Actualmente, los fondos soberanos gestionan más de 14 billones de dólares en activos en todo el mundo y están desempeñando un papel cada vez más decisivo en la geopolítica. Así lo señala un análisis publicado en Foreign Policy, firmado por Jared Cohen, presidente de Asuntos Globales y codirector del Goldman Sachs Global Institute, y George Lee, codirector del Goldman Sachs Global Institute, en el que analizan cómo estos instrumentos financieros se han convertido en herramientas clave del poder estatal.
Según el análisis, los fondos dirigidos por los Estados ya no persiguen únicamente rendimientos financieros, sino que cumplen un doble mandato: generar beneficios y proyectar poder político. Esta tendencia, denominada “capital instrumental”, se está acelerando en un contexto marcado por la rivalidad entre grandes potencias, los rápidos cambios tecnológicos y la transformación del orden económico global.
El fenómeno es especialmente visible en Oriente Medio. Mientras algunos países de la región siguen lastrados por conflictos o falta de recursos, las monarquías árabes del Golfo (ricas, estables y bien dotadas) avanzan por una senda clara hacia la prosperidad. Su ascenso se ha convertido en uno de los desarrollos más relevantes tanto para la geopolítica como para las finanzas internacionales.
Kuwait fue pionero al crear el primer fondo soberano del mundo en 1953, un modelo que posteriormente se extendió a escala global. Desde entonces, los Estados de Oriente Medio han sido actores centrales en los flujos internacionales de capital. De acuerdo con datos de Global SWF, en los primeros nueve meses de 2025 los inversores soberanos de la región representaron hasta el 40% del valor global de las operaciones realizadas por inversores estatales, con un volumen total de 56.300 millones de dólares. En conjunto, los fondos soberanos de Oriente Medio gestionan más de 5,6 billones de dólares en activos, una cifra que los situaría como la tercera mayor economía del mundo, con previsiones de alcanzar los 8,8 billones en 2030.
Este auge del Golfo ha coincidido con una profunda evolución política. A mediados de la década de 2010, una nueva generación de líderes accedió al poder en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar y, más recientemente, Kuwait. Estos dirigentes afrontan dos grandes transformaciones: la transición energética global, que amenaza con reducir la dependencia de los combustibles fósiles, y la aparición de nuevos grandes productores de energía, entre ellos Estados Unidos, hoy el mayor productor mundial de crudo.
En este nuevo entorno macroeconómico, los fondos soberanos de la región han ampliado su misión. Ya no se limitan a buscar rentabilidad, sino que impulsan el desarrollo nacional, la diversificación económica y el posicionamiento estratégico frente a otras grandes potencias. Además, desempeñan un papel creciente en la economía de la innovación, canalizando grandes volúmenes de capital hacia sectores como la inteligencia artificial.
Aunque los países del Golfo comparten características comunes, no constituyen un bloque homogéneo. Sus estrategias reflejan prioridades e identidades nacionales distintas. Muchos de sus líderes, con horizontes de gobierno a largo plazo, invierten con una visión temporal que los diferencia de otros grandes asignadores de capital.
Este capital instrumental está permitiendo a las monarquías del Golfo, y a otros Estados con peso geopolítico clave, ejercer una influencia superior a la que correspondería por su tamaño demográfico o militar, de forma similar a lo que ocurrió con el petróleo en el siglo XX. La diferencia, subraya el análisis, es que esta dinámica se ve reforzada por dos factores decisivos: la interdependencia estratégica entre Estados Unidos y China, y la irrupción de la inteligencia artificial generativa como tecnología transformadora de la economía.
Si este modelo se consolida, concluyen Cohen y Lee, no solo cambiará el equilibrio en Oriente Medio, sino también la arquitectura de las finanzas globales y la forma en que los Estados ejercen su poder.



