Existe un fenómeno poco frecuente pero muy dañino para las carteras llamado “Triple Red”, que consiste en una caída simultánea de la renta variable estadounidense, los bonos del Tesoro de Estados Unidos y el dólar. Una nota de MSCI analiza el fenómeno y sostiene que hoy podría existir una configuración parecida: incertidumbre política que deteriora la confianza institucional, presiones de precios ligadas a aranceles que complican una eventual relajación monetaria y la posibilidad de represalias coordinadas que funcionen como canal de shock externo.
Un episodio “Triple Red” rompe la diversificación “clásica” y, para inversores no estadounidenses, añade un segundo golpe: además de perder por la caída de los activos, también pierden por la depreciación de la divisa. Por ello, MSCI recomienda someter las carteras a pruebas de estrés partiendo de escenarios ya conocidos en la historia.
El riesgo de un patrón persistente y un poco de perspectiva histórica
MSCI subraya que los «Triple-Red» fueron más habituales antes de 2000 y casi desaparecieron durante cerca de dos décadas, lo que llevó a muchos inversores a dar por sentadas correlaciones favorables (acciones vs. bonos) y el papel del dólar como refugio. El riesgo clave, según el texto, no es solo que ocurra un episodio puntual, sino que se transforme en un régimen (un patrón persistente durante meses o años), porque entonces la diversificación queda erosionada de manera estructural.
Para entender cuándo y cómo puede durar un régimen Triple-Red, los analistas de MSCI miran a la historia y destacan dos precedentes donde la dinámica no fue un simple “susto” de mercado. El primero es la estanflación de los años 70 (1973-74): un contexto de shocks externos (entonces, el embargo del petróleo), inflación alta y autoridades atrapadas entre combatir la inflación o sostener el crecimiento, lo que debilitó la credibilidad de la política económica y favoreció ventas simultáneas en varias clases de activos.
El segundo precedente es el periodo posterior al Acuerdo del Plaza a finales de los 80, cuando esfuerzos coordinados para debilitar el dólar coincidieron con tensiones en renta variable (incluido el crash de 1987) y presión al alza sobre rendimientos de bonos.
A partir de ese mapa, el informe destaca que el peor episodio histórico para un inversor extranjero en una cartera tipo 60/40 que ocurrió en 1987, con un drawdown acumulado aproximado del 31% en cuatro meses.
Buscar un marco de “stress testing” predictivo
Para cuantificar impactos, MSCI usa su marco de “stress testing” predictivo y aplica los shocks a una cartera global diversificada que combina renta variable global, bonos (principalmente de EE. UU.) y real estate, entre otros componentes.
El informe matiza que para un inversor basado en dólares puede haber algún “alivio” relativo desde ciertos activos europeos, porque la apreciación del euro elevaría la rentabilidad en dólares de los bonos europeos. Sin embargo, el golpe cambia drásticamente para inversores europeos: al traducir resultados a moneda local, la caída estimada del “composite” asciende a alrededor de 19% en euros y 20% en francos suizos, precisamente porque la depreciación del dólar amplifica las pérdidas en activos estadounidenses.
El mensaje final es de gestión de riesgos: MSCI sugiere que, en vez de tratar los episodios recientes como anomalías transitorias, los inversores podrían beneficiarse de stress-testear sus carteras ante rupturas de correlación sostenidas, revisar exposiciones de divisa (y la dependencia implícita del dólar como “seguro”) e identificar asignaciones más resistentes a un entorno tipo estanflación.



Por Alicia Miguel Serrano