En los mercados públicos, el debate entre gestión activa y pasiva lleva años decantándose hacia la eficiencia de los índices. Sin embargo, cuando hablamos de mercados privados, el resultado cambia. En private equity (PE) la rentabilidad no es un «beta» que se captura simplemente por estar en el activo; es un «alfa» que se consigue a través de la selección.
Históricamente, el acceso a los mercados privados ha estado rodeado de una mística de exclusividad institucional. Pero tras la flexibilización del acceso que estamos liderando, surge una pregunta crítica: ¿cuál es el verdadero motor del retorno? Los números históricos son claros: el éxito en el Private Equity es, ante todo, un ejercicio de selección y acceso.
El coste de elegir mal
La métrica más reveladora para entender la importancia de la selección es la dispersión de retornos. En la renta variable cotizada, la diferencia entre un fondo que lo hace excepcionalmente bien y uno que lo hace mal puede ser de unos pocos puntos porcentuales. En el Private Equity, esa brecha es un abismo.
Los datos de la última década son contundentes: el cuartil superior de fondos de buyout ha generado una TIR del 24%, superando con holgura tanto al S&P 500 (15%) como al MSCI World (13%). Sin embargo, descender al bottom quartile (el 25% peor) implica conformarse con rentabilidades del 5% al 8%, a menudo insuficientes para batir a los índices públicos tras ajustar por iliquidez. Invertir en este activo de forma genérica no garantiza nada; el «precio» de una mala selección es el coste de oportunidad de bloquear capital durante unos diez años sin obtener la prima correspondiente.
Esta dispersión significa que invertir en el mercado de private equity de forma genérica no garantiza nada. El inversor que no accede a los gestores del primer cuartil está asumiendo una iliquidez para obtener retornos similares, o incluso inferiores, a la renta variable. Por tanto, el «precio» de una mala selección no es solo un menor beneficio; es el coste de oportunidad de haber bloqueado capital sin obtener la prima de iliquidez correspondiente.
Éxito que se repite
Uno de los fenómenos más fascinantes de los mercados privados es la persistencia. A diferencia de los gestores de bolsa, donde el ganador de hoy suele ser el perdedor de mañana por la pura presión de la reversión a la media, en el Private Equity el éxito tiende a engendrar éxito.
Los estudios demuestran que los gestores que han situado un fondo en el top quartile tienen una probabilidad de entre el 60% y el 70% de repetir ese éxito en su siguiente añada. Esto se debe a que el Private Equity no depende del timing del mercado, sino de capacidades industriales y operativas. Un buen gestor tiene procesos de sourcing (búsqueda de empresas) exclusivos, una metodología probada de mejora de márgenes y equipos de gestión de talento que no se improvisan de un año para otro.
En Crescenta, nuestra obsesión es llevar estos gestores con décadas de track record al inversor minorista. De más de 900 fondos que hemos analizado a lo largo de nuestra historia, menos del 3% han pasado a formar parte de nuestras carteras. Destacan nombres especializados como HG, Clearlake, G Squared, Lead Edge, Vista Foundation…
De hecho, fruto de esta selección y combinación de fondos en un solo vehículo, hemos conseguido un hito histórico, evitar la famosa curva J en nuestras dos primeras añadas de Growth. Ambos fondos, lanzados en 2024, ya registran un valor liquidativo positivo.
Cómo buscar el alfa
En private equity, el potencial de alfa sigue siendo muy significativo, pero hoy está mucho más ligado a cómo se crea valor dentro de las compañías que a factores de mercado. Y ese alfa se genera en tres niveles muy claros.
El primer nivel es la ejecución operativa del gestor. El retorno viene de hacer crecer el ebitda, mejorar márgenes, profesionalizar equipos, impulsar estrategias de buy‑and‑build, acelerar la digitalización o reforzar el gobierno corporativo. Es un trabajo muy intensivo y muy cercano a las compañías, y ahí es donde realmente se marca la diferencia.
El segundo nivel —y donde nosotros, como Crescenta, ponemos mucho foco— es la selección de fondos. Como hemos visto, la dispersión de resultados en private equity es importante. Elegir bien al gestor no es un matiz, es una parte esencial del alfa.
El tercer nivel es el acceso. Los fondos que combinan capacidad operativa y un historial sólido suelen estar muy demandados por inversores institucionales y tienen capacidad limitada. Poder entrar en esos vehículos es una fuente de valor en sí misma, porque te permite estar expuesto a los equipos que realmente están generando retornos diferenciales.
Hay quien dice que el minorista está accediendo al Private Equity que tiene dificultades para levantar dinero. La realidad en Crescenta es muy distinta: invertimos meses en negociar con los gestores más destacados para hacernos un hueco entre sus inversores. El ticket de entrada se sitúa en decenas de millones y aún así existe una sobredemanda. El acceso y la creación de cartera es un proceso muy complejo.
Para el inversor, el mensaje es claro: el private equity es hoy más necesario que nunca como diversificador de carteras, pero la barrera de entrada ha pasado de ser el capital (gracias a la tecnología) a ser el conocimiento. La selección no es un proceso administrativo; es la decisión más importante que un inversor tomará en una década. En este mercado, el precio de no ir con especialistas es, simplemente, demasiado alto para ser ignorado.
En este contexto, en el que comienzan a surgir nuevos actores que ofrecen Private Equity es de vital importancia para el inversor ver las cosas con perspectiva, saber comparar y ahora que puede, invertir con especialistas en cada activo en vez de dejarse llevar por la comodidad de hacerlo todo con casas más generalistas.
Rentabilidades pasadas no garantizan retornos futuros. El private equity es un activo ilíquido y conlleva riesgos de pérdida de capital.
Tribuna de Ramiro Iglesias, CEO de Crescenta




