Jennison es una gestora estadounidense fundada en 1969, con una amplia trayectoria en inversión en utilities e infraestructuras, y cuenta con más de 210.000 millones de dólares bajo gestión. En 2018 se alió con Eurizon para distribuir su estrategia insignia en Europa, bajo el nombre Eurizon Fund – Global Equity Infrastructure. Es una estrategia que ha generado alfa de forma muy consistente desde su lanzamiento y que ahora está viviendo un momento especialmente favorable gracias a la aparición de nuevas megatendencias que impulsan la inversión en infraestructuras, notablemente por el auge de la inteligencia artificial.
Se trata de un fondo gestionado con un enfoque bottom-up de alta convicción. Su cartera, concentrada entre 40 y 60 valores, con una capitalización mínima de 500 millones de dólares, ofrece una exposición diversificada y equilibrada entre crecimiento y rentas, prestando mucha atención a las valoraciones.
“Estamos descartando muchas de las empresas ‘aburridas’, tradicionales y anticuadas, para construir una cartera de crecimiento realmente interesante sin salir de los límites de lo que la gente considera infraestructura”, resume Nick Samuels, Client Portfolio Manager de Jennison Associates.
“Ofrecemos acceso, desde una perspectiva amplia, a toda la clase de activo: midstream, energía, digital, wireless, torres de comunicación, centros de datos, REITs, compañías de transporte y utilities, tanto reguladas como no reguladas”, detalla Samuels. Este explica que el producto que trae Jennison de la mano de Eurizon ofrece una propuesta de valor algo diferente a otros fondos del sector por su enfoque equilibrado entre crecimiento y sesgo defensivo, con el objetivo de superar en más de un 3 % al FTSE Global Infrastructure 50/50 Index.
La estrategia, aunque global, actualmente mantiene una sobreponderación “significativa” en Europa, región donde están encontrando crecimiento a valoraciones razonables, particularmente en utilities y transporte. Funds Society se ha sentado con Samuels para hablar en profundidad sobre qué valor aporta esta estrategia a una cartera diversificada.
La estrategia está muy orientada al crecimiento. ¿Dónde están encontrando oportunidades actualmente?
Históricamente, esta clase de activo presenta características muy atractivas, como la capacidad de trasladar la inflación. Muchas de estas compañías incorporan la inflación en sus contratos o bien operan activos con características monopolísticas, lo que les permite repercutir las subidas de precios. Esto se traduce en flujos de caja muy estables y previsibles a largo plazo, con elevadas barreras de entrada. Todos estos elementos aportan un perfil defensivo a la clase de activo.
De hecho, la estrategia ha mostrado un comportamiento sólido desde el inicio de la guerra con Irán, en parte porque los inversores temen un repunte de la inflación. Estos activos suelen comportarse bien en ese entorno, ya que pueden trasladar las subidas de precios a los clientes, bien por contrato o por su posición de monopolio.
Lo que ha cambiado en los últimos años es el fuerte aumento de la demanda de electricidad, impulsado especialmente por la inteligencia artificial. En EE. UU., el crecimiento de la demanda eléctrica ha sido prácticamente plano durante unos 20 años, pero ahora ha experimentado un claro punto de inflexión.
Esto implica que será necesario generar más electricidad: nuevas centrales nucleares, nuevas plantas de gas… Además, la red eléctrica también debe modernizarse, ya que el volumen de electricidad que tendrá que transportar está aumentando rápidamente. Gran parte de esa infraestructura procede de los años sesenta, setenta y ochenta, por lo que requiere importantes inversiones de actualización.
A esto se suma el incremento de la demanda eléctrica derivado de la electrificación, como los vehículos eléctricos o la sustitución de sistemas basados en combustibles fósiles por electricidad, como en calefacción o transporte.
Todo ello está ocurriendo al mismo tiempo y ha generado un fuerte desequilibrio entre oferta y demanda en el sector energético, creando oportunidades de inversión muy interesantes.
¿Cómo identifican las tendencias y cómo las combinan con el análisis fundamental de compañías?
Nuestro proceso de selección es fundamentalmente bottom-up, pero dentro de la cartera identificamos tres grandes tendencias estructurales.
La primera es la relacionada con el futuro de la energía, que es la más reciente y probablemente la más interesante por su vínculo con la IA.
La segunda es la transformación digital: torres de telecomunicaciones, centros de datos o redes 5G. A medida que los smartphones evolucionan hacia dispositivos cada vez más vinculados a la IA y actúan como asistentes personales, el tráfico en las redes seguirá aumentando. Eso implica que será necesario seguir invirtiendo en tecnologías como 5G, 6G y futuras generaciones.
La tercera tendencia es la urbanización, que lleva décadas en marcha y continúa en muchas regiones del mundo. La población sigue trasladándose a las ciudades y, al mismo tiempo, muchas infraestructuras —carreteras, ferrocarriles o aeropuertos— necesitan renovación y nuevas inversiones.
Así, por un lado, tenemos los motores de crecimiento, vinculados a la energía y al ámbito digital, y por otro una parte más estable relacionada con el transporte y la urbanización. La combinación de ambos elementos permite construir una cartera bastante equilibrada.
¿Cuál es el equilibrio entre valores de crecimiento y valores defensivos?
Las utilities están empezando a convertirse en el principal componente de crecimiento de la cartera. Lo mismo ocurre con algunas compañías energéticas de midstream, que también presentan buenas perspectivas de expansión.
La parte más defensiva está en el transporte: autopistas de peaje, aeropuertos y activos similares. En muchos casos, los ingresos están regulados —por ejemplo, las tarifas que puede cobrar un aeropuerto por cada aterrizaje—, pero también existen áreas de negocio no reguladas, como concesiones comerciales o tiendas duty free, donde pueden aprovechar su posición monopolística para generar mayores ingresos.
También tenemos exposición a ferrocarriles. En EE.UU., por ejemplo, se está produciendo una tendencia hacia el reshoring que implica más transporte de mercancías dentro del país y, por tanto, mayor uso de las redes ferroviarias. Se trata de un crecimiento incremental, pero muy sólido, estable y defendible. Esa es, en esencia, la parte más defensiva de la cartera.
¿Siguen siendo atractivas las valoraciones?
Históricamente, nuestra cartera se ha comportado como lo que podría denominarse “equities con características de bonos”. En los últimos dos años, mientras el mercado bursátil estaba dominado por las grandes tecnológicas esta cartera ha seguido sus propios motores de crecimiento, bastante distintos a los del resto del mercado.
Los inversores han estado obsesionados con la IA y con identificar qué compañías serán las ganadoras. Sin embargo, se ha debatido menos sobre algo evidente: la inteligencia artificial requiere enormes cantidades de energía y de infraestructura. El mercado empieza ahora a reconocer esa realidad, lo cual es positivo porque implica que se reconoce la importancia de estas compañías.
Las grandes tecnológicas —Microsoft, Amazon, Google o Meta— están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en la construcción de centros de datos. Puede que ganen o no la carrera tecnológica, pero están firmando contratos de suministro eléctrico a 15, 20 o incluso 25 años con compañías energéticas. Y esos contratos obligan a pagar la energía independientemente de que se utilice o no. Eso proporciona una enorme visibilidad a las utilities que firman estos acuerdos, colocándolas en una posición muy favorable para beneficiarse de esta tendencia.
Por ejemplo, Meta está construyendo en Luisiana el mayor centro de datos del mundo, con una superficie similar a la de Manhattan. Eso requiere una enorme cantidad de energía, y una de las compañías que tenemos en cartera ha firmado el contrato para suministrarla. Es una tendencia muy clara para los próximos 10 o 15 años.
Además, el desarrollo de infraestructuras energéticas lleva mucho tiempo —especialmente en el caso de la energía nuclear—, por lo que se trata de una temática claramente a largo plazo. Nosotros tenemos exposición a energía nuclear, algo que no todos los fondos de infraestructuras hacen, porque consideramos que desempeñará un papel clave en el futuro.
La tecnología nuclear ha avanzado mucho desde el accidente de Fukushima, los estándares de seguridad son muy elevados y, además, es una fuente de energía limpia y constante, algo que las renovables no siempre pueden garantizar.
Por otra parte, existen empresas que proporcionan soluciones de generación eléctrica portátil para centros de datos y cuyo crecimiento es espectacular, pero sus valoraciones también lo son. Nosotros no estamos dispuestos a pagar múltiplos tan elevados, porque ya encontramos niveles de crecimiento atractivos en utilities tradicionales.
¿Qué aporta invertir en infraestructuras cotizadas frente a las privadas?
En el mercado privado se pueden encontrar activos muy atractivos, pero la inversión es menos flexible. Una vez que compras un activo es difícil deshacer la posición. En nuestro caso, al invertir en activos cotizados, podemos ofrecer una exposición mucho más amplia a la clase de activo y con mayor flexibilidad; si alguna compañía se vuelve demasiado cara, podemos venderla. Y si el mercado se vuelve muy volátil —como hemos visto en las últimas semanas— esa volatilidad puede generar oportunidades interesantes para comprar activos que de repente cotizan a precios atractivos.
Aunque a corto plazo presenta volatilidad porque es un activo de renta variable, a largo plazo su perfil se asemeja mucho más al de un bono.
No decimos que este tipo de inversión deba sustituir a la infraestructura directa. Al fin y al cabo, se trata de una cartera de acciones. Pero como exposición temática o como una fuente de crecimiento relativamente defensivo dentro de la cartera, tiene sentido.
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