Napoleón Lazardi, fundador & CEO de Pitagora Capital & Consulting, conoce de primera mano lo que implica salir de Venezuela y reconstruirse desde cero en el exterior. Nacido en el país de las arepas y con más de una década viviendo afuera, su recorrido personal —que lo llevó por Europa y América Latina antes de consolidarse en el mundo del análisis y la tecnología financiera— atraviesa su lectura sobre el impacto que un shock político extremo puede tener sobre los mercados y, especialmente, sobre el capital venezolano que hoy permanece offshore.
Para Lazardi, la reciente detención de Nicolás Maduro debe interpretarse menos como un punto de inflexión inmediato y más como un shock exógeno de riesgo. “El mercado no cambia el valor final del bono; lo que cambia es la probabilidad de default y su distribución en el tiempo”, explica sobre los títulos soberanos de su país natal. En un contexto donde los bonos venezolanos se negocian fuera de mercados formales, con escaso volumen y referencias de precio difusas, este tipo de eventos generan reacciones abruptas, distorsiones en las curvas y pánico de corto plazo.
Desde el punto de vista técnico, el CEO de Pitagora Capital subraya que el mercado venezolano hoy no está en condiciones de absorber este tipo de shocks sin amplificar la volatilidad. “Hay un colapso del sistema de precios y una redistribución del riesgo hacia el corto plazo. Eso no significa que el valor desaparezca, sino que se desplaza en el tiempo”, señala, apoyándose en modelos probabilísticos que desarrolló a partir de su experiencia en mercados emergentes, como el argentino, país donde vivió.
El foco, sin embargo, va más allá de los bonos. Una de las grandes incógnitas es qué puede pasar con el capital venezolano que salió del país durante los últimos años. Con una diáspora estimada en casi ocho millones de personas, Lazardi es tajante: una repatriación masiva no es un escenario inmediato.
“El capital venezolano no vuelve rápido ni automáticamente. Gran parte de esos activos ya están estructurados offshore, principalmente en Estados Unidos, y responden a lógicas de preservación de patrimonio, no de oportunismo de corto plazo”, afirma.
Incluso ante un eventual cambio político profundo o una mayor participación internacional, el analista advierte que existen variables que suelen subestimarse: los tiempos legales, los procesos de litigio, la falta de infraestructura y la capacidad real de reinversión. Según sus estimaciones, Venezuela necesitaría alrededor de 180.000 millones de dólares y reformas estructurales para recomponer su aparato productivo, especialmente en el sector energético, que lleva casi dos décadas sin inversión sostenida.
“La producción no se recupera de un día para otro. El mercado lo sabe y por eso descuenta riesgo, incluso en escenarios de mayor apertura”, explica. En ese sentido, la presencia o el respaldo de Estados Unidos no garantiza por sí solo una normalización rápida del flujo de inversiones.
Paradójicamente, Lazardi reconoce que Venezuela es hoy un país lleno de oportunidades potenciales. Energía, turismo, transporte y servicios financieros aparecen como sectores atractivos en el largo plazo. Pero el punto de partida es extremadamente bajo. “La infraestructura tecnológica está destruida. No existe hoy la base necesaria para sostener un proceso de desarrollo moderno”, advierte.
Para el capital venezolano en el exterior —desde ahorros familiares hasta patrimonios más sofisticados— el mensaje es claro: el retorno dependerá menos de un evento político puntual y más de la reconstrucción institucional, jurídica y tecnológica del país. “El mercado no está valorando certezas, está valorando probabilidades”, concluye Lazardi. Y, por ahora, esas probabilidades siguen cargadas de incertidumbre.


Por Alicia Miguel Serrano
Por Antonio Sandoval