Empecé el año explicando a mis alumnos del IEB que el ciclo de política monetaria entraba en su fase más aburrida: bancos centrales recortando con parsimonia hacia el tipo neutral y mercados anticipando plácidamente el destino. Seis meses después, esa previsión ha saltado por los aires. La guerra en Oriente Próximo y el consiguiente shock energético han obligado a los dos grandes bancos centrales a hacer algo que parecía impensable a comienzos de 2026: dejar de recortar y, en el caso europeo, volver a subir.
El Banco Central Europeo elevó en junio su tipo de depósito hasta el 2,25%, su primera subida en casi tres años, con una inflación que en mayo repuntó al 3,2% y unas proyecciones que ya sitúan el IPC medio de 2026 en el 3%. La Reserva Federal, ahora presidida por Kevin Warsh, ha mantenido los tipos en el 3,5%-3,75%, pero su cuadro de previsiones, el célebre dot plot, ha borrado el recorte que anticipaba y apunta a una posible subida antes de fin de año. Dos instituciones, dos niveles de tipos muy distintos y, sin embargo, el mismo giro: del sesgo acomodaticio al restrictivo.
El dilema de siempre, con un disfraz nuevo
Lo que estamos viendo es la manifestación clásica del peor escenario para un banco central: un shock de oferta que empuja al mismo tiempo la inflación al alza y el crecimiento a la baja. El BCE ha recortado su previsión de crecimiento de la eurozona para 2026 hasta un raquítico 0,8%, mientras revisaba al alza la inflación. Subir tipos para anclar los precios agrava la desaceleración; no subirlos arriesga a que el repunte energético contamine salarios y expectativas (los temidos efectos de segunda ronda). No hay respuesta cómoda: solo la elección del error que uno prefiere cometer.
La gran incógnita del segundo semestre es precisamente esa: si la subida de precios es un fenómeno puntual, ligado al petróleo, o si ha empezado a incrustarse en la economía. Y aquí la película ha vuelto a girar en las últimas semanas. El principio de acuerdo entre Estados Unidos e Irán y la reapertura del Estrecho de Ormuz han hecho caer el crudo y aliviado, de golpe, buena parte de la presión inflacionista. Voces del propio BCE llegaron a advertir de una inflación camino del 4%; hoy ese escenario parece menos probable. Pero la experiencia enseña que los bancos centrales, escarmentados por 2021-2022, tardarán en fiarse. Warsh ha hecho de la ambigüedad su estrategia: no ofrece orientación futura y deja que sean los datos, y el mercado, quienes marquen el camino.
Por qué esto importa para valorar una empresa
Aquí es donde, como profesor de valoración, pido a mis alumnos que dejen de mirar el titular y miren la tasa de descuento. Porque la política monetaria no es un debate abstracto sobre reuniones y comunicados: es el precio del dinero, y el precio del dinero es el corazón de cualquier valoración.
Cada vez que el tipo libre de riesgo sube, o que la prima de riesgo se ensancha por la incertidumbre, el coste de capital aumenta, y con él se comprime el valor presente de los flujos futuros. El efecto es especialmente violento en las compañías de crecimiento, cuyo valor descansa en beneficios lejanos: son las de mayor duración y, por tanto, las más sensibles a un punto más de tipos. Un WACC que pasa del 8% al 9% no parece gran cosa en una hoja de cálculo; en el valor terminal de un descuento de flujos, puede llevarse por delante un 15% o un 20% de la valoración.
El corolario para el segundo semestre es claro. Mientras los bancos centrales mantengan el sesgo restrictivo, conviene valorar con tasas de descuento normalizadas y resistirse a la tentación de extrapolar el dinero barato de la última década. La disciplina consiste en estresar el coste de capital, no en dar por hecho que volverá pronto a mínimos.
La ventana del mercado
Hay una segunda derivada que toca de lleno a otro terreno que conozco bien, el de los mercados de capitales. Los tipos altos y la volatilidad cierran las ventanas de emisión: cuando el coste de oportunidad del inversor sube y la aversión al riesgo domina, las salidas a bolsa y las ampliaciones de capital se posponen o se ejecutan a valoraciones más modestas. El primer semestre ha sido, en ese sentido, exigente para el mercado primario europeo.
Paradójicamente, ahí puede esconderse la mejor noticia del segundo semestre. Si la desescalada geopolítica se consolida, el crudo se estabiliza y los bancos centrales confirman que no habrá más subidas, la combinación de unos tipos que dejan de tensarse y de una prima de riesgo que se relaja podría reabrir esa ventana antes de que acabe el año. No sería la vuelta del dinero gratis, pero sí un entorno más navegable para quien busca financiarse.
La incertidumbre como impuesto
Si tuviera que resumir la política monetaria del segundo semestre en una sola idea, sería esta: la incertidumbre se ha convertido en el verdadero impuesto sobre las valoraciones. No sabemos si habrá una subida más, si el petróleo seguirá cediendo o si la paz será duradera. Y esa indefinición, más que el nivel exacto de los tipos, es lo que mantiene elevado el coste de capital.
Para el inversor y para la empresa, la lección es la de siempre, solo que más urgente: no confundir un rally de alivio con un cambio estructural, valorar con prudencia y recordar que, cuando el coste del dinero vuelve a mandar, no hay narrativa que sustituya a una buena tasa de descuento.
Tribuna firmada por Javier Hombría, profesor del Máster en Bolsa y Mercados Financieros del IEB




Por Beatriz Zúñiga