendan por toda la economía y mejoren el bienestar de la sociedad en su conjunto.
Para ello, sin embargo, es necesario que las políticas monetaria y fiscal sigan siendo restrictivas. De lo contrario, los gobiernos podrían verse tentados a evitar el desempleo tecnológico mediante una expansión del empleo improductivo en el sector público. Esto ralentiza el crecimiento económico y contribuye al aumento de la desigualdad, como pudo observarse tras la innovación disruptiva que supuso internet.
¿Fed o BCE?
Si la política monetaria es fundamental para aprovechar las ganancias de productividad potenciales de la inteligencia artificial, cabe preguntarse qué banco central está mejor preparado: ¿la Reserva Federal o el Banco Central Europeo?
El presidente de la Fed, Kevin Warsh, pretende reducir el balance del banco central y desregular los bancos pequeños y medianos. Una reducción del balance de la Fed elevaría los tipos de interés a largo plazo y obligaría a las empresas de toda la economía a mejorar su eficiencia mediante el uso de la inteligencia artificial.
Si se desregulan, los bancos pequeños y medianos podrían facilitar este proceso, ya que cuentan con las capacidades necesarias para distinguir entre proyectos de inversión con rentabilidades altas y bajas.
En cambio, es más probable que el BCE mantenga un balance elevado debido al elevado nivel de deuda pública de algunos de los países más influyentes de la eurozona. Esto aumenta la probabilidad de que el desempleo tecnológico provocado por la inteligencia artificial sea absorbido mediante una expansión del empleo en sectores financiados con fondos públicos.
De esta manera, el BCE y los gobiernos de la eurozona pueden evitar el desempleo, pero también podrían obstaculizar la expansión de la inteligencia artificial capaz de impulsar el crecimiento en el conjunto de la economía.
Los primeros beneficiarios
Los sectores que desarrollan, operan e integran directamente la inteligencia artificial serán los primeros en beneficiarse de este proceso. Entre ellos se encuentran el diseño y la fabricación de chips, los centros de datos, el software, las redes, la seguridad y la consultoría.
También se beneficiarán actividades vinculadas a la construcción, la refrigeración y el suministro eléctrico.
Al mismo tiempo, las tareas rutinarias de numerosas industrias y empresas están sometidas a una presión creciente, ya que son más fáciles de automatizar.
Después de los sectores agrícola e industrial, el sector servicios se prepara ahora para afrontar una nueva gran ola de racionalización.
La cuestión, por tanto, no es únicamente cuánto puede avanzar la inteligencia artificial, sino en qué condiciones ese progreso tecnológico puede traducirse en mayores niveles de productividad, nuevos puestos de trabajo y una mejora del bienestar. La experiencia de la Revolución Industrial muestra que la tecnología, por sí sola, no determina el resultado. La estabilidad monetaria y las decisiones de política económica serán también determinantes.
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Tribuna firmada por el Prof. Gunther Schnabl, director del Flossbach von Storch Research Institute.



