Cuando el capital debe decidir si financia un mundo más justo… o uno más peligroso. 2025 será recordado como el año en que la sostenibilidad dejó de ser una etiqueta amable para convertirse en un territorio de batalla político, ético y financiero. El año en que el capitalismo de impacto tuvo que mirarse al espejo y responder una pregunta incómoda: ¿estamos financiando un futuro más humano o sólo maquillando los riesgos del presente?
1. Estados Unidos: el retroceso social como amenaza sistémica
La segunda Administración Trump ha puesto en marcha un desmontaje acelerado de los avances sociales de las últimas décadas: recorte de derechos civiles, eliminación de políticas DEI y restricción de libertades fundamentales para colectivos vulnerables. La ofensiva se extiende a la migración con deportaciones aceleradas y uso militarizado de la frontera, generando fuertes impactos en derechos humanos. La regresión afecta también a mujeres y niñas, con un efecto global documentado por organizaciones internacionales.
Incluso el mundo académico (espacio para el pensamiento crítico y la innovación social) se ha visto presionado, y hemos asistido a la inédita congelación de miles de millones en financiación, ni más ni menos que a Harvard, por rechazar supervisiones políticas.
Pese al caos político, las inversiones en renovables siguen creciendo, alrededor de un 10% sobre el año anterior, incluso tras la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, paralizando permisos eólicos en tierras federales.
Pero la industria ESG muestra fatiga, con menos lanzamientos, más escrutinio y mayor coste del capital. La política polarizada está moviendo el suelo bajo nuestros pies más rápido que una tendencia económica y social estructural como es la inversión en un mundo más sostenible.
2. Defensa y sostenibilidad: el dilema más profundo del año
2025 marcó el año en el que las grandes gestoras levantaron su veto histórico al sector de la defensa. UBS abrió la puerta a fabricantes de armas en vehículos “sostenibles”. Allianz hizo lo propio, incorporando también actividades nucleares bajo ciertas condiciones. El argumento: sin seguridad no hay prosperidad.
El problema es que cuando la seguridad se convierte en negocio, aparece la espiral perversa: más armas, más tensión, más guerra, más ingresos. Si el retorno depende del conflicto, ¿qué incentivo real existe para la paz?
Los gobiernos deben proteger la seguridad colectiva, garantizar derechos y diplomacia, y evitar que el armamento se convierta en motor económico. Los inversores, mientras tanto, debemos reflexionar acerca del tipo de mundo que estamos financiando.
Invertir en defensa puede proteger fronteras. La inversión sostenible debe proteger la dignidad humana. Y no debemos olvidar que la paz es infraestructura esencial, quizá la más esencial. El ajuste no está siendo homogéneo: algunas gestoras han mantenido la coherencia, otras han retrocedido posiciones éticas para no quedarse atrás en rentabilidad.
El mercado se está segmentando: entre quienes no venden sus principios y quienes los ponen en precio de mercado.
Por el lado positivo, el debate sobre la sostenibilidad empieza por fin a desprenderse de los blancos y negros que lo han marcado en los últimos años. La sostenibilidad es un fin, no un camino único. Ahí es donde la figura del asesor se vuelve esencial: traducir valores individuales en decisiones de inversión coherentes.
3. Cambio climático: la urgencia que no entiende de geopolítica
La crisis ambiental no espera. Cada año sin acción multiplica los costes futuros. Si no se abordan las inversiones necesarias, la rentabilidad financiera de hoy se traducirá en pérdidas aseguradas mañana.
El “2026 Sustainability Outlook – Insights in Motion: See the Big Picture” de S&P Global lo cuantifica con claridad: el coste anual del riesgo físico climático para las empresas del S&P Global 1200 alcanzará 1,2Bn$ en 2050, incluso en un escenario con mitigación.
Y lo más alarmante: solo el 35% de las empresas del mundo cuentan con planes de acción climática.
4. Cohesión social: cuando la verdad se fragmenta, las sociedades se rompen
2025 también nos deja una amenaza silenciosa pero devastadora: la fractura del tejido social. Vivimos en un mundo polarizado, donde el relato importa más que la realidad y la discusión pública se convierte en un campo de batalla.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa complica aún más discernir qué es verdad y qué es fabricación algorítmica. Cuando los hechos dejan de importar, la democracia se debilita, y sin democracia no hay sostenibilidad posible.
La inversión de impacto debería ayudar a reconstruir espacios de diálogo, educación crítica y comunidades con la persona en el centro. Porque una sociedad que no puede hablarse termina por no poder vivirse.
Necesitamos parar. Reflexionar. Leer. Volver a mirar al otro como alguien con una verdad, no como un enemigo.
En Portocolom nunca hemos creído en los extremos. No se trata de elegir entre negocio o valores, entre paz o seguridad, entre planeta o desarrollo. Todo está conectado.
El sistema financiero tiene un papel esencial en la construcción del futuro: mover el capital hacia donde se generan oportunidades, cohesión social y protección de nuestra casa común. Ese es el compromiso que renovamos en 2026: adaptarnos, mejorar y poner siempre a las personas en el centro.
Porque solo así la inversión puede cumplir con su verdadera misión: impulsar un crecimiento económico que merezca llamarse progreso.
Tribuna de Ana Guzmán Quintana, directora de Inversiones e Impacto en Portocolom AV.




