Mientras buena parte del mundo enfrenta desaceleración, tensiones geopolíticas y reconfiguración de cadenas productivas, México aparece nuevamente en el radar global como uno de los países con mayor potencial estructural de crecimiento. Sin embargo, el diagnóstico sigue siendo paradójico: el país acumula ventajas competitivas extraordinarias, pero continúa operando por debajo de sus capacidades.
Ese fue uno de los mensajes centrales planteados por BBVA, la institución bancaria más grande del país medida por activos, en una reciente presentación encabezada por Eduardo Osuna, Vicepresidente y director general en México, durante la Reunión Nacional de Consejeros Regionales (RNCR) 2026 de BBVA México.
En dicho documento, se delineó una radiografía económica de México marcada por fuertes contrastes: estabilidad macroeconómica y rezagos estructurales; oportunidades históricas y baja productividad; fortaleza financiera y elevada informalidad.
El documento retrata a México como un auténtico “gigante dormido”: una economía que podría escalar hacia posiciones mucho más relevantes en el escenario global, siempre que logre detonar inversión, formalización y digitalización.
Actualmente, México ya es la economía número 12 del mundo por tamaño del PIB y podría ubicarse entre las diez principales hacia 2035, según estimaciones citadas en la presentación. El país cuenta además con fundamentos difíciles de replicar: cercanía con Estados Unidos, integración manufacturera, bono demográfico relativo y una posición privilegiada en el fenómeno de relocalización industrial o nearshoring.
No obstante, el contraste es evidente. Aunque México representa alrededor de 1,6% del PIB mundial, su crecimiento económico promedio ha sido insuficiente durante décadas. A ello se suma una inversión persistentemente baja y una productividad estancada que limita el potencial de expansión.
La paradoja mexicana también se refleja en infraestructura. El país enfrenta una nueva etapa de crecimiento industrial impulsada por el nearshoring, pero requiere inversiones masivas para sostenerla. El plan gubernamental de infraestructura 2025-2030 contempla más de 1.900 proyectos y una inversión cercana a 298 mil millones de dólares, con fuerte participación privada. La magnitud de los recursos evidencia tanto la oportunidad como el rezago acumulado.
Otro de los grandes contrastes se encuentra en el sistema financiero. México mantiene estabilidad bancaria, baja penetración de deuda pública y una moneda relativamente resiliente, pero al mismo tiempo exhibe niveles reducidos de inclusión financiera y bancarización frente a otras economías comparables.
Según las cifras expuestas, apenas cuatro de cada diez mexicanos poseen productos financieros formales, mientras la informalidad laboral continúa rondando niveles elevados. Esto implica que millones de personas y empresas permanecen fuera del sistema financiero, limitando el acceso al crédito, ahorro e inversión.
La informalidad constituye quizá el principal síntoma del “gigante dormido”. Más del 50% de los trabajadores se mantiene en actividades informales, lo que reduce productividad, recaudación y capacidad de crecimiento sostenible. El problema no sólo es social: también representa un enorme costo económico para el país.
En contraste, el potencial digital y financiero luce enorme. La acelerada adopción tecnológica, el crecimiento de pagos digitales y el avance de herramientas de inteligencia artificial abren una ventana inédita para ampliar la inclusión financiera. De hecho, la digitalización ya comienza a modificar hábitos de consumo, crédito y relación bancaria, especialmente entre generaciones jóvenes.
La banca identifica además un entorno favorable derivado del nearshoring y de la creciente integración regional con Norteamérica. México participa cada vez más en cadenas globales de suministro estratégicas, particularmente en manufactura avanzada, automotriz, logística y electrónica.
Pero el mensaje de fondo es claro: el potencial por sí solo no garantiza desarrollo.
México necesita transformar sus ventajas geográficas y demográficas en productividad real. Eso implica acelerar infraestructura, fortalecer el Estado de derecho, reducir informalidad, mejorar educación financiera y aumentar la profundidad del sistema financiero.
La oportunidad histórica existe. Pocas economías emergentes cuentan simultáneamente con acceso preferencial al mayor mercado del mundo, estabilidad macroeconómica, capacidad manufacturera y una plataforma exportadora tan desarrollada. Sin embargo, el país continúa atrapado entre su enorme potencial y su incapacidad histórica para desplegarlo plenamente.
En el fondo, el documento de BBVA plantea una idea contundente: México no necesita reinventarse para crecer, sino ejecutar mejor. El país ya posee muchos de los ingredientes que inversionistas internacionales buscan en una economía emergente: ubicación estratégica, escala industrial, tratados comerciales, estabilidad financiera y un mercado interno relevante.
La verdadera discusión ahora gira en torno a si México será capaz de convertir esa combinación de ventajas en una transformación estructural de largo plazo o si continuará avanzando por debajo de su potencial.
Porque quizá la mayor conclusión del reporte es precisamente esa: México no es un país sin oportunidades; es un país con tantas oportunidades que sus rezagos resultan todavía más visibles. Y ahí radica la esencia del “gigante dormido”: una economía con capacidad para convertirse en protagonista global, pero que aún no termina de despertar por completo.
La gran pregunta para inversionistas y participantes del sistema financiero ya no es si México tiene potencial, sino cuándo logrará despertar por completo.



