Las estrategias de renta fija pasiva pueden parecer eficientes, pero sus defectos estructurales han generado históricamente oportunidades para los gestores activos. En 2026, esas ineficiencias podrían intensificarse en un entorno marcado por déficits públicos crecientes, un aumento del capital de inversión impulsado por la IA y una nueva ola de emisión de bonos.
La adopción y el despliegue de tecnologías de IA ampliarán el ciclo de inversión más allá del sector tecnológico hacia infraestructuras de redes, capacidad energética, almacenamiento en centros de datos y distintos procesos de fabricación. La financiación de este ciclo de larga duración implicará a los mercados de bonos corporativos, y la defensa de las calificaciones crediticias en un contexto de cierta migración a la baja será un elemento central. Al mismo tiempo, el crecimiento del crédito privado y el flujo de noticias asociado podrían contribuir a un entorno más volátil para los mercados de crédito en general.
En este contexto, quienes deseen exposición al crédito deberían considerar cuatro razones estructurales para optar por la gestión activa frente a la pasiva:
- La primera es el sesgo derivado de la construcción de los índices por capitalización de mercado. La ponderación depende del precio del bono multiplicado por el importe de la deuda pendiente. Esto implica que los emisores más endeudados tienen mayor representación en el índice, con independencia de su calidad crediticia. Los fondos pasivos replican esta exposición sin ajustar el riesgo y se ven obligados a asignar más capital a los emisores que más deuda emiten. Además, este sesgo puede generar tendencias sectoriales subóptimas: cuando un sector experimenta un rápido crecimiento del apalancamiento, aumenta su peso en el índice, dejando a los inversores pasivos más expuestos en el momento de máxima tensión. Posteriormente, cuando ese sector reduce su apalancamiento durante la recuperación, su capitalización disminuye y los inversores pasivos participan menos de esa mejora.
- La segunda razón son las normas de inclusión basadas en la calificación crediticia. La mayoría de los índices diferencian entre emisiones con grado de inversión y emisiones High Yield, creando universos separados que los rastreadores pasivos suelen tratar como clases de activo distintas. Cuando un bono es degradado a high yield (fallen angel), se elimina del índice de grado de inversión en la siguiente revisión. Esto obliga a los fondos pasivos a vender, con independencia del precio o de las perspectivas fundamentales, lo que puede provocar dislocaciones si se producen ventas simultáneas. Por el contrario, cuando un bono es ascendido a grado de inversión (rising star) los fondos pasivos deben comprar, a menudo tras una apreciación previa. Estos flujos están impulsados por normas, no por fundamentales. Los gestores activos pueden evitar estas compraventas forzadas y acceder a fallen angels o rising stars en momentos más oportunos desde el punto de vista de valoración.
- La tercera razón es la rotación no controlada. Los índices de renta fija experimentan rotaciones frecuentes debido a sus reglas de inclusión, y nuevas emisiones y vencimientos. Un índice de crédito global puede registrar una rotación media anual del 15%-25 %. Los fondos pasivos replican estos cambios, asumiendo costes transaccionales asociados. Dado que los índices se calculan sin fricciones y no reflejan plenamente los diferenciales de compraventa, los fondos de seguimiento presentan un sesgo estructural hacia una rentabilidad inferior a la del índice una vez descontados costes y comisiones. En cambio, los gestores activos pueden decidir en qué eventos de rotación participar y programar su reequilibrio antes de posibles movimientos del índice, compensando con la generación de alfa el lastre impuesto por costes y comisiones.
- La cuarta razón se relaciona con la estabilidad de los factores de riesgo. Un inversor pasivo no puede controlar fácilmente la evolución del riesgo de mercado ni de la exposición beta del índice, que puede cambiar de forma significativa con el tiempo. En las últimas dos décadas, los índices globales de crédito han experimentado una migración hacia calificaciones más bajas y una extensión del riesgo de duración. En consecuencia, los índices no proporcionan una exposición beta estable. Además, el ciclo inflacionista posterior al COVID ha puesto de relieve la importancia del riesgo de duración en la rentabilidad total de numerosos segmentos de renta fija. La gestión activa permite mitigar estos riesgos de tendencia e incorporar decisiones sobre duración y curva para optimizar la rentabilidad total.
En conclusión, los principales índices de renta fija, ponderados por capitalización y sujetos a criterios estrictos basados en normas, generan compraventas forzadas, exposición excesiva a emisores endeudados y rotaciones que erosionan la rentabilidad. En un entorno marcado por mayores déficits, aumento de la oferta y volatilidad potencialmente más elevada, la capacidad de analizar, seleccionar y gestionar activamente el riesgo resulta clave. Ante perspectivas inciertas para los mercados mundiales, los argumentos para trabajar con navegantes activos en lugar de observadores pasivos son sólidos.
Tribuna elaborada por Gary Smith, director del equipo de Gestión de carteras de clientes en Renta fija, Columbia Threadneedle Investments.




