La bonanza petrolera ubicó a Venezuela como uno de los países más ricos del mundo entre la década de los años 50 y 80 del siglo pasado. Hoy es lo más parecido a una economía de postguerra. ¿Qué sucedió? Una combinación de factores puso de rodillas a la que fue una de la mayores potencias latinoamericanas, desencadenando en el hito más reciente: la captura del –cuestionado– presidente venezolano, Nicolás Maduro, por parte de EE.UU. Ahora, los inversionistas globales y latinoamericanos miran con atención la evolución de esta historia, que tiene como protagonista a una economía que el mercado financiero ve como “en pausa” y que ha generado una diáspora de 7,9 millones de personas.
De acuerdo con cifras del Foro Económico Mundial de Davos, Venezuela llegó a ser la cuarta nación con mayor PIB per cápita del mundo, junto a Francia. Al país se le puso el sobrenombre de «La Venezuela Saudita» y «La millonaria de América», y no era gratuito. Hasta la fecha, este país tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con alrededor de 303.000 millones de barriles del hidrocarburo, de acuerdo con cifras de la OPEC actualizadas a junio del año pasado.
La riqueza petrolera permitió, por ejemplo, que la gasolina en Venezuela sea considerada hasta la fecha como la más barata del mundo gracias a los enormes subsidios gubernamentales. Es prácticamente regalada, ya que un litro de gasolina en Venezuela cuenta 0,097 céntimos de bolívar a precios actuales, una cifra que los conversores de divisas ni siquiera toman en cuenta y reflejan un valor de cero absoluto en la paridad con el dólar estadounidense.
Sin embargo, esta riqueza petrolera generó una economía rentista, petrolizada prácticamente al 100%, que colapsó por dos factores que explican el panorama actual. Uno es la caída de los precios internacionales del petróleo en la década de los 80. El otro es la llegada al poder por la vía democrática de Hugo Chávez, quien posteriormente centralizó la economía y deshizo las estructuras de contrapeso que le permitieron acumular poder para imponer un modelo económico estatista.
En este artículo, nos ocuparemos solo del primer punto.
El colapso de Venezuela
De acuerdo con cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB de Venezuela en 2024 se ubicó en 82.000 millones de dólares, con tres años de crecimiento constante (8% en 2022, 4,4% en 2023 y 5,3% en 2024). Parecieran datos muy positivos, pero esconden una realidad devastadora.
Las mismas cifras señalan que el PIB de Venezuela en el año 2012 llegó a su máximo histórico de 372.000 millones de dólares. Es decir, el PIB más reciente conocido está 78% por debajo del más alto de su historia. Solamente los países europeos y el Japón de la segunda guerra mundial han visto una caída tan abrupta de su PIB, pero Venezuela no registró en este periodo ni siquiera un conflicto armado interno, a pesar de la inestabilidad política.
Los economistas del FMI advirtieron que, medido el PIB de Venezuela entre los años 2013 a 2020, su caída es de 88% y supera por tres años la que registró Estados Unidos en la Gran Depresión. No hay otro precedente similar.
Y mientras el país «nadaba» en gasolina barata, la hiperinflación ha pasado un costo muy alto que colaboró en la devastación actual.
En 2018, la hiperinflación alcanzó una cifra histórica de 130.000%, que se moderó a «solo» 548% en 2024 y que podría haber caído a poco más de 300% el año pasado, gracias a políticas monetarias ortodoxas «neoliberales», como la reducción del gasto público y la eliminación de controles cambiarios, así como una dolarización de facto.
Sin embargo, el daño está hecho. La hiperinflación continua por una década (de 2014 a 2024) llevó a la erosión más dramática jamás vista en la era moderna del poder adquisitivo en un país. Las cifras del FMI señalan que entre 1998 y 2018, la moneda venezolana perdió el 99,999997% de su valor.
Pero quizás el colapso económico se pudo haber evitado o suavizado si este país, con su enorme riqueza petrolera, hubiera explotado adecuadamente dicha bonanza. El problema, acusan varias voces del frente económico, es que las políticas públicas estatistas convirtieron a la industria petrolera venezolana en una de las más ineficientes del mundo.
La erosión de la producción petrolera
Los datos de la OPEC señalan que, entre 2008 y 2013, la producción petrolera de Venezuela se ubicó en un promedio diario de 2,8 millones de barriles, para desplomarse a 337.000 millones de barriles en 2020 y recuperarse a 921.000 en 2024. Aun así, el dato anual más reciente conocido es inferior en 67% al periodo en el que el país estaba considerado como una de las naciones que más petróleo producía en el mundo.
La paradoja petrolera de Venezuela es dramática. A pesar de ser el país con las mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, se ubica entre los puestos 20 a 22 entre las naciones productoras de petróleo. Esto gracias a que la inversión en la industria se desplomó más de 80% a partir del año 2003, un año después del intento de golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez, quien en respuesta purgó a los altos mandos de la petrolera estatal PDVSA y cerró prácticamente la industria en su totalidad a nuevas inversiones. El argumento era que la riqueza petrolera del país no requería nada más que la regulación del Estado.
En conclusión, el colapso económico de Venezuela es ya el más dramático para cualquier país en la era moderna sin una guerra de por medio.
Los análisis señalan que la caída máxima del PIB venezolano de 88% supera al desplome estadounidense de la Gran Depresión, el golpe de la Segunda Guerra Mundial e incluso rebasa al 70% del colapso económico registrado por Siria en su guerra civil del siglo pasado y al 62% del desplome sufrido en su PIB por el país del Medio Oriente también en un conflicto interno más reciente.
Para los economistas estudiosos de este fenómeno existen tres grandes causas que lo explican todo y que lamentablemente están asociadas a decisiones políticas: destrucción de derechos de propiedad, saqueo de recursos y políticas económicas destructivas incluso en los tiempos de bonanza económica.
Y lo peor es que la salida para este país, con todo y su riqueza petrolera, no está a la vuelta de la esquina. Se calcula que recuperarse, con las políticas económicas adecuadas, le llevaría alrededor de 20 o 30 años, considerando que en el último lustro se perdió la mayor riqueza de Venezuela y de cualquier país: el 25% de su población.
En su mundo propio, pero inserta en la región
Después de más de una década de crisis económica, Venezuela está relativamente aislada de los otros países de América Latina, viviendo su propia realidad con sus propias distorsiones de mercado. Pero la que fue antaño una de las principales potencias de la región no deja indiferente a los demás.
Mientras que hace unos meses, una ventaja que veían los actores del mercado para las inversiones latinoamericanas era una relativa calma geopolítica de la que otras regiones no podían presumir. Con la situación en evolución, es difícil saber qué dirección va a tomar el rumbo del país petrolero y qué implicaciones pueda tener en el tablero global –y el latinoamericano–, especialmente si las tensiones escalan con China y Rusia, dos grandes aliados del régimen chavista. De todos modos, los inversionistas estarán atentos a la evolución del panorama.
Las conexiones económicas de los otros países del vecindario con Venezuela se han ido atenuando con el pasar de los años y existe la percepción de que se trata de un mercado “en pausa”, tanto a nivel de inversión extranjera como de comercio internacional. Sin embargo, el país mantiene vínculos comerciales con varias de las principales economías de la región.
Cifras del Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por su sigla en inglés) muestran que los principales socios del país en la región son Brasil y Colombia. En el pasado reciente –los últimos datos disponibles de la entidad datan de 2023–, los brasileños se ubicaron como el cuarto comprador de exportaciones venezolanas (después de EE.UU., China y España) y el tercer mayor vendedor a ese mercado. Colombia, otra nación vecina del país petrolero, se ubica como el segundo latinoamericano en ambos campos y Ecuador es el tercer mayor comprador de exportaciones venezolanas en la zona. Todos estos mercados eso sí, cuentan con participaciones de un dígito en el comercio exterior de Venezuela.
A diferencia de EE.UU. y España, que compran principalmente petróleo crudo, y China, que privilegia el coque de petróleo, según el OEC, los países latinoamericanos que más compran productos venezolanos van principalmente por fertilizantes nitrogenados y, en el caso de Ecuador, pescado congelado sin relleno.
Millones de expatriados mirando desde el extranjero
Otro lazo fuerte entre Venezuela y el resto de la región está relacionado con la masiva diáspora que se ha asentado en otros países latinoamericanos. Millones de personas han dejado el país en los últimos 15 años, dejando tras de sí una economía colapsada en busca de oportunidades en países más estables en la región, especialmente en naciones vecinas. Muchas veces estas personas abandonan el país en busca de trabajo y envían remesas de vuelta a Venezuela, inyectando algo de capital a los golpeados hogares locales.
La migración de venezolanos, que se aceleró después de 2014, se ha expandido a lo largo del continente. Según señala la Acnur, la agencia de las Naciones Unidas dedicada a los refugiados, cerca de 7,9 millones de personas han salido del país en busca de oportunidades y 6,7 de ellas se han instalado en otros países latinoamericanos y caribeños.
Los destinos más populares para los emigrantes de Venezuela son Colombia y Perú, con 2,8 millones y 1,7 millones de ciudadanos del país, según datos de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes (R4V), una iniciativa liderada por la Acnur y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Les siguen Brasil, con unas 626.900 personas de origen venezolano; EE.UU., con 545.200; y Chile, con 532.700.



Por Alicia Miguel Serrano