Luego de años de experiencia trabajando con inversores de toda América Latina hemos aprendido —y así lo entendemos a la luz de las diversas acepciones culturales e idiosincráticas de cada país— que el rendimiento no es solo una métrica financiera, es una necesidad emocional.
En una región marcada por episodios recurrentes de inflación, devaluaciones, desestabilización política e institucional, defaults y cambios abruptos de reglas de juego, el inversor aprendió —a fuerza de experiencia— que las promesas de largo plazo suelen romperse antes de madurar.
En ese contexto, el flujo periódico de ingresos se transformó en una suerte de ancla psicológica: si la inversión “paga”, entonces existe; si no paga, genera desconfianza.
En este sentido, decimos que el contexto y la experiencia “marca” y “configura” al inversor latinoamericano, que parece aferrarse, casi religiosamente, al célebre postulado del británico John Maynard Keynes de que en «el largo plazo, todos estaremos muertos».
Esta lógica explica por qué buena parte de los portafolios latinoamericanos prioriza instrumentos con cupones, dividendos o rentas explícitas, aun cuando esa preferencia implique asumir riesgos que muchas veces no están correctamente identificados, ni mucho menos remunerados. La obsesión por el rendimiento corriente —el yield— termina desplazando a un segundo plano el concepto de retorno total, y con ello, la preservación del patrimonio en el tiempo.
El problema no es buscar rendimiento. El problema es confundir ingreso con creación de valor, y asumir que todo flujo elevado es, por definición, sostenible.
La paradoja en Latinoamérica cuando la liquidez global se expande
Históricamente, cada vez que la Reserva Federal de Estados Unidos reduce la tasa de interés de referencia a niveles bajos —particularmente por debajo del rango de 3,25%-3,50%— se activa un patrón bien conocido en los mercados internacionales: “Open season”, la búsqueda global de rendimiento. En ese entorno, los activos considerados “seguros” comienzan a ofrecer retornos reales marginales o incluso negativos, y el capital internacional se ve incentivado a desplazarse hacia activos de mayor riesgo relativo, entre ellos los mercados emergentes.
Latinoamérica suele beneficiarse de estos ciclos. Flujos de Inversión Extranjera Directa (IED), colocaciones de deuda soberana y corporativa, emisiones en dólares y monedas locales, y un renovado apetito por activos financieros de la región tienden a aparecer con fuerza cuando el costo del dinero en Estados Unidos cae y la liquidez global se expande.
Sin embargo, esta dinámica encierra una paradoja relevante para el inversor local. Los mismos flujos que abaratan el financiamiento y elevan los precios de los activos también reducen artificialmente las primas por riesgo. El resultado es un entorno en el que los rendimientos aparentes siguen siendo atractivos en términos nominales, pero ya no compensan adecuadamente los riesgos subyacentes: riesgo crediticio, riesgo político, riesgo de liquidez y, en muchos casos, el riesgo cambiario indirecto.
Es en ese punto donde el inversor latino, acostumbrado a “vivir del cupón”, comienza a asumir riesgos crecientes sin necesariamente percibirlo, como una suerte de inflación patrimonial.
Existe una diferencia cultural profunda entre la forma en que se construyen carteras en América Latina y en mercados desarrollados. Mientras que en Estados Unidos o Europa el énfasis suele estar puesto en la acumulación patrimonial, la apreciación de capital y la eficiencia fiscal de largo plazo, en Latinoamérica domina una lógica mucho más defensiva: generar ingresos hoy para reducir la incertidumbre de mañana. Este sesgo se manifiesta en la preferencia por bonos de alto cupón, aun con duration elevada; emisiones high yield o crossover con spreads comprimidos; notas estructuradas enfocadas en cupones periódicos. En fin, vehículos que prometen “renta” más que crecimiento.
Un cupón del 8% o 9% en dólares puede parecer atractivo en un mundo de tasas bajas, pero deja de serlo si está acompañado por una probabilidad significativa de pérdida de capital, iliquidez en escenarios de estrés o dependencia excesiva de condiciones macro que pueden revertirse rápidamente. En otras palabras, el inversor compra ingreso, pero vende opcionalidad futura.
Los ciclos de relajación monetaria de la Fed suelen generar una sensación de estabilidad que no siempre es real. La compresión de spreads, el aumento de precios de los bonos y la baja volatilidad inducen a pensar que el riesgo ha disminuido estructuralmente, cuando en realidad lo que ha ocurrido es una revalorización impulsada por liquidez.
El desafío para la gestión de carteras
Buscar rendimiento sin incrementar en demasía el riesgo es, probablemente, uno de los mayores desafíos de la gestión de carteras, especialmente para el inversor latinoamericano. La tentación de “estirar” un poco más el riesgo para alcanzar un objetivo de ingreso es constante, pero rara vez gratuita.
Algunos de los dilemas más frecuentes incluyen: i) duration vs. cupón: aceptar vencimientos largos para obtener mayor rendimiento, exponiéndose a pérdidas significativas ante subas de tasas; ii) calidad crediticia: bajar un escalón en el rating para capturar spread adicional, asumiendo riesgos de default o reestructuración; iii) liquidez: invertir en instrumentos que pagan bien, pero que no se pueden vender fácilmente cuando el mercado se tensiona; iv) estructura: optar por vehículos complejos cuyo comportamiento real solo se comprende plenamente en escenarios adversos.
En todos los casos, el punto crítico es el mismo: el rendimiento observado ex ante no refleja necesariamente el riesgo ex post.
Uno de los errores más comunes es evaluar una inversión únicamente por el ingreso que genera, sin considerar el impacto potencial sobre el capital. Un portafolio puede mostrar flujos positivos constantes durante años y, aún así, terminar destruyendo patrimonio si esos flujos no compensan las pérdidas de valor acumuladas en los activos subyacentes.
En un mundo en el que los ciclos monetarios son más rápidos, los shocks externos más frecuentes y la liquidez más volátil, el desafío no pasa por maximizar el yield, sino por construir flujos sostenibles, compatibles con la preservación del capital y la flexibilidad del portafolio. La experiencia señala que hay que hacer cambios en los dos frentes: por un lado, desde la gestión de carteras, a repensar el rendimiento en clave sostenibilidad y preservación del patrimonio. Por otro lado, para el inversor latinoamericano, acostumbrado a navegar entornos inciertos, este cambio de enfoque no es sencillo. Requiere desaprender viejos reflejos y reconocer que, en muchos casos, el mayor riesgo no es ganar menos, sino perder la capacidad de decidir.
Jorge Antonioli es Investment Development Manager en Supra Wealth Management.


Por Carlos Ruiz de Antequera
