Última actualización: 13:16 / Martes, 26 Mayo 2020
Datos del Banco Interamericano de Desarrollo

COVID-19: un cisne negro para las cadenas de valor

Imagen
  • Grandes consultoras como McKinsey, Deloitte y EY han comenzado a dar recomendaciones a sus clientes y a publicar artículos sobre cómo crear cadenas de valor más resilientes
  • Según el BID, existen dos campos de posible intervención desde las políticas públicas: la reconfiguración de la cadena y el desarrollo de nuevos proveedores
  • Muchas empresas ya están modificando sus órdenes de compra a proveedores de segunda o tercera línea y/o moviendo sus prioridades del centro del negocio a sus propias fábricas

Los problemas de distribución que empezaron a experimentar las empresas a principios de año, consecuencia de la pandemia del COVID-19, parecían en su momento algo anecdótico y lejano. No obstante, a medida que estos se fueron expandiendo por Europa, luego en Estados Unidos, e inmediatamente después en América Latina y el Caribe, comenzaron a convertirse en un denominador común.

En México y Brasil, el impacto fue especialmente importante debido a la mayor participación en cadenas de valor globales de estas regiones, según asegura el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en una de sus últimas publicaciones. 

Ana Castillo Leska, especialista senior en BID Lab, y Gabriel Casaburi, especialista líder del Sector Privado en el BID, en la división de Competitividad, Tecnología e Innovación, definen una cadena de valor global como “la forma de producir en la que los diferentes eslabones en la elaboración de un producto, desde el diseño, pasando por el ensamblaje y hasta la comercialización, van sumando valor agregado y no se realizan en un solo territorio o país”.

En consecuencia, los efectos de la pandemia, que han paralizado las economías y sumido a las sociedades en cuarentenas más o menos severas, han interrumpido o reducido notablemente las actividades productivas, contrayendo tanto la demanda como la oferta.

“Si pertenecer a una cadena de valor global antes era visto como un plus, por los grandes beneficios que traían a las empresas en términos de flujo de conocimiento e innovación, y acceso a mercados globales, ahora se ve como una debilidad que forzará a muchas empresas e industrias enteras a repensar y transformar el tipo de participación en su cadena de valor”, destacan los autores.

La disrupción de las cadenas de valor

Castillo Leska y Casaburi recuerdan el papel de China como “jugador crucial en la economía global”, no solo por su estatus de productor y exportador de productos de consumo, sino además como el principal proveedor de insumos intermedios para la industria. Según la UNCTAD, un 20% del comercio global de insumos intermedios proviene de China.

Además, la CEPAL ha advertido sobre el riesgo de la menor integración de las cadenas de valor: “El comportamiento de las empresas continuará cambiando tanto por el aumento de la localización de las empresas en lugares más cercanos al consumo (nearshoring) como por el deterioro de la confianza en los proveedores globales”.

Muchas empresas ya han comenzado a actuar al respecto. Según el BID, muchas están “dando batalla” en el corto plazo a la falta de suministros, modificando las órdenes de compra a proveedores de segunda o tercera línea y/o moviendo algunas de sus prioridades del centro del negocio a sus propias fábricas. Del mismo modo, también se han ajustado para fabricar productos diferentes (como el caso de Tesla y la fabricación de respiradores) y han implementado nuevas estrategias ante la escasez de mano de obra, como la automatización de procesos.

Del mismo modo, consultoras como McKinsey, Deloitte y EY, entre otros, han comenzado a dar recomendaciones a sus clientes y a publicar artículos sobre cómo crear cadenas de valor más resilientes, focalizándose en construir capacidades para ayudarlas a prepararse y responder ante futuros eventos no esperados.

¿Cómo hacer más resilientes a las cadenas de valor en América Latina?

Según el BID, existen dos campos de posible intervención desde las políticas públicas. En primer lugar, la reconfiguración de la cadena y el desarrollo de nuevos proveedores. “Aquí se incluyen, entre otras medidas, la atracción de inversiones para que proveedores se instalen en el país o región, la mejora de la circulación de la información intracadenas y el desarrollo de protocolos de actuación comunes para actuar durante la vigencia de la pandemia y sus efectos principales”, subrayan los autores. Asimismo, destacan el apoyo a través de incentivos para que los proveedores locales se embarquen en un proceso de actualización tecnológica, así como asegurar que existan y funcionen insumos públicos (laboratorios, centros tecnológicos, institutos de formación de capital humana avanzado) con miras a la actualización tecnológica.

En segundo lugar, los autores señalan que el nuevo escenario se presenta idóneo para la aceleración de los procesos de transformación digital como, por ejemplo, la automatización, el uso de robótica y de nuevos algoritmos de inteligencia artificial. Así, señalan varias intervenciones a considerar como la coinversión (entre inversores privados y fondos públicos) para la aceleración de nuevos desarrollos en estos campos, el desarrollo de modelos de análisis de riesgo y de predicción de la demanda bajo el supuesto de la “nueva normalidad”, y el aseguramiento de la interoperabilidad de los sistemas entre empresas de la cadena para su integración tanto local como con los eslabones globales. Del mismo modo, señalan la creación de ámbitos seguros para testear nuevas tecnologías adaptadas a las cadenas (testbeds y sandboxes regulatorios, por ejemplo) y la inversión en infraestructura que garantice el acceso a la conectividad adecuada.

“Hace ya varios años, el filósofo e investigador libanés Nassim Taleb previno contra la linealidad de nuestros esquemas de proyección recurriendo a la metáfora de los cisnes negros, que representan sucesos no previsibles que causan un hondo impacto socioeconómico, y que, a pesar de poder ser explicados o racionalizados ex post, comprometen ese afán de anticipación/planificación que parece acompañar al desarrollo humano”, explican Castillo Leska y Casaburi. En este sentido, el coronavirus encajaría en esa descripción: una pandemia que paraliza la actividad económica y cuya incierta evolución trae consecuencias devastadoras y transformadoras.

Esto obliga a las empresas a lidiar con múltiples frentes a la vez bajo el estrés del cisne negro del COVID-19, un shock histórico a su cadena de suministros. “La combinación de las respuestas de las empresas de cada cadena y de las políticas públicas determinará la posibilidad o no de utilizar este cisne negro para que las cadenas de valor aceleren sus transformaciones y puedan emerger más competitivas”, concluyen los autores.

menu
menu